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artículo no publicado

Netanyahu contra los judíos

La alianza del gobierno israelí con los regímenes “iliberales” de Europa del Este crea una brecha en el seno del pueblo judío, para el que la lucha contra el antisemitismo y la memoria de la Shoá no son negociables.

Un terremoto está sacudiendo tranquilamente el mundo judío. Cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, decidió apoyar a Donald Trump antes y después de las elecciones presidenciales americanas de 2016, algunos todavía podían darle a Netanyahu el beneficio de la duda. Desde luego, Trump se había rodeado de gente como Steve Bannon, que emanaba hedores antisemitas, desde luego, rechazó condenar a su base electoral simpatizante del Ku Klux Klan, pero nadie estaba seguro aún de la dirección que tomaría su nueva presidencia.

Los acontecimientos de Charlottesville, en agosto de 2017, ya no dejaron lugar a la duda. Los manifestantes neonazis cometieron actos violentos contra los contramanifestantes pacíficos (asesinaron a una persona al embestir contra la multitud con un coche), pero Trump condenó de la misma manera a los opositores moderados y a los manifestantes neonazis.

El mundo entero quedó desconcertado ante esa equiparación, pero Jerusalén no protestó. El observador indulgente (o cínico) habría podido interpretar ese silencio como la aquiescencia forzada del vasallo frente a su señor: de todos los países del mundo, Israel es el que recibe la mayor ayuda militar de Estados Unidos.

Esta interpretación ya no es posible. Está claro que Netanyahu tiene fuertes simpatías por otros dirigentes que, como Trump, demuestran una gran indulgencia frente al antisemitismo y de los que no depende ni militarmente ni económicamente.

Una estatua en Budapest

Tomemos el ejemplo de Hungría. En 2015, el gobierno anunció su intención de levantar una estatua a la memoria de Bálint Hóman, ministro que desempeñó un papel decisivo en la deportación de 600.000 judíos húngaros. Unos meses más tarde, en 2016, se habló de erigir en Budapest una estatua en memoria de uno de los arquitectos de la legislación antijudía durante la Segunda Guerra Mundial, Donáth György. Si todavía quedaba alguna duda, durante su campaña de reelección de 2017, Viktor Orbán utilizó la retórica antisemita contra George Soros, el millonario judío americano de origen húngaro, que apoya las causas “liberales” (en el sentido anglosajón del término).

¿A quién decidió apoyar Netanyahu? No a la comunidad judía húngara, que protestó amargamente, tampoco eligió apoyar al judío “liberal” Soros, que defiende causas humanitarias, sino al propio Orbán. Hasta donde yo sé, la oficina del primer ministro israelí nunca ha protestado oficialmente contra las inclinaciones y afectos antisemitas de Orbán. Al contrario: Netanyahu fue a Hungría en 2017, poco antes de las elecciones, y lo exoneró de todo oprobio. Fue recibido allí de manera glacial por la Federación de comunidades judías, pero calurosamente por Orbán. La amistad continúa, puesto que Orbán fue recibido el 19 de julio también calurosamente por el primer ministro israelí.

La relación con Polonia también tiene es sorprendente. Recordemos que Polonia está gobernada por el partido supremacista Derecho y Justicia (PiS), que tiene una política intransigente con los refugiados, parece querer liquidar la independencia de la justicia a través de una serie de reformas y abandonar cualquier lucha contra la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia.

En febrero de 2018 el presidente Andrzej Duda anunció que firmaría una ley para ilegalizar cualquier acusación contra la nación polaca de haber colaborado con los nazis. Esta propuesta de ley recibió una respuesta débil de Israel, pero en junio de 2018 Benjamín Netanyahu y Mateusz Morawiecki, el primer ministro polaco, firmaron una declaración conjunta exonerando a Polonia de cualquier crimen contra los judíos. La expresión “campo de concentración polaco”, en adelante, era ilegal.

Netanyahu firmó de su propia mano una declaración que ponía en el mismo plano el antisemitismo y el “antipolaquismo”y decía que las horas negras de Polonia solo habían sido obra de tristes individuos, no de la nación. En julio, esa declaración fue condenada por el Instituto de investigación sobre el Holocausto de Yad Vashem, así como por un grupo de veintiún historiadores miembros de la Academia de las ciencias. Pero el resultado, desconcertante, fue que Netanyahu, jefe del gobierno del Estado de Israel, otorgaba legitimidad, incluso respetabilidad, a una postura que podría calificarse de negacionista.

Giro decisivo

Se trata de un giro decisivo del sionismo, que deja a Netanyahu a la cabeza de lo que puede parecer el estado final de la lógica política del sionismo revisionista, al que Netanyahu y su partido, el Likud, han representado durante dos décadas.

En tanto que doctrina y práctica política, el sionismo tradicional (socialdemócrata) ha tratado de encontrar un equilibrio entre tres polos: las comunidades judías dispersas por el mundo, los intereses políticos del Estado de Israel y las alianzas políticas internacionales con las democracias fuertes del mundo (las alianzas pasadas con los “Estados canallas” se mantuvieron en su mayoría fuera de la oficialidad). La memoria de la Shoá era un terreno moral que mantenía el conjunto de esta construcción tripartita, en los israelíes, los judíos de la diáspora y las naciones decididas a no repetir la historia.

Sin embargo, por primera vez desde su creación, Israel pone la sensibilidad y los intereses judíos en un segundo plano y llega hasta desacralizar el estatus de la Shoá. ¿Cómo explicar estos desconcertantes hechos?

La relación que Netanyahu mantiene con los dirigentes de naciones iliberales es más que oportunista. Se trata de una afinidad profunda entre todos los regímenes citados. Todos esos dirigentes tienen una visión nativista de la nación, es decir, que los tres se oponen firmemente a la dilución étnica, religiosa o racial de su país.

Israel sirve de modelo a las naciones que se oponen a la inmigración, que afirman la supremacía de un grupo étnico, pero que todavía pretenden identificarse con la democracia (apelación necesaria para seguir disfrutando de los diferentes privilegios que el título de democracia confiere). Ann Coulter, famosa comentarista de la alt-right americana, y Richard Spencer, presidente del National Policy Institute, un think tank supremacista, citan con frecuencia Israel como Estado modelo de la supremacía étnica a la que aspiran para Estados Unidos (en los hechos, Israel está lejos de la pureza étnica, puesto que el 20% de sus habitantes son árabes, cristianos y musulmanes).

Trabajo de depuración ideológica

La derecha israelí, como la derecha estadounidense, húngara y polaca, no solo quiere restringir la ciudadanía a la religión y a la etnicidad, sino también restaurar el orgullo nacional, puesto que esas naciones se empeñan, todas con éxito, en reescribir su historia. Israel, como Polonia, quiere borrar de su pasado el oprobio y acallar a los historiadores críticos. Como en Hungría, el gobierno israelí ha atacado a una ONG como Breaking the silence, que recoge testimonios de soldados testigos de crímenes de guerra.

En Israel, en Polonia o en Hungría, el trabajo de depuración ideológica va acompañado de la prohibición de organizaciones no gubernamentales que defienden los derechos humanos. Como Hungría y Polonia, Israel se ha negado a dar asilo a los refugiados (de Sudán y Eritrea). Desde hace más de una década, Israel no respeta la convención internacional en cuanto al derecho de los refugiados, a pesar de ser firmante de dicha convención, y practica desde hace una década el encarcelamiento y la expulsión de los refugiados.

A Orbán, Trump y Netanyahu parecen gustarles las barreras y los muros, a ser posible altos y largos. Como Polonia, Israel está tratando de acabar con la independencia del poder judicial y de silenciar de manera indirecta las críticas y el boicot dejándolas fuera de la ley.

De manera más general, la política en esos países tiene las mismas características: miedo a los “enemigos” que están en las fronteras (hay que precisar en cambio que el miedo de los israelíes tiene más fundamento que el de húngaros y polacos); vuelta a un pasado glorioso y al orgullo nacional, no contaminados por hechos históricos incómodos; tratar como traidores a las organizaciones e individuos que defienden los derechos humanos.

Debilitar la Europa liberal

No hay ninguna duda de que Netanyahu tiene una visión que podría calificarse de schmittiana: crear un bloque político que luche contra el orden internacional liberal, tener las manos libres para anexionar los territorios ocupados, reafirmar la identidad nacional y religiosa de los israelíes, y señalar enemigos en lugar de usar la diplomacia. Tener aliados en el seno de la Comisión y del Consejo europeo le permitiría bloquear votos no deseados, debilitar las estrategias internacionales de los palestinos y crear un nuevo bloque político que imponga un nuevo orden internacional. En ese sentido, Netanyahu, como Putin, aspira a debilitar la Europa liberal y sus valores.

Se trata de una verdadera revolución que marca el paso de una concepción del Estado como representante del pueblo a la de un Estado definido a partir de ahora como una máquina que aspira a agrandar su poder militar, territorial y económico. Al contrario del sionismo tradicional, el Estado de Israel de Netanyahu ya no pretende pertenecer a la modernidad política y moral, solo a la modernidad económica y tecnológica. Del mismo modo, ya no trata de encontrar un compromiso entre los diferentes movimientos del pueblo judío, como aconsejaba el sionismo tradicional.

Cambiar las reglas del juego democrático

Es especialmente interesante que a la vez que Netanyahu y su gobierno eligen este tipo de aliados están radicalizando el judaísmo de su país con la muy controvertida ley de la “nacionalidad”, que da a los judíos de Israel una supremacía étnica. La paradoja solo es aparente, porque se trata de encontrar aliados para endurecer la definición étnica y religiosa del Estado y conquistar territorios. Netanyahu y sus acólitos tienen una estrategia clara: cambiar las reglas del juego democrático manteniendo el nombre.

Pero lo que impresiona más de todo es el hecho de que para promover su nueva política iliberal Netanyahu está dispuesto a crear una brecha sin precedentes en el seno mismo del pueblo judío, para quien los derechos humanos, la lucha contra el antisemitismo y la memoria de la Shoá son innegociables. La población judía americana –que es la residencia demográfica más importante del pueblo judío después de Israel– está profundamente sorprendida por el apoyo de Netanyahu a Trump y por las diversas decisiones políticas que burlan los derechos humanos y las versiones humanistas del judaísmo.

Este estado de cosas es inquietante, pero va a tener dos resultados positivos: el primero será que va a hacer a los judíos de la diáspora más independientes de Israel en su juicio. El segundo será devolverle a la Unión Europea una vocación: la de oponerse a cualquier forma de racismo y antisemitismo, y sobre todo la de defender los valores liberales de Europa por los que nosotros, judíos y no judíos, sionistas y antisionistas, tanto hemos luchado. En ese combate, por desgracia, Israel ya no está a nuestro lado.