Robert Lepage y el debate sobre la apropiación cultural | Letras Libres
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Robert Lepage y el debate sobre la apropiación cultural

Este verano, dos montajes del director de teatro Robert Lepage fueron suspendidos luego de ser acusados de apropiación cultural. ¿Es víctima el canadiense de un puritanismo políticamente correcto, o tienen razón sus críticos?

Uno podría preguntar de forma retórica si Eric Clapton tiene derecho a tocar blues. La respuesta obvia es “sí”, aunque según cierto razonamiento de la llamada “apropiación cultural”, se podría concluir que el guitarrista tendría que dejar de hacerlo. El argumento, llevado a un extremo, sería que un músico blanco no tendría derecho a interpretar la música que crearon los negros esclavos o sus descendientes cuando los explotaban los terratenientes del sur de los Estados Unidos. Sin embargo, el debate sobre la apropiación cultural tiene matices.

Un caso ilustrativo se dio este verano, cuando el conocido director de teatro canadiense Robert Lepage tuvo que suspender dos de sus espectáculos, Släv y Kanata, este último fruto de la colaboración con el grupo francés Théâtre du Soleil. Släv trata de la odisea de los esclavos negros en Norteamérica, y en ella se interpretaban sus cantos. El Festival de Jazz de Montreal retiró la obra de su cartelera luego de dos presentaciones, ante la respuesta negativa que suscitó el hecho de que solo dos intérpretes fueran afroamericanos. 

Algo similar ocurrió con Kanata, obra que cuenta la historia de las conflictivas y complejas relaciones entre blancos y nativos en Canadá, y cuyo estreno en París fue suspendido porque los financistas del proyecto decidieron retirarse del mismo, como consecuencia de las críticas ante un reparto que no incluía actores de origen indígena. 

¿Es víctima Lepage de un puritanismo políticamente correcto? ¿O tienen razón sus críticos, quienes lo acusan de una sistemática falta de sensibilidad cultural y política? No es la primera vez que Lepage, un artista reconocido por su originalidad y espíritu vanguardista, enfrenta este tipo de cuestionamientos. Ya en 2002, Zulu Time, un espectáculo creado por Lepage con el músico Peter Gabriel, e interpretado mayoritariamente por actores blancos, fue descrito por un crítico como un “pastiche cultural”.  En 2016 el Consejo de las Artes de Canadá rechazó la solicitud de financiamiento para Kanata por considerar que sus creadores no habían consultado a los indígenas en la fase de concepción del espectáculo. Más recientemente, Lepage no tuvo en cuenta los reclamos que le hicieron en una carta pública un grupo de artistas nativos canadienses, quienes en una carta pública reclamaron que Lepage y Mnouchkine, directora del Théâtre du Soleil, no hubieran considerado a actores indígenas para interpretar papeles en la obra, mostrando falta de comprensión y colaboración antes sus observaciones; estos reclamos contribuyeron a su cancelación.   

Pero también hay quienes se inquietan ante la suspensión de las obras de Lepage. Se habla de un ataque contra la libertad de creación y de expresión, de una instrumentalización exagerada de la noción de “apropiación cultural”, según la cual un “no nativo”, o quien no sea miembro de una determinada comunidad cultural o étnica, no tendría derecho a interpretar la música, la poesía o relatar la historia de un grupo, especialmente si éste ha sido históricamente oprimido. 

La polémica alrededor de las obras de Lepage revela dos dimensiones del debate, una política y otra cultural. La dimensión política gira en torno al argumento de que al señalar los casos de “apropiación cultural” se busca corregir una injusticia histórica a través del empoderamiento de grupos o comunidades que han sido y son objeto de marginación, discriminación y explotación. 

Aunque la vocación de justicia no se puede cuestionar, la corrección política a veces revierte la máxima de derecho, convirtiendo a todo individuo con ciertas características (hombre, blanco, clase media o rico, etc.) como “culpable hasta que no demuestre lo contrario”. Esto conduce a medidas tan absurdas como la que ha adoptado la agrupación política catalana CUP,  que pretende cobrar a sus militantes varones 0,75 euros mensuales para "abordar" posibles casos de "agresiones machistas" dentro de la organización. En otros casos, se instala un reflejo de culpa y casi autocensura, tal como lo confesó el director y actor canadiense Raymond Cloutier, quien montó este verano la obra Oleanna, de David Mamet, en la que se relata una situación de abuso de poder y de autoridad entre un profesor y una estudiante. Cloutier dijo al periodista Stéphan Bureau que había consultado a la “alta dirección del feminismo quebequense” porque quería contar con su “imprimatur” antes de poner en escena la obra. Cloutier justificó su decisión de buscar la “bendición” de las feministas porque el texto de Mamet, escrito en 1992, podría herir sensibilidades en el contexto actual del movimiento #metoo y las denuncias contra los abusos sexuales cometidos por hombres poderosos contra mujeres. 

La otra dimensión del debate, la cultural, pone en discusión la originalidad o pureza de las culturas. ¿Existen culturas puras? Todas las culturas son el resultado de algún tipo de hibridación. A menos que seamos parte de una minúscula tribu aislada del resto del mundo, es imposible hoy en día encontrar una cultura que no haya sido el producto del contacto con otras. Es lo que el filósofo ghanés-británico Kwame Anthony Appiah llama cosmopolitismo, la experiencia de encuentro con el “otro” que es diferente, con quien tenemos cada vez más contactos gracias a la globalización.

La experiencia cosmopolita es hoy cuestionada desde bandos que están en las antípodas en cuanto a la concepción del poder. Por un lado, los que se identifican como progresistas dicen defender el patrimonio cultural de los tradicionalmente oprimidos, preservar su memoria y empoderarlos para que logren la justicia que tanto les ha sido negada. Por el otro están quienes desde una postura conservadora o claramente racista rechazan el cosmopolitismo por ser sinónimo de “invasión de extranjeros” (o de “bárbaros”), por representar amenazas a la patria, y supuestamente conducir al debilitamiento del “espíritu nacional”.

Tal vez la postura más razonable esté en un justo medio que reconozca la dignidad de los pueblos y comunidades que han creado manifestaciones culturales en contextos de opresión, pero también acepte que la riqueza de la experiencia humana viene del encuentro con el “otro”, de la hibridación y del mestizaje. De otro modo, nos hubiéramos perdido las magníficas versiones que Eric Clapton ha hecho de las canciones de Robert Johnson, quien ha sido justamente reivindicado como el gran maestro del blues que fue.