Pedro Sánchez: De victoria en victoria hasta la derrota | Letras Libres
artículo no publicado

Pedro Sánchez: De victoria en victoria hasta la derrota

En un parlamento fragmentado, con 19 partidos y casi todos enfadados con Pedro Sánchez, la estrategia arrogante del PSOE nos puede conducir a unas nuevas elecciones el año que viene.

En los últimos cinco años, ha habido muchos Pedro Sánchez: el socioliberal tecnócrata que se enfrentó a Madina en 2014 hablando de autónomos y bajar impuestos, el socialdemócrata ¿radical? antioligárquico de la entrevista con Évole (cuando dijo que había que entenderse con Podemos y habló de una conspiración del IBEX y los medios contra él), el del poscapitalismo y la revolución de la robótica, el Sánchez con banderas de España gigantes, el que critica a Podemos porque la CEOE les tiene miedo, el que no podría dormir con Podemos en el gobierno, el de ley y orden que prometía traer a Puigdemont a España... A pesar de estos bandazos, su estrategia siempre ha sido muy transparente: el culto a su personalidad y la conservación del poder a toda costa. El PSOE de Sánchez se comprometió a regenerar el partido a través de la regeneración de la autoestima de su nuevo líder, condenado al ostracismo por el establishment. Sánchez convirtió al PSOE en un partido nacionalista de sí mismo.

Durante la campaña, los líderes del PSOE sugirieron que la elección sería entre su partido y el caos. El resultado es una combinación de PSOE y caos. El partido ha vencido y saca 30 diputados más que su adversario más cercano, pero a costa de eliminar casi completamente a un potencial aliado en el futuro (Ciudadanos), de inflar a la ultraderecha (que bate récords) y de convertir el Congreso en una especie de cámara territorial con partidos localistas, regionalistas y nacionalistas (entran la CUP, ¡Teruel Existe! y el BNG, Bildu obtiene grupo propio, ERC consigue más diputados que Ciudadanos). Es obvio que no todo es culpa del PSOE. Los delirios de grandeza de Albert Rivera llevaron a Cs al precipicio, la ultraderecha ha crecido gracias al procés y a su presencia en algunos parlamentos autonómicos, donde ha sido normalizada (Vox ha obtenido muy buenos resultados en Andalucía, Murcia y Madrid, donde ha pactado gobiernos con PP y Ciudadanos). Pero Sánchez sabía el riesgo que corría al forzar una repetición electoral y jugar al desgaste estratégico para arañar un puñado de escaños más, justo tras la sentencia del procés y la exhumación de Franco.

Más allá de la idea de afianzar su poder (ha perdido 700.000 votos y 3 escaños), ¿cuál es la lógica de la repetición electoral? ¿Estar en una posición de ventaja con respecto a futuros negociadores? ¿Garantizar que, ante un parlamento fragmentado y con una ultraderecha poderosa, será más difícil para los moderados impedirle gobernar? ¿Simplemente eliminar a sus competidores a izquierda (Unidas Podemos ha perdido 7 diputados) y derecha (Cs está al borde de la irrelevancia) y gobernar en solitario contra el “caos”? El PSOE solo piensa en convertirse en el gran partido hegemónico atrapalotodo; si puede o no gobernar luego es algo secundario. 

Sánchez insiste en que ha ganado las elecciones. No siente la necesidad de tener que explicar nada más. Incluso ha preguntado con sorna si es que quieren que el PSOE siga ganando elecciones. El secretario de organización del partido, José Luis Ábalos, ha reprochado a la prensa, al estilo AMLO, que no se les reconozca la victoria. La lógica es siempre la misma: las elecciones son una carrera de caballos y lo importante es llegar el primero. Solo importa la foto finish. El partido lleva tiempo defendiendo que debería siempre gobernar la lista más votada, pero es al mismo tiempo responsable de una mayor fragmentación y polarización, lo que dificulta un gobierno fuerte y estable. En un parlamento con 19 partidos, casi todos enfadados con Sánchez, la estrategia arrogante del PSOE nos puede conducir a unas nuevas elecciones el año que viene.