Robert Moses, el hombre que construyó y destruyó Nueva York | Letras Libres
artículo no publicado

Robert Moses, el hombre que construyó y destruyó Nueva York

Robert Moses hizo y deshizo la ciudad a su antojo, y durante su largo mandato (de 1924 a 1968) como jefe de urbanismo se convirtió en uno de los hombres más poderosos de Nueva York.

Unos meses después de los atentados del 11S y justo antes de empezar el máster de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, el entonces decano, David Klatell, nos recomendó dos libros para entender Nueva York y saber cómo contar la ciudad: Here is New York, de E.B. White, y The power broker de Robert Caro.

Como muchos de mis compañeros abrumados por las clases y el trabajo, leí el delicioso relato de White de la ciudad de los años 40 que tan actual sonaba y suena, pero apenas empecé el libro de Caro. Sus 1.246 páginas grandes de letra pequeña me intimidaron y desde entonces han cruzado varias veces el Atlántico conmigo como una tarea pendiente.

Más de 16 años después de aquella recomendación, haber leído o no el libro sigue siendo una manera de describir a los miembros de aquella generación de graduados. “Se leyó The power broker entero”, me decía una compañera de Columbia esta primavera para describir a otro compañero como uno de los periodistas más prometedores. Empujada por aquella conversación y por el vínculo que ahora comparto con Robert Caro –los dos somos Nieman fellows de la Universidad de Harvard y fue en esa beca donde él tuvo la idea de escribir el libro–, por fin lo he leído. Ojalá lo hubiera hecho antes.

The power broker (una expresión que se podría traducir al español como “el poderoso”) es Robert Moses, que fue el encargado de parques, carreteras y vivienda de Nueva York entre 1924 y 1968 e hizo y deshizo la ciudad y los alrededores a su antojo, casi sin control de los alcaldes, los gobernadores o los presidentes (Franklin D. Roosevelt intentó acabar con él con ahínco desde la Casa Blanca y no lo logró). El poder casi absoluto de Moses funcionó para bien y para mal.

Sin Moses, probablemente no tendríamos todas las carreteras que conectan el complicado archipiélago que es Nueva York (construyó 627 millas, más de 1.000 kilómetros), el puente Triborough, el que cruzas desde el aeropuerto si vas al norte de Manhattan, el Verrazano, el que une Brooklyn y Staten Island, y otros cinco puentes más. También el Lincoln Center, Riverside Park, Naciones Unidas, el zoo de Central Park, las pistas de Queens donde hoy se juega el U.S. Open (el antiguo “valle de las cenizas” del Gran Gatsby), miles (sí, miles) de pequeños parques, canchas, piscinas y playas públicas. Sin él, probablemente, tampoco existirían las moles de viviendas que crearon islas de pobres, sobre todo, negros e hispanos. La ciudad habría estado más lejos de la quiebra, el metro funcionaría mejor, sería más fácil llegar a la orilla del río Hudson y al aeropuerto y, probablemente, el alquiler no sería tan caro y habría vida en muchos barrios que él destruyó en Brooklyn o en el Bronx.

En sus más de cuatro décadas al mando, ningún departamento construyó nada, ni siquiera los que no eran responsabilidad suya, sin que él diera el visto bueno. Sin Moses, las Torres Gemelas no se habrían construido en el sur de Manhattan ni probablemente en ningún otro lugar.

Es difícil encontrar un ejemplo de una persona tan poderosa, en particular alguien que oficialmente estaba en la sombra y nunca fue elegido en una votación popular para ninguno de los 14 cargos públicos que tuvo a la vez. Lo encumbró su imagen de técnico, no partidista e interesado en el bien público por encima de los trapicheos de la maquinaria demócrata y corrupta que dominaba Nueva York cuando él llegó a la administración en los años 20. Luchó contra la élite rica que quería que las playas siguieran siendo privadas y que prefería los bosques salvajes a los parques para domingueros. Sus obras públicas no tenían comparación en dimensión en Estados Unidos y consiguió financiarlas primero con el dinero del New Deal y luego con la emisión de bonos en un complicado sistema que apuntaló su poder. Dirigía sus obras con un grupo de colaboradores (sus “muchachos”, utilizando la palabra en español) que eran capaces de desmontar un muelle en pocas horas sin esperar a la decisión de ningún político y aunque hubiera que dejar un ferry de pasajeros sin lugar donde atracar.

Moses nació en 1888 en una familia rica para la época y marcada por las personalidades fuertes de su madre y de su abuela. Estudió en Yale y en Oxford, donde aprendió la devoción por la burocracia y el servicio público y adoptó su estilo de intelectual descuidado orgulloso de tener solo un par de zapatos y de tener que esperar para salir a que se secaran cuando llovía porque no tenía otros. Empezó a trabajar en Nueva York a principios del siglo XX, en pleno auge de los reformistas del movimiento progresista amparado por el republicano Teddy Roosevelt. Eso suponía aspirar a una ciudad mejor, más limpia, con más parques, menos casas insalubres y más orden mientras crecía la población (casi un millón más entre 1910 y 1920). El sueño de Moses se entiende en su primera visión ambiciosa para Nueva York, mi escena favorita del libro.

Un domingo de 1914 cruzaba el río Hudson hacia New Jersey con su amiga y compañera de universidad Frances Perkins, quien años después sería la ministra de Trabajo de Franklin D. Roosevelt. Entonces, la orilla apenas era una montaña de basura y barro junto a las vías del tren que recorría el oeste de Manhattan. “¿No te parece una tentación? ¿No podría esta orilla ser el lugar más bello de la tierra?”, le dijo a Perkins, según ella. Empezó a hablar de construir una autopista, enterrar las vías del tren, arreglar los muelles, reparar el parque y el camino junto al río. Imaginó ciclistas, tenistas, paseantes, carritos de niños, picnics, barcos de vela. “Le quemaban las ideas”, contó Perkins.

Décadas después, Moses lograría convertir su sueño en realidad, aunque también con sus monstruos. Construyó la carretera, los muelles, las canchas y el nuevo parque, pero también aisló la ciudad del acceso al río y limitó el transporte público. En 1974, cuando se publicó el libro, la imagen feliz de Moses parecía haberse desvanecido con la dejadez y la crisis de aquellos años. Sin embargo, el sueño para el que Moses trabajó se ha cumplido. Todavía requiere un poco de veteranía neoyorquina acertar con la salida para llegar al pasadizo correcto para salir al río, pero la orilla del Hudson es exactamente lo que imaginó Moses en 1914.

Su sueño lo cumplió décadas después el alcalde Michael Bloomberg, elegido unas semanas después del 11-S y gran artífice del carril bici y las reparaciones junto al río.

La primera vez que viví en Nueva York, en 2000, a la sombra de un bloque de cemento gris sin ventanas de la compañía telefónica y a solo una manzana del Hudson en Hell’s Kitchen, la orilla seguía siendo una zona industrial, fría y poco deseable. Ahora es el paraíso que soñó Moses. Incluso su autopista tiene un encanto difícil de explicar, sobre todo por la noche, sin apenas tráfico, entre las luces de los rascacielos de New Jersey al otro lado y los árboles y piedras de Riverside Park.

En la orilla, también queda uno de los pocos símbolos de la resistencia cívica contra sus planes, el último faro de Manhattan, que está debajo del puente George Washington y es protagonista de un popular cuento que ayudó a la movilización contra el proyecto de hacerlo desaparecer. Fue uno de los pocos episodios críticos con su gestión. Durante décadas, Moses pasaba por encima de los derechos de propietarios, inquilinos y comunidades enteras (desplazó a cerca de medio millón de personas) sin apenas control de la prensa o la administración.

La biografía de Caro atrapa al lector fascinado por las contradicciones del personaje, casi entristecido por ver cómo un joven idealista y entregado a la causa del bien público se fue convirtiendo con los años en un déspota. Esa transformación sucedió en medio de la complicidad o la negligencia de la prensa de Nueva York.

Caro, que creció como periodista en los tabloides e hizo 522 entrevistas para el libro en siete años de trabajo, traza un retrato muy crítico de casi todos los periódicos, que se dejaron deslumbrar durante demasiado tiempo por aquel funcionario sin más interés que hacer una ciudad mejor. El New York Post fue el que empezó a investigar algunos de los tratos oscuros de Moses y su despiadada política de desahucios. Otros tabloides le siguieron en los años 60. El New York Times, el que peor queda en el relato de Caro, no se puso a investigar en serio a Moses casi hasta el final de su carrera.

Moses fue avanzado para su tiempo en el respeto de las mujeres gracias a las que le marcaron en su vida y su carrera. Premiaba a las personas por su capacidad de trabajo, no por su origen ni sus conexiones. Se rebeló contra las élites de la ciudad a las que pertenecía. Tenía alma de inventor. Él mismo diseñó un cambiador de bebés para Jones Beach, la playa que construyó en Long Island para que el mar no fuera solo cosa de ricos.

Algunas de sus huellas, sin embargo, sembraron las semillas de las peores crisis de la ciudad, en particular con su resistencia al transporte público o su batalla sin escrúpulos para desplazar a cientos de miles de personas que decía querer salvar de las barriadas y que acabaron en lugares iguales o peores con un marcado racismo (llegó a poner más fría el agua de una piscina en Harlem por la creencia popular de que los negros soportaban peor el agua a bajas temperaturas).

Su “limpieza” del sur de Manhattan, con la desaparición de barrios populares, dio paso a la construcción del World Trade Center, parte de una visión para esa zona que él mismo le sugirió a David Rockefeller.

Moses era un hombre sofisticado y trabajador, pero su carácter recuerda en ocasiones a Trump. Su principal arma ante la opinión pública fue presentarse como un luchador contra los políticos (aunque intentó sin éxito ser alcalde y gobernador y fue republicano y demócrata). Sus furibundos insultos contra la prensa, cuando le empezó a investigar, recuerdan a las palabras del actual presidente. Moses también maltrataba a sus subalternos y le interesaban los dictadores. De hecho, hizo buenas migas con Franco, al que visitó en Madrid para otorgarle una medalla por haber mantenido el pabellón español en la exposición universal de 1964 en Nueva York a diferencia de la mayoría de los europeos, espantados por los trapicheos.

El libro de Caro es también (o sobre todo) un estudio del poder y de cómo transforma a las personas. En su ascenso, el ansia de influencia de Moses era para conseguir hacer el bien para el pueblo (o más bien para una idea de “pueblo” restringida a la clase media blanca con dinero suficiente para tener un coche). Con los años, el poder se convirtió para él en un objetivo en sí mismo. No hay muestra de que Moses se lucrara personalmente, pero sí de que se saltó las normas y aceptó la corrupción de otros que tanto había denostado con tal de seguir acumulando poder.

“Al principio, el poder que amasó Robert Moses estaba al servicio de sus sueños, para que sus visiones gigantescas para darle forma a la ciudad se convirtieran en realidad. Pero el poder no es un instrumento que su poseedor pueda usar con impunidad. Es una droga que crea en el usuario la necesidad de dosis más y más grandes”, escribe Caro. “Los proyectos se convirtieron no en objetivos sino en medios –los medios para obtener más y más poder”.

La rival de Moses en la visión de la ciudad, la urbanista Jane Jacobs, apenas tenía poder para ganar alguna batalla menor. Pero serían activistas como ella quienes más contribuirían a la caída del hombre más poderoso de Nueva York.

Las vecinas (fueron sobre todo mujeres) del barrio favorito de Moses, el Upper West Side, empezaron las protestas por dos episodios en Central Park: la construcción de un aparcamiento para el restaurante Tavern on the green en el lugar de un parque de juegos y la persecución del fundador de Shakespeare in the park por su supuesto pasado comunista. Fueron episodios menores, pero que animaron a la prensa a escarbar más en los tratos de Moses y cuestionaron su imagen de servidor público impoluto. Las fotografías de excavadoras al alba avanzando sin esperar a una decisión final y enfrentándose a madres con carritos que intentaban pararlas resquebrajó por primera vez la fachada benigna de Moses.

“Ama al público, pero no a la gente”, decía de él su amiga Frances Perkins.

Esa crisis de imagen ayudó años después al gobernador republicano Nelson Rockefeller a conseguir lo que otros no habían logrado. En 1968, empujó a Moses a dimitir de sus últimos cargos. A punto de cumplir 80 años, salió a regañadientes de la fortaleza que se había construido en Randall’s Island, en una garita debajo del puente de Triborough desde donde dirigía la ciudad.

El legado de Moses es polémico, pero Nueva York no sería lo que es sin él. Sus problemas son también los que han construido su carácter único. Tal vez él consiguió lo que quería otro visionario, más carismático, pero con menos poder, el alcalde Fiorello La Guardia.

Cuando La Guardia llegó al cargo, dijo: “Demasiado a menudo la vida en Nueva York es solo una escuálida sucesión de días, cuando, de hecho, podría ser una gran aventura de vivir”. Lo fue. Lo sigue siendo.