Orden, seguridad y pertenencia: la vuelta de Errejón | Letras Libres
artículo no publicado

Orden, seguridad y pertenencia: la vuelta de Errejón

Errejón es considerado moderado porque acepta el gradualismo y el parlamentarismo, pero su discurso no es más que una versión del Make Spain Great Again.

Íñigo Errejón está ya en campaña para las elecciones a la comunidad de Madrid, que se celebran el 26 de mayo del año que viene. Su discurso tiene tres ejes, interconectados: orden, seguridad, pertenencia. En una conferencia en Chile, donde fue invitado por el partido de izquierdas Frente amplio, dijo:

Los pueblos no se alimentan de cifras, no se alimentan de datos objetivos, de programas políticos. Para vivir juntas y juntos necesitamos afectos, un sentido de trascendencia. Necesitamos confiar en algo más antiguo, más viejo, más grande [más sagrado, dice más adelante] que nosotros mismos. No le vamos a regalar la patria y la nación a los reaccionarios.

En la charla habló de que las fuerzas de izquierdas deben responder a esas demandas de pertenencia antes de que la derecha fascista se apropie de ellas: “En todo el mundo hay una necesidad de seguridad, de orden, de sentimiento de pertenencia. Las fuerzas progresistas no podemos caer en el cosmopolitismo estúpido. Tenemos que dar una respuesta a la necesidad de orden, de pertenencia, de comunidad.” Tiene razón en que la izquierda debe escuchar esas demandas, y al criticar a una izquierda “aristócrata” que está demasiado alejada de los intereses de la gran mayoría de su electorado potencial. Pero su solución para esto es simplemente el nacionalismo.

El pegamento que considera que une a la sociedad ha de ser una concepción, como dice en un artículo en su web personal, “telúrica” de la voluntad popular. En ese mismo texto hace una curiosa defensa de un nacionalismo incluyente que resulta paradójica: al hablar de la victoria del ultraderechista Bolsonaro en Brasil, dice que “Los españoles no somos un pueblo de siervos asustados: por eso no soñamos con machacar al más débil sino con poner en su sitio al más fuerte, para construir una Patria orgullosa, justa, democrática.” Es un esencialismo ridículo. Nosotros somos más especiales que los otros porque no nos consideramos más especiales que los otros.

Errejón quiere poner de moda la tribu frente al individualismo neoliberal. En su conferencia en Chile, comenta que el neoliberalismo puso de moda el individualismo y una especie de relativismo cínico. En parte tiene razón, pero es demasiado ingenuo en su solución, que tiene que ver con una especie de asociacionismo basado en clubes de montaña y excursionismo, patriotismo, nacionalismo y la creación de “mitos” populares. Errejón es alguien abiertamente iliberal, o antiliberal, que considera que todo individualismo es automáticamente alienación. Su visión del mundo es dicotómica: están las sociedades modernas y tecnificadas, neoliberales, alienantes, atomizadas, que construyen individuos frustrados y depresivos, y luego están sociedades más acogedoras, donde abundan los cuidados, la solidaridad, hay calidez y tejido asociativo. ¿Qué sociedades son esas? Raramente las define, pero cuando el ciclo progresista y el llamado “socialismo del siglo XXI” en Latinoamérica estaban en auge, eran Bolivia, Venezuela, Ecuador. Errejón dice ser autocrítico y en su charla en Chile reconoce muy indirectamente los errores del socialismo del siglo XXI. Pero le resulta demasiado atractivo todavía, quizá porque forma parte inevitablemente del pedigrí izquierdista: “Nosotros nos comprometimos hasta el final y seguimos comprometidos con todas las experiencias que fueron capaces de avanzar en la realización de la justicia social, de la soberanía política y de la integración regional en América Latina. No conocemos otro camino para la conquista de una democracia plena.”

Errejón no es tan ingenuo como para defender a Venezuela a estas alturas. Sin embargo, es incapaz de reconocer que los procesos de “emancipación nacional” en Latinoamérica tenían errores de principio, visibles en todo momento: planteaban una superación de la democracia liberal en nombre del “pueblo” o la “patria”, y sus consecuencias han sido precisamente devastadoras para el “pueblo” y la “patria”.

El líder de Podemos es considerado moderado porque acepta el gradualismo y el parlamentarismo, siempre como estrategia en paralelo a la “revolución” (no es una etiqueta mía: “Qué tiempos más extraños en los que los revolucionarios venimos a poner orden”). Habla de crear un nuevo contrato social, de “instaurar el Estado de derecho” y de “reconstruir nuestros pueblos, tenemos que ser países de nuevo”. Dice no mirar al pasado, critica a la izquierda de los eslóganes y encantada de conocerse, y parece pragmático. Pero su discurso no es más que una versión aparentemente izquierdista del Make Spain Great Again.