Revolucionar los cuidados: cómo reformar nuestro Estado de bienestar | Letras Libres
artículo no publicado

Revolucionar los cuidados: cómo reformar nuestro Estado de bienestar

El Estado de bienestar se ha convertido en un complejo y caro sistema de gestionar necesidades y evitar la toma de riesgos, y ni las propuestas de la izquierda (¡más recursos!) ni las de la derecha (¡más eficiencia!) pueden solucionar el problema.

Radical es una de esas palabras cuyo abuso ha ido difuminando su significado. Llamamos radical a lo que no es más que un cambio accesorio. Otras invenciones, en su día transformadoras pero hoy en proceso de oxidación, son difíciles de recordar como algo radical. Por ejemplo, ¿alguien calificaría nuestro estado de bienestar como algo radical, revolucionario? Hilary Cottam, la autora de Radical help, sí.

Remontándose a los escritos de William Beveridge al concluir la Segunda Guerra Mundial, Cottam recupera los fundamentos de una idea que fue capaz de cambiar las raíces de nuestra estructura social. Beveridge también lo creía así. En las primeras páginas del panfleto en el que expuso sus ideas escribió “Un momento revolucionario en la historia del mundo es un tiempo de revoluciones, no de parches.” El Estado de bienestar nacía como idea revolucionaria.

Con el paso del tiempo, lo profundo de su transformación ha quedado enterrado en décadas de prosperidad, pero también empañado por la obsolescencia de muchos de sus principios y maneras de articular la prestación de los servicios. El entramado burocrático erigido para hacer realidad la idea del Estado de bienestar carece de la necesaria flexibilidad para responder a una realidad que ha evolucionado más rápido. Sociedades con vertiginosas pirámides invertidas, donde problemas como la soledad, la obesidad o la depresión consumen elevados recursos públicos sin que los servicios prestados ofrezcan una respuesta satisfactoria. Un sistema de cuidados basado en un rol de la mujer hoy ya obsoleto.

La incapacidad de nuestro Estado de bienestar no solo provoca frustración en los ciudadanos que no ven satisfechas sus necesidades, sino también en todos aquellos servidores públicos que quieren resolver problemas, pero que tienen que operar en un marco normativo e institucional que los encorseta y desanima. Para Cottam, el Estado de bienestar se ha convertido en un complejo y caro sistema de gestionar necesidades y evitar la toma de riesgos, y ni las propuestas de la izquierda (¡más recursos!) ni las de la derecha (¡más eficiencia!) pueden solucionar el problema.

No es tiempo de parches, sino de recuperar el objetivo original y reinventarlo para nuestros tiempos. Ha llegado la hora de una nueva radicalidad, que Cottam construye sobre dos premisas: (i) hay que pasar de gestionar necesidades a invertir en las capacidades individuales para que los ciudadanos construyan una “vida buena”, y (ii) son las relaciones las que hacen posible construir un nuevo modelo que permita desarrollar una vida mejor. Todo esto puede parecer poco más que una nueva, y van muchas, reforma del Estado de bienestar, esta vez de la mano de Aristóteles, Sen, Nussbaum y compañía: no lo es.

Tras la exposición de su tesis principal, Cottam ilustra sus propuestas con cinco experimentos que su organización, Participle, desarrolló en el Reino Unido a lo largo de una década. Cada uno forma un capítulo del libro, con títulos que son en sí mismos toda una declaración de intenciones: servicios sociales (Family life), servicios para jóvenes (Growing up), empleo (Good work), salud (Good health) y mayores (Ageing well).

El de Good work, por ejemplo, nace del intento de atajar los problemas del sistema de búsqueda de empleo, un esfuerzo multimillonario con un ratio de fracaso del 66%. El actual modelo todavía funciona como una cadena de producción industrial, que va tomando candidatos de una larga cola a la puerta de la oficina del servicio de empleo e intenta “colocarlos” en sus correspondientes vacantes. Por cierto, encontrar casilla es garantía de poco en un mundo en el que conseguir un puesto de trabajo no equivale a salir de la pobreza ni desarrollarse profesionalmente. Este modelo difícilmente puede atacar los verdaderos problemas de un mercado en el que no solo el trabajo, sino cómo accedemos a él –8 de cada 10 trabajos no se anuncian y la mayoría de empleos se encuentran por conexiones personales– ha cambiado profundamente.

Un sistema que no da respuesta al deseo de Earl, una de las personas con las que trabaja Participle, que quiere una profesión, no un puesto de trabajo. Algo que dé sentido a su vida. Para algunas personas, encontrar un trabajo implica resolver otra serie de problemas cotidianos como dónde residir, encontrar cuidado para los hijos o superar la pérdida de confianza en uno mismo. La persona ayudando a completar formularios en el servicio público de empleo sabe que lo que puede ofrecer no proveerá lo que Earl necesita, pero poco más puede hacer. Al fin y al cabo, sus jefes evalúan su desempeño en función del número de visitantes a su centro que consiga colocar.

La única manera de reformar este sistema es partiendo de una doble premisa. Por un lado, entender que la ruta para acceder al trabajo son nuestras relaciones personales y la comunidad que nos rodea (prueba de ello es el éxito de LinkedIn), y por otro, intentar diseñar servicios que piensen más allá del empleo inmediato y se adapten a la realidad actual. Sobre esta idea, Cottam y su equipo construyeron un experimento: Backr. A través de una plataforma sencilla se generó una comunidad que se reunía semanalmente. El objetivo no era asignar puestos de trabajo a los participantes, sino ir construyendo las relaciones y capacidades necesarias para ganar confianza e ir definiendo un camino profesional. El proceso, sus pasos, aciertos y errores, es descrito por Hilary Cottam a través de las historias de algunos de sus protagonistas.

No todo es anécdota. PriceWaterhouseCoopers evaluó los resultados en un informe independiente: el 87% de los participantes de Backr realizaron una mejora medible, y el 54% de los parados de larga duración encontraron trabajo. Tras una detallada descripción de los cinco experimentos, incluyendo sus impactos tanto en resultados como en ahorro en gasto público, Cottam extrae los principios de su “revolución”. Describe también la metodología destilada tras años de trabajo. Frente a la mentalidad industrial de invertir en infraestructura (escuelas, hospitales, etc.) y procesos para prestar servicios, la metodología de Radical Help bebe de la filosofía de los desarrolladores tecnológicos, en la cual iterar y mejorar continuamente es parte integral de cualquier solución.

En una de las partes más interesantes del libro, Cottam describe los obstáculos a los que se enfrentaron: la resistencia de intereses creados, la dificultad para convencer a escépticos u obtener datos e información de las agencias de la administración pública inglesa. Se nota que ha estado en las trincheras del cambio, y ofrece algunas ideas para dar la batalla.

Cottam reconoce que sus propuestas para reformar el Estado de bienestar no resolverán todos nuestros problemas, pero no entra a analizar las causas políticas que muchas veces explican su persistencia. En estos tiempos en los que las grandes empresas tecnológicas han mostrado su lado oscuro, en el optimismo tecnológico de Cottam se echa en falta también un análisis de los riesgos de utilizar algunas de estas tecnologías a escala.

Con una combinación de fundamentos teóricos, ejemplos concretos y un manual de acción, este libro consigue el muy difícil objetivo de abrir nuevos horizontes para pensar temas recurrentes. Todo aquél comprometido con nuestro Estado de bienestar y harto de no encontrar ideas nuevas en viejos debates hallará en Radical Help una fuente de inspiración genuinamente radical.