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artículo no publicado

Pablo Iglesias quiere ser famoso

El deseo de Pablo Iglesias de ser famoso ha contribuido a su éxito como líder de Podemos. 

Una vez, caminando con parte del equipo de una película en un festival de cine, se me acercaron tres chicas.

-¿Quién eres, quién eres? -gritaron. El entusiasmo era superior incluso al acostumbrado y no supe qué contestar: cualquier cosa que dijera iba a resultar decepcionante. Pronto otra chica les sacó del error.

-No es nadie.

David Trueba recordaba hace poco el día en que un programa televisivo comunicó a Pablo Iglesias con Joaquín Sabina, que había hecho poco antes unas declaraciones desfavorables a Podemos. Al líder político se le veía encantado charlando con ese representante icónico de la Cultura de la Transición.

Esa felicidad -que a veces muestra también en su programa de televisión- hacía pensar que el conocimiento popular no era solo un instrumento para conquistar la hegemonía sino también la consecución de un deseo: a Iglesias se le veía contento de charlar con un famoso, de igual a igual. (Los famosos, como decía Monterroso de los enanos, tienen un sexto sentido para reconocerse.)

Junto a la habilidad y recursos destinados a las estrategias de comunicación, el talento para crear marcos, la facilidad para aprovecharse de la fuerza del adversario -y, por supuesto, la crisis económica y política, el cansancio con el bipartidismo y la fractura generacional-, ese deseo de ser famoso ha contribuido al éxito del líder de Podemos.

Tiene que ver, por supuesto, con el uso de la televisión. En Asaltar los cielos (Debate), José Ignacio Torreblanca menciona el reconocimiento de Iglesias a la derecha española, que habría aprendido a ser televisiva como la estadounidense, mientras que la izquierda no. Iglesias sabía que la televisión era el medio más eficaz. Escribe Torreblanca: “Podemos es un partido político que se funda como plató de televisión: es decir, en un formato que lo dice todo sobre la sociedad en la que vivimos y sobre la enorme capacidad anticipatoria de sus líderes. Podemos se fundó como una televisión, y luego la televisión fundó a Podemos. La conclusión, para Pablo Iglesias, es certera y de calado: ‘La televisión es a la política contemporánea lo que la pólvora fue a la guerra’.”

Esas líneas de Torreblanca me han recordado un diagnóstico perspicaz:

“Esto es lo que me interesa de él: Quiere ser famoso. Quiere que la gente hable de él. Quiere que la gente se fije en él. Quiere que la gente le pida autógrafos, que lo reconozca y que invada su intimidad, aunque no parece tener ninguna”.

Esas palabras, escritas por la periodista y guionista Nora Ephron, no se refieren a Pablo Iglesias, sino a Donald Trump. Quizá no tengan muchas más cosas en común, pero los dos han entendido la constante necesidad de novedades en la conversación periodística moderna. Los medios viven con miedo a que lo que cuentan resulte aburrido. Esa ansiedad convierte la anécdota -por ejemplo, un elemento ligeramente incongruente como regalarle Juego de tronos al rey- en el centro de la noticia. Los medios necesitan espectáculo, y los dos -cada uno a su manera- han sabido dárselo de manera creativa, enérgica y notablemente falta de escrúpulos.

Las entrevistas con Pablo Iglesias y sus perfiles señalan lo mucho que le para la gente por la calle. Ahora, decía la presentación de la entrevista que le hizo Joana Bonet hace unos días, tiene que ir en coche a los sitios. Si no, la gente que le pide selfies le impediría llegar a tiempo.

Los selfies también se los hace él. Ha mostrado su rostro en las papeletas electorales de las europeas de 2014 y ha subrayado momentos destacados suyos en los discursos que dirige a sus compañeros: “No soportan verme fundido en un abrazo con Juan Carlos Monedero”, ha dicho, por ejemplo. Es frecuente ver esas fotos de su equipo, con un aire a lo Reservoir Dogs.

Su segundo discurso durante la votación de investidura, donde ofreció su despacho para que dos diputados disfrutaran de un espacio de intimidad, se ha explicado de muchas maneras. Una de ellas es un trampantojo de la fama: la sensación de que tus bromas privadas son las bromas de todo el mundo.

A llegar a hacer la entrevista a Iglesias lo saludaban Aitana Sánchez Gijón, Laura Ponte y Carmen Elías. “Traedme más a este lugar”, decía el político. Iglesias decía en la entrevista que le interesa más Paco Martínez Soria, a quien reconoce un interés sociológico, que Luis Buñuel. Considera que este último ya no es “válido”. Resulta difícil imaginar que otro líder político español hablara de Luis Buñuel, pero esa elección léxica sugiere una idea un tanto limitada del cine: como mero vehículo ideológico. Sin embargo, lo más revelador de la observación es el arranque: “El otro día en los Goya”, dice Iglesias. Es casi entrañable: todo eso para recordar que estuvo invitado en la ceremonia.

No creo que el deseo de ser famoso sea algo malo, y despreciarlo me parece mero esnobismo. Todos queremos que nos quieran mucho y que nos quieran muchos: eso es casi imposible, pero ser famoso es lo que más se le parece. Quizá Félix Romeo exageraba cuando decía que la fama es un humanismo, pero es una aspiración comprensible, muy extendida aunque pocas veces con tanta intensidad. Esa intensidad acarrea sacrificios gigantescos. Ese anhelo humaniza en cierto modo a Pablo Iglesias, pero también puede convertirse en un fin en sí mismo.

Al margen de lo que ocurra con su partido, con su liderazgo o con los objetivos que se planteaba cuando se inició en el activismo de izquierdas o cuando decidió llevar el partido hacia la socialdemocracia, en cierto modo su aventura ha sido un éxito: lo conoce un porcentaje altísimo de españoles.

Quizá Pablo Iglesias se convierta en una figura duradera de la política nacional. Pero no sé si es la mejor opción para él. Podría acabar presentando un late night en una gran cadena. En horas bajas, podría visitar los platós de las televisiones autonómicas, diseñados para albergar personalidades locales y celebrities en decadencia. El capitalismo lo trataría mejor de lo que nunca habría esperado. Lo imagino bastante feliz, explicando a la chica de maquillaje que él sigue siendo grande: es la política la que se ha hecho pequeña.