Neoliberalismo, derechos humanos y el Tercer Mundo | Letras Libres
artículo no publicado

Neoliberalismo, derechos humanos y el Tercer Mundo

El neoliberalismo en los 90 se estructuró en torno a tres cuestiones: el Consenso de Washington, la doctrina de las "necesidades básicas" (reducción de la pobreza absoluta global) y la protección de los derechos humanos.

Hay un dicho chino sobre dos personas que comparten la misma cama pero tienen diferentes sueños. Not enough, el libro de Samuel Moyn, trata de esa incómoda alianza entre las libertades políticas (los derechos humanos) y el bienestar económico. No facilita las cosas que esto último tiene dos apariencias: la necesidad de “suficiencia” (no permitir que alguien caiga por debajo del umbral de determinada pobreza) y la igualdad económica.

El libro de Moyn comienza con la Revolución francesa y el corto mandato de los jacobinos, que introdujeron, al menos en el plano de las ideas, no solo igualdad política sino también económica. No sorprende que treinta años después, en su maravilloso Memorias de ultratumba, Chateaubriand dijera que la única verdadera religión francesa es la de la “nivelación económica”. El relato de Moyn recorre entonces –no en un orden cronológico estricto– episodios previsibles de Bismarck, la Revolución rusa, Beveridge y Roosevelt, y el conflicto entre derechos políticos y la habilidad para ejercer esos derechos realmente (la “suficiencia” económica). Estas no son las mejores partes del libro. Es una pena que estén al principio porque muchos lectores (me temo) pueden sentir rechazo, a veces, por su prosa anquilosada, sus frases demasiado complejas, y las “interacciones” inteligentes entre los Estados de bienestar bismarckiano y hitleriano, la protección social sueca y estadounidense solo para los hombres, etc. Es un terreno trillado sobre el Estado de bienestar en un solo país y no es, he de admitir, especialmente nuevo o emocionante.

El libro toma impulso (¡y cómo!) cuando entra en el debate que hay entre los derechos humanos y la “suficiencia” económica a nivel global: una discusión que ni siquiera existía antes de los años sesenta. A leerlo me preguntaba por qué la prosa de pronto cobraba vida: el escritor es el mismo. La razón es que aquí Moyn sigue un enfoque cronológico: empieza con Gunnar Myrdal, luego pasa al Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) de los no alineados, Raúl Prébisch y los estructuralistas, y luego al enfoque de las “necesidades básicas” (de Mahbub ul Haq y Amartya Sen), la justicia global (Charles Beitz y Henry Shue), y termina con el neoliberalismo y los derechos humanos.

El enfoque cronológico le da al libro la energía y emoción que les faltan a los tres primeros capítulos, porque el enfoque cronológico nos permite ver cómo B va detrás de A, no necesariamente en oposición exacta a A, pero a menudo tomando algunos elementos de A y sustituyendo otros. También demuestra cómo se planteó el debate a partir de los desarrollos políticos de la época: el enfoque del NOEI como consecuencia del surgimiento del Tercer Mundo y los no alineados, el de las necesidades básicas por la crisis de la deuda y el rechazo del Estado de bienestar en Occidente, la justicia global distributiva como consecuencia de la globalización.

El libro nos muestra, de manera brillante, la trayectoria poco probable por la cual el interés por la reducción de la pobreza global se combinó con la protección de los derechos humanos, también globalmente, y cómo estos, después de invocarse para proporcionar una justificación para el momento unipolar, colapsaron junto al consenso de Washington.

El contraste más interesante, en mi opinión, es entre el NOEI y la doctrina de las necesidades básicas (ver la tabla). El NOEI era esencialmente un esfuerzo estatal construido por los países del Tercer Mundo, muchos de ellos gobernados despóticamente, para cambiar las reglas de juego de la globalización, permitir un acceso más fácil a la tecnología, reducir los aranceles a sus exportaciones, y aumentar la ayuda al desarrollo. Pero se basó en la idea de la independencia nacional, y por lo tanto en la idea, consagrada por la ONU pero a veces abusada, de la no interferencia en las cuestiones domésticas.

El Tercer Mundo quería que Occidente (el Segundo Mundo no jugó apenas ningún papel en esto) le proporcionara ventajas comerciales y más dinero, para frenar la divergencia de ingresos medios entre países, pero no le permitía hacer preguntas sobre cómo se gastaba ese dinero o si los pobres de los países receptores realmente se beneficiaban de él. La principal unidad del discurso era el Estado. El mundo era simplemente una agregación de Estados nación.

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El enfoque de las necesidades básicas, por otra parte, nacido cuando empezó a fallar el NIEO por el doble “ataque” del aumento del precio del petróleo y la crisis de deuda precipitada por el aumento de los tipos de interés de Paul Volcker [director de la Reserva Federal estadounidense durante los ochenta], tomó un camino diferente. El interés clave ya no era el Estado sino el individuo. (Moyn hace un excelente trabajo demostrando que la obra de Charles Beitz “Political theory and international relations”, que tardó muchos años en publicarse, provocó un cambio sutil pero significativo en esta dirección). El interés clave, por lo tanto, ya no era frenar la divergencia de ingresos medios entre los países, sino ayudar a los individuos que son pobres a ser menos pobres. Pero ayudar a los pobres estén donde estén quizá significaba también ignorar la regla de la no intervención en cuestiones domésticas y tener, por así decirlo, una relación directa con la población en países pobres. Por decirlo de manera brusca, esto significaba que el Banco Mundial en Washington tendría, teóricamente, una relación directa con la población pobre en Tanzania sin la intermediación del Estado nación tanzano (y criticaría, por supuesto, al Estado tanzano si no reducía la pobreza de manera suficiente o si era corrupto). El Estado ya no tenía voluntad propia.

Ahora bien, ese enfoque que circunvala el Estado nación tiene mucho sentido también cuando lo aplicamos a la protección de los derechos humanos. Los derechos humanos fundamentales (es decir, el derecho a la libertad de expresión, a la participación política, a la no discriminación, a un juicio justo, etc.) deben ser vigilados globalmente, y debería existir una relación directa entre los que vigilan (pero ¿quienes son?) y los individuos en riesgo. Es en este punto donde, ideológicamente, la doctrina de las necesidades básicas (y la de la eliminación de la pobreza absoluta) se asocia con las ONGs del norte preocupadas, verdaderamente o en apariencia, por los derechos humanos en los ahora llamados “países emergentes”.

Moyn señala con acierto el papel que desempeñaron las revoluciones en el Este de Europa, que fueron, en comparación con otras revoluciones históricas, las únicas que no plantearon o exigieron demandas económicas (incluso, paradójicamente, a priori las descartaron). Solo subrayaron las demandas de libertad política. Qué mejor ejemplo que Solidarnosc, que empezó como un sindicato en defensa del comercio libre pero acabó no diciendo nada cuando el astillero de Gdansk, su lugar de nacimiento, fue desmantelado porque el nuevo régimen lo consideró económicamente inviable.

El punto culminante del neoliberalismo de los 90, por lo tanto, estaba formado por una trinidad ideológicamente coherente del Consenso de Washington, la doctrina de las necesidades básicas (reducción de la pobreza absoluta global) y la protección de los derechos humanos. El papel del Estado nación, especialmente de los Estados nación débiles, se volvió nulo: los países recibían las prescripciones políticas directamente desde las organizaciones internacionales basadas en Washington, sobre déficits presupuestarios o sobre la mejor manera de organizar la asistencia social, y luego desde las ONGs de derechos humanos, también en Washington y a menudo afiliadas al Departamento de Estado de EEUU.

Era un mundo ideal para algunos, y menos ideal para otros. Pero ese mundo se derrumbó como consecuencia de la extralimitación de la invasión de Iraq, y luego por la crisis financiera global y la pérdida de confianza en los “países centrales” que la causaron. El hecho de que las reducciones de pobreza más importantes se consiguieron no siguiendo las reglas de Washington redujo su atractivo intelectual.

Este es un tema que me gustaría discutir en mi próximo artículo, que quizá escriba, como en este caso, en Washington D.C.

Publicado originalmente en el blog del autor: glineq.blogspot.com

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.