Reaccionarios de todos los partidos | Letras Libres
artículo no publicado

Reaccionarios de todos los partidos

El rechazo al liberalismo une a la derecha ultracatólica y a la extrema izquierda.

“Hay una lucha por mantener el sistema instaurado en la Transición: dos partidos políticos que defienden cosas distintas en lo accesorio pero que tienen una íntima comunión en lo esencial. Y lo esencial, no nos engañemos, son los planes que la plutocracia internacional tiene para los Estados antaño soberanos”. El PSOE ha traicionado a la clase trabajadora: con los pactos de la Moncloa “que instauraron el despido libre” y con la modificación del artículo 135 de la Constitución. “Ahora ha surgido Podemos, que es la verdadera herida que se ha abierto en el sistema de alternancia porque es un caballo indómito, al menos de momento”. El canon de la literatura española no se ha actualizado desde los años ochenta; la culpa la tiene un medio y ya sabemos todos cuál es.

Estas frases no tienen nada de extraordinario: algunas mañanas al leer el periódico cualquiera diría que la mayor decepción amorosa de los cantautores españoles la produjo el bipartidismo. Lo más llamativo de ellas es que su autor no sea alguien que se defina de izquierdas, sino el novelista Juan Manuel de Prada, en una entrevista con Edu Galán y en otra con Paula Corroto publicada en esta web.

Más de uno se sorprendería al descubrir que su análisis coincide con el de un escritor que ha argumentado en contra de la legalización del matrimonio homosexual diciendo que “El Derecho no puede otorgar el mismo grado de reconocimiento a las uniones que garantizan la propia subsistencia de la sociedad que a otras que la abocan a su consunción”, o que en un artículo sobre el aborto de 2010 citaba a Eichmann y la banalidad del mal de Hannah Arendt. (En otro, de 2014, lo presentaba como una estrategia para evitar la rebelión de jóvenes desfavorecidos: el culto al sexo desenfrenado -en pocos sitios hay más sexo que en el temor de un católico- que “revolvía a la mujer contra su propia naturaleza” y el aborto eran un “control de daños” necesario para la preservación del sistema.)

Desde hace años Juan Manuel de Prada -un escritor de innegable talento y un hombre que sabe reírse de sí mismo, como ha demostrado en la serie Qué fue de Jorge Sanz- ha asumido el papel de ultramontano de las letras españolas. En muchos aspectos, esto lo coloca a la contra y le da la simpatía de los apestados. Como ha escrito José Antonio Montano, “La soledad ideológica en que se ha recluido es en verdad valiente, y más en esta España sectaria y etiquetil. Por otra parte, sus anhelos medievalistas de un orden jerárquico y cristiano, con la realidad aclarada por la luz divina, pese a la opaca y pecadora materia, están tan fuera de lugar que resultan poco dañinos en la práctica”.

Quizá quien esté de acuerdo con parte del análisis de Juan Manuel de Prada podría contestar con el reloj averiado que acierta dos veces al día, o con el argumento que dice que si estabas contra la guerra de Irak estabas con el papa de Roma. Pero el propio escritor parece tener un diagnóstico ajustado de sí mismo, y quizá su postura sea más coherente de lo que resultaría cómodo para algunos aliados ocasionales: “Soy profundamente antiliberal. Soy antimoderno. Soy cristiano: progresista en lo social y reaccionario en lo moral. La realidad es que esto me ha llevado a tener amistad con gente de izquierda marxista, una izquierda que en algunos aspectos no me identifico pero en otros sí”, ha dicho De Prada.

No es algo nuevo. Ian Buruma ha escrito:

La historia del antiliberalismo forma parte de la historia de la civilización europea en la misma medida que la Ilustración. De hecho, tiene sus raíces en la Contra-Ilustración. Joseph de Maistre (1753-1821), un pensador versado en la civilización europea clásica, denunciaba a los liberales por su “indiferencia disfrazada de tolerancia”. Los liberales, protestantes, científicos, y de hecho todos los hombres que consideran la razón una cualidad humana positiva, son enemigos del Estado ideal de Maistre, cuyo orden perfecto impone el gobierno autoritario de la Iglesia y la Monarquía […] La idea de que hay que animar a la gente a pensar por sí misma es una amenaza para la sociedad. Como para todos los antiliberales, para Maistre la tolerancia significaba una falta de fe; de ahí viene la idea de que la tolerancia significa indiferencia. Y la falta de fe, más que nada, significa la Caída del Hombre.

Uno puede remontarse mucho más lejos, por supuesto, para encontrar ejemplos similares de odio al escéptico y al no creyente. La falta de fe se ha asociado al materialismo desde la Biblia y, por tanto, de forma bastante lógica, a los comerciantes. La tolerancia es una parte esencial de los negocios. Si se puede ganar dinero, no compensa meterse en las creencias o las costumbres de los demás. Una de las cosas que Voltaire admiraba de Gran Bretaña, como fugitivo de la Iglesia y la Monarquía de la Francia prerrepublicana, era el estatus social relativamente alto que disfrutaban los comerciantes. Para él, los negociantes y los científicos eran los pilares de una sociedad basada en la razón y un ilustrado interés propio. Tenía una opinión positiva de la bolsa de valores de Londres, donde, decía, judíos, cristianos y musulmanes hacen felices negocios juntos, y el único infiel es el que se declara en bancarrota. Por supuesto, Karl Marx tenía una opinión distinta; describía la bolsa de valores como el símbolo de todo lo que estaba podrido, y era, además, judío: “¿Cuál es la religión mundana del judío? El regateo. ¿Cuál es su Dios mundano? El dinero.” Quizá no fuera accidental que los dirigentes comunistas de Checoslovaquia denunciaran a los Rolling Stones, no solo como “drogadictos”, sino como “máquina capitalista de hacer dinero”, lo que era absolutamente cierto, pero constituía una extraña razón para una prohibición total.

En su obra más reciente, The Shipwrecked Mind, que publicará Debate en español, Mark Lilla escribe:

Mientras trabajaba en ese libro empecé a percibir una fuerza diferente que daba forma a las imaginaciones de los pensadores políticos y de los movimientos ideológicos en el siglo XX: era la nostalgia política. La nostalgia se posaba como una nube en el pensamiento europeo después de la Revolución francesa y nunca se ha levantado por completo […] Y así una masa de pensadores –filósofos, historiadores, teólogos– empezó a ofrecerla. Primero fue Oswald Spengler, con un estudio enormemente influyente, La decadencia de Occidente (1918-1923). Una multitud de decadentistas rivales siguieron su ejemplo, y todos afirmaban haber descubierto la idea decisiva o el acontecimiento decisivo que sellaba nuestra perdición. Desde la década de 1950 esta ha sido una literatura creciente y popular en la derecha europea y estadounidense. Pero sus tropos también se pueden encontrar en la izquierda marginal, donde ecologistas apocalípticos, enemigos de la globalización y activistas decrecentistas se han sumado a las filas de los reaccionarios del siglo XX.