¿Puede ganar Valls en Barcelona? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Puede ganar Valls en Barcelona?

La presentación de la candidatura del ex primer ministro francés a la alcaldía de Barcelona ha creado expectación, pero tendrá muy complicado unir a las fuerzas antiindependentistas.

Manuel Valls ha conseguido su primera victoria apenas unas horas después de oficializar una candidatura a la alcaldía de Barcelona que lleva meses madurando: los ataques de algunos de sus adversarios políticos y los iracundos artículos de ciertos faros independentistas (calificar de “fracasado” a un ex primer ministro francés es, en boca o pluma de según quien, cuando menos aventurado), solo ponen en evidencia su nerviosismo por un nuevo y descontrolado alfil en el tablero.

La decisión del político francocatalán, nacido en Barcelona en agosto de 1962, de articular a su alrededor una plataforma electoral con representantes de diferentes sensibilidades políticas y difuminar así las líneas divisorias en las que se mueve desde 2010 el debate en Catalunya ha descolocado al independentismo. También incomoda a la alcaldesa, Ada Colau, quien pese a los problemas de gestión en la ciudad mantiene su atractivo mediático y altas posibilidades de victoria.

La llegada de Valls supone, en definitiva, un elemento disruptivo en una política catalana que lleva ocho años supeditada al discurso y el compás del proceso independentista. Hasta ahora los partidos nacionalistas y la izquierda Telegram habían sido los que en cada contienda electoral modificaban a su antojo el terreno de juego con propuestas híbridas que trascendían las viejas siglas partidistas con la intención de atraer votos muy diversos mientras Ciudadanos, PSC y PP concurrían en solitario y con las cartas boca arriba.

La plataforma que encabeza Valls altera esa dinámica y permite al constitucionalismo deshacerse de su corsé para abrirse a sectores del catalanismo, incluso del nacionalismo moderado, que se han quedado huérfanos tras el colapso de la vieja Convergència i Unió. Además, ofrece la promesa de un cambio, o al menos el beneficio de la duda, en el gobierno de una ciudad que no logra despegarse del diván de psicoanálisis, así como la posibilidad de que una figura de talla internacional sea su capitán y estandarte.

Valls es un extraño, que no un extranjero –sus vínculos personales y sentimentales con Barcelona son sólidos y antiguos–, en un microcosmos que llevaba tiempo cerrado, ensimismado, y ofrece un discurso que en sus primeras estrofas conocidas recoge muchas de las quejas habituales de sectores económicos y vecinales: la creciente inseguridad, la suciedad, el incivismo, la masificación de un turismo depredador, entre la promesa de la postal gaudiniana y las noches de alcohol barato y sexo fácil; la imparable especulación inmobiliaria, las trabas municipales a la iniciativa empresarial y a la restauración, los problemas de movilidad, la toma del espacio público para todo tipo de festejos y algaradas (entre 2011 y 2015 el independentismo lo convirtió en plató de sus grandes movilizaciones; posteriormente Colau, siempre equidistante pero más cercana a “los de la DUI que a los del 155” no lo ha corregido), así como cierto victimismo frente a Madrid que ejerce sobre todo de justificante de incapacidades y errores propios.

Gato viejo, Valls supo ver ese mar de fondo en Barcelona en los actos en los que participó durante la campaña del 21-D –apoyó a PSC, Cs y PP–, y en las comidas y cenas veraniegas con destacados barceloneses, como también el calor popular con el que fue recibido en la manifestación constitucionalista del pasado 19 de marzo. Una oportunidad para reinventarse, entendió enseguida Valls, y escapar de su papel declinante en la política francesa.

Un movimiento, pues, con altas dosis de oportunismo, pero también con un alto riesgo de colisión. Un flirteo con el fracaso que refuerza su atractivo ante una sociedad civil barcelonesa, entre acobardada y descolocada por unos cambios políticos que no controla, que reclamaba nuevos liderazgos ciudadanos pero que no daba, ni colectiva ni individualmente, ningún paso adelante. “Un alcalde europeo para una ciudad que debe ser de nuevo una gran capital europea” es una de las frases que utiliza como tarjeta de presentación, sabedor de que la partida se juega en el terreno de la emoción y los sentimientos.

Muchos de los problemas de la ciudad son mundanos e intercambiables con los de otras metrópolis occidentales. No hay nada nuevo o diferente, pero la diferencia radica en la herida que supura del alma barcelonesa, con su orgullo pequeñoburgués mancillado tras creerse durante demasiado tiempo que podía competir de tú a tú con Londres, París, Nueva York. Como también es determinante el deseo transversal de recuperar esa Barcelona que en los años de Maragall como alcalde ejerció de contrapoder a la Generalitat de Jordi Pujol y su construcción nacionalista. Una Barcelona, en definitiva, más Distrito Federal en una Europa de grandes ciudades que “pal de paller” (eje vertebrador) de la Catalunya insurgente.

En ese contexto, la presencia de Valls es una novedad que fascina –es raro no encontrarse estos días a alguien que no te diga, a modo de confesión cómplice, que ha comido o cenado con el político–, e inquieta a muchos actores de una ciudad que se ha ido lentamente hundiendo en los últimos doce años entre la nostalgia de la gloria olímpica, periodo mitificado en exceso y cuya cara b –recuperen sin tardar el Watusi de Casavella– apenas ha sido analizada y explicada. Los fríos datos no dejan margen a excesivas interpretaciones y son una losa para la actual alcaldesa: la capital catalana ha bajado siete puntos en el ranking de las ciudades con mejor reputación, situándose en el número 15; en verano la delincuencia ha aumentado un 30% respecto al verano de 2017, mientras que la ocupación hotelera ha caído un 3% y la facturación un 7,2%. De ahí que su apuesta por una ciudad capital europea y abierta, pero también por un modelo de “ley y orden”, desde una socialdemocracia que sí entiende el concepto de autoridad, que es hegemónico en el continente y que se contrapondrá al relativismo buenista de Colau, puede resultar muy efectivo.

Valls ha sabido captar la esencia del malestar de una ciudad herida en su orgullo, y en su discurso de presentación en el Centro de Cultura Contemporánea (CCCB), uno de los iconos de los tiempos dorados del socialismo barcelonés, y ante una expectación poco habitual, se proclamó heredero del viejo catalanismo político, entendido como un motor de regeneración cultural y social, pero enemigo del “populismo y el independentismo”. A su juicio, posiciones incompatibles con una Barcelona que debe aspirar a ser cocapital de España y capital europea, de ahí que haya insistido en que la ciudad “tiene que pensar en ella misma y no en proyectos que tienen que ver con la confrontación”. Como también parece haber captado el deseo transversal de recuperar esa Barcelona que en los años de Maragall ejerció de contrapoder a la construcción nacionalista de la Generalitat de Jordi Pujol.

La pregunta más común en las últimas horas en la capital catalana es si Valls tiene posibilidades de ser alcalde. Pocos dudan, viendo la expectación generada por su conferencia inicial, de que puede ganar las elecciones, pero ante un escenario postelectoral previsiblemente fragmentado, la gran incógnita es saber si podrá sumar con otras formaciones. El analista Carles Castro hizo una proyección demoscópica en La Vanguardia a partir de los resultados que obtuvo Inés Arrimadas en las últimas elecciones catalanas del 21 de diciembre, donde Ciudadanos se impuso en todos menos uno de los distritos de la metrópoli. Si Valls logra repetir esos números, obtendría alrededor de diez de los 41 concejales que estarán en juego, siendo la fuerza más votada. Esta primera plaza y la dificultad del resto de partidos de sumar entre sí por sus diferentes vetos cruzados, ya sea por el eje independentista/constitucionalista o por el eje izquierda/derecha, le daría muchas posibilidades de ser el otro inquilino de la plaza Sant Jaume, junto al presidente de la Generalitat. Otro elemento a tener en cuenta del análisis de Castro es que incluso la hipotética lista única soberanista (sin los antisistema de la CUP) tampoco aseguraría su victoria.

Con todo, la suerte de Valls dependerá en buena medida de si los tres grandes partidos constitucionalistas acaban entrando en su plataforma y que pueda mantener una estrategia y un discurso que no chirríe a ninguno de los tres. Por ahora solo Ciudadanos le ha dado su apoyo, aceptando diluirse en la plataforma, que llevará por nombre “Barcelona, capital europea”, y sabiendo que algunos de los guiños de Valls a la burguesía barcelonesa –se ha declarado hombre de izquierdas y deudor del catalanismo como motor de cambio y transformación– pueden ser contradictorios con sus planteamientos y, por tanto, utilizados contra ellos fuera de Cataluña. Sin embargo, los liberales tienen más que ganar que perder. Albert Rivera, que en un primer momento intentó controlar la operación Valls, necesita en su plan para llegar a la Moncloa gobernar en una de las grandes ciudades y Barcelona es junto a Madrid y Málaga donde más posibilidades tiene. Si gana Valls podrá arrogarse ese triunfo político, al haberlo apoyado desde el inicio; si en cambio fracasa en las urnas tendrá la opción de descargar todo el peso del fracaso en el candidato y en una coalición en la que Cs ha aceptado tener un peso relativo.

Casos diferentes son los del PSC y PP, que se han negado a poner bajo el paraguas del francocatalán. Por ahora. Tanto en el seno de la dirección de los socialistas catalanes como en el de los populares hay voces que defienden la alianza con Valls ante el serio peligro de quedar relegado a posiciones residuales tras los comicios de mayo. Valls sabe que la necesidad de un matrimonio de conveniencia puede, llegado el caso y los sondeos, ser mutua y no cederá en su cortejo a los socialistas catalanes.

Hasta noviembre, los movimientos en uno u otro sentido pueden ser muchos y la evolución de los sondeos decisiva. La batalla de Barcelona, pues, no ha hecho más que empezar y de su resultado final estará en juego el presente de la ciudad, pero también puede ser un punto de inflexión y romper la hegemonía independentista.