Profecías del fascismo: George Orwell escribe sobre novelas distópicas | Letras Libres
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Profecías del fascismo: George Orwell escribe sobre novelas distópicas

El autor de '1984' reseñaba en 1940 novelas de London, Wells, Huxley y Bramah que de un modo u otro prefiguraban el ascenso del fascismo.

La reimpresión de El talón de hierro de Jack London pone a disposición general un libro que ha sido muy buscado en los años de agresión fascista. Como otros libros de Jack London, ha sido muy leído en Alemania, y tiene la reputación de haber sido una predicción precisa de la llegada de Hitler. En realidad no es eso. Solo es una historia de opresión capitalista, y se escribió en una época en la que varias cosas que han hecho posible el fascismo –por ejemplo, el tremendo revival del nacionalismo– no eran fáciles de anticipar.

Donde London mostró una perspicacia especial, sin embargo, es a la hora de ver que la transición al socialismo no sería automática o fácil siquiera. La clase capitalista no iba a “perecer a causa de sus contradicciones internas” como una flor que muere cuando la estación termina. La clase capitalista era lo bastante inteligente como para ver lo que estaba ocurriendo, ocultar sus propias diferencias y contraatacar contra los trabajadores, y la lucha resistente sería la más sangrienta e inescrupulosa que hubiera visto el mundo.

Merece la pena comparar El talón de hierro con otra novela imaginativa sobre el futuro que se escribió un poco antes y a la que debe algo, Cuando el durmiente despierte, de H. G. Wells. Al hacerlo uno puede ver tanto las limitaciones de London como la ventaja que supone no ser, como Wells, un hombre completamente civilizado. Como libro, El talón de hierro está torpemente escrito, no muestra ninguna compresión de las posibilidades científicas, y el héroe es una especie de gramófono humano que está desapareciendo incluso de los tratados socialistas. Pero, gracias a su propia vena de salvajismo, London podía comprender algo que Wells al parecer no entendía: que las sociedades hedonistas no perduran.

Todo el que ha leído Cuando el durmiente despierta la recuerda. Es una visión de un mundo brillante y siniestro en el que la sociedad se ha endurecido en un sistema de castas y los trabajadores están permanentemente esclavizados. También es un mundo sin propósito en el que las clases altas para quien los obreros trabajan son totalmente blandas, cínicas y sin fe. No hay conciencia de ningún objeto en la vida, nada correspondiente al fervor del revolucionario o el mártir religioso.

En Un mundo feliz de Aldous Huxley, una especie de parodia de posguerra de la utopía de Wells, esas tendencias están inmensamente exageradas. Aquí el principio hedonista es empujado al extremo, el mundo entero se ha convertido en un hotel en la Riviera. Pero aunque Un mundo feliz era una caricatura brillante del presente (el presente de 1930), probablemente no arroja luz sobre el futuro. Ninguna sociedad de ese tipo duraría más allá de un par de generaciones, porque una clase dominante que pensara sobre todo en términos de “un buen rato” no tardaría en perder su vitalidad. Una clase dominante debe tener una moralidad estricta, una creencia casi religiosa en sí misma, una mística. London era consciente de ello, y aunque describe una casta de plutócratas que dirige el mundo durante siete siglos como monstruos inhumanos, no los describe como ociosos o sensualistas. Solo pueden mantener su posición cuando creen sinceramente que la civilización depende únicamente de ellos mismos, y por tanto de una manera distante son igual de valientes, capaces y dedicados como los revolucionarios que se les oponen.

Desde el punto de vista intelectual, London aceptaba las conclusiones del marxismo e imaginaba que las “contradicciones” del capitalismo, el “exceso de oferta inconsumible” y todo eso persistirían incluso después de que las clases capitalistas se hubieran organizado para formar un solo cuerpo. Pero temperamentalmente era muy distinto a la mayoría de los marxistas. Con su amor por la violencia y la fuerza física, su creencia en la “aristocracia natural”, su adoración por los animales y su exaltación de lo primitivo, tenía lo que se podría llamar con justicia una tendencia fascista. Probablemente eso le ayudó a entender cómo se comportaría la clase propietaria cuando se viera seriamente amenazada.

Es justo ahí donde los socialistas marxistas se han quedado cortos normalmente. Su interpretación de la historia es tan mecanicista que no han logrado anticipar peligros obvios para gente que no había oído nunca el nombre de Marx. A veces se reprocha a Marx que no supiera predecir el ascenso del fascismo. No sé si lo predijo o no –en esa fecha solo podría haberlo hecho en términos muy generales–, pero en todo caso es seguro que sus seguidores no vieron ningún peligro en el fascismo hasta que ellos mismos estaban en la puerta del campo de concentración. Un año o más después de que Hitler hubiera subido al poder el marxismo seguía proclamando que Hitler no tenía importancia y que el socialfascismo (es decir, la democracia) era el verdadero enemigo. Probablemente London no habría cometido este error. Sus instintos le habrían advertido de que Hitler era peligroso. Sabía que las leyes económicas no operan del mismo modo que la ley de la gravedad, que pueden ser retrasadas por largos periodos por gente que, como Hitler, cree en su propio destino.

El talón de hierro y Cuando el durmiente despierte están escritos desde una posición popular. Un mundo feliz es ante todo un ataque al hedonismo, pero por implicación también es un ataque al totalitarismo y el comercio de castas. Es interesante compararlos con una utopía menos conocida que trata la lucha de clases desde el punto de vista de las clases altas o más bien medias, El secreto de la liga, de Ernest Bramah.

El secreto de la liga se escribió en 1907, cuando el crecimiento del movimiento obrero empezaba a aterrorizar a la clase media, que imaginaba erróneamente que estaba amenazada desde abajo y no desde arriba. Como predicción política es trivial, pero posee gran interés por la luz que arroja sobre la mentalidad de la clase media en dificultades.

El autor imagina un gobierno laborista que llega al poder con una mayoría tan grande que es imposible desalojarlo. Sin embargo, no introducen una economía completamente socialista. Siguen manejando el capitalismo en beneficio propio subiendo los impuestos de forma constante, creando un ejército enorme de burócratas y tasando a las clases altas para que dejen de existir. El país por tanto “se va al carajo” de la manera familiar; además, en su política exterior el gobierno laborista se comporta de forma bastante similar al gobierno nacional entre 1931 y 1939. Contra esto se alza una conspiración secreta de las clases medias y altas, y la forma de la revuelta es muy ingeniosa, si consideramos el capitalismo algo interno: es el método de la huelga de consumidores. Durante dos años los conspiradores de clase alta acumulan en secreto combustibles y convierten las centrales en petrolíferas; luego boicotean con éxito la principal industria británica, el carbón. Los mineros se enfrentan a una situación en la que no podrán vender carbón en dos años. Hay mucho desempleo y malestar, que termina en una guerra civil en la que (¡treinta años antes del general Franco!) las clases altas reciben ayuda internacional. Después de su victoria abolen los sindicatos y establecen un régimen no parlamentario “fuerte”: en otras palabras, un régimen que ahora describiríamos como fascista. El tono del libro es afable, como podía ser en esa época, pero la corriente de pensamiento es inconfundible.

¿Por qué un escritor decente y amable como Ernest Bramah podía encontrar en el aplastamiento del proletariado una visión agradable? Es simplemente la reacción de una clase en dificultades que se veía amenazada no tanto en su posición económica como en su código de conducta y forma de vida. Uno ve el mismo antagonismo puramente social hacia la clase trabajadora en un escritor anterior de mucho mayor calibre, George Gissing. El tiempo y Hitler han enseñado mucho a las clases medias, y quizá no vuelvan a unirse con sus opresores contra sus aliados naturales. Pero que lo hagan o no depende de cómo se les trate, y la estupidez de la propaganda socialista, con sus constante ataques a los “pequeñosburgueses”, tiene mucha responsabilidad en el asunto.

Tribune, 12 de julio de 1940.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.