Pablo Casado: lo nuevo, lo viejo y sus límites | Letras Libres
artículo no publicado

Pablo Casado: lo nuevo, lo viejo y sus límites

El discurso de Pablo Casado fue básicamente de autoayuda: había que aceptarse sin complejos. Su victoria muestra que estamos en un momento de regreso a las esencias ideológicas, aunque no está claro cuáles son o qué recorrido tienen.

La mejor manera de llegar al establishment es decir que estás contra él. En España, Pedro Sánchez gobierna tras haber vencido al establishment de su partido. Emmanuel Macron ganó las elecciones contra el establishment. Y Pablo Casado también ha vencido diciendo que batallaba contra el establishment de su propio partido. La paradoja es que los tres, de un modo u otro, surgían del establishment: Sánchez había sido antes el candidato del aparato, Macron había trabajado en banca y había sido ministro con Hollande, Casado ha tenido cargos en el partido y lo apoyaba la mayoría de los dirigentes.

Como ha dicho Pablo Simón y como ha escrito José Antonio Montano, Casado ha hecho un Pedro Sánchez. Ha defendido un regreso a las esencias ideológicas. En algún lugar, el PP se habría apartado de la buena senda y de sus principios. Se trata de corregir el rumbo: como en el caso del PSOE y, ay, de tantos de nosotros. Para unos se trata de regresar a la fiesta –más imaginada que vivida en muchos casos– de los ochenta; para otros, a un momento de certeza moral. Son mitos, y en cierto modo repositorios de una especie de legitimidad. La realidad tuvo más claroscuros, pero es inútil desmontarlos. Como escribe Mark Lilla en La mente naufragada, su libro sobre el pensamiento reaccionario, “la nostalgia es irrefutable”.

También es otro elemento de la época: como escribe Sandra León, su discurso cala “porque toma la forma de respuesta ideológica en un escenario polarizado y volátil”. El discurso de Casado era básicamente de autoayuda: había que aceptarse sin complejos. El partido, defendía Casado, debe ser ahora más liberal y más conservador. Pero liberal, como explica Jorge del Palacio, es difícil de definir: “Para algunos el liberalismo significa reducción del Estado, mientras para otros es sinónimo de un Estado que interviene para garantizar igualdad de oportunidades”. La versión que defiende el líder popular combina lo peor del liberalismo y lo peor del conservadurismo.

El neoliberalismo del PP sería una versión bastante sui generis. A fin de cuentas, es un partido básicamente de pensionistas y funcionarios, por lo que la propuesta no tiene mucho recorrido. La opinión pública española cree en el Estado de bienestar. El neoliberalismo económico que defiende el PP es, como dice Ramón González Férriz, una visión moral, donde los pobres deben ser rectos y los ricos algo menos. Es la vía más corta al socialismo: socialismo y contactos para los que están dentro, liberalismo y meritocracia para los demás.

En el terreno nacional, el PP tiene competencia. Si pretende crecer en votos, no resulta del todo verosímil la versión conservadora que Pablo Casado defiende en el terreno moral (moral en una de sus acepciones más frecuentes: que la doctrina de la Iglesia legisle sobre los cuerpos). Pero sí parece que podríamos tener un tiempo de inflación retórica, donde Carmen Calvo diga que hay que reformar la gramática de la Constitución, Pablo Casado denuncie “la ideología de género” y pasemos las tardes entretenidos.

Cuesta pensar que algunas personas valiosas y liberales del PP concuerden con muchas de esas ideas. Hay que tener un cierto grado de amnesia para olvidar la experiencia reciente de que el capitalismo sin regular es peligroso, por mucho que –como decía hace unos días Martin Wolf, en el Financial Times– una crisis por irresponsabilidad financiera se terminara vendiendo como un problema de disciplina fiscal. Tampoco parece que algunos de los jóvenes del PP crean que se deba retroceder 30 años en la regulación de la interrupción voluntaria del embarazo, retirando una ley que ha permitido la reducción del número de abortos y recuperando otra que simultaneaba la ineficacia y la humillación. También parece haber un factor generacional: una generación más joven ha pasado por delante a la generación anterior, aliándose con miembros de la previa, y quizá algunos de ellos han aceptado ideas que no son las suyas para alcanzar el poder, a lo mejor pensando que son mera retórica.

En unos años hemos visto la descomposición del sistema de partidos. Ahora parecería que estamos ante una especie de regreso parcial, con dos grandes partidos fuertes, y con los partidos nuevos a su lado. Aunque las edades de sus dirigentes son similares –Sánchez es un poco mayor–, ahora los líderes de los partidos tradicionales, escogidos en procesos de primarias, parecen más nuevos que los de los partidos nuevos, que se han convertido en el establishment viejo y jerárquico de sus propias organizaciones.