Nadie convence a nadie de nada | Letras Libres
artículo no publicado

Nadie convence a nadie de nada

Nadie convence a nadie de nada, pero pensar que tu interlocutor puede cambiar de idea es una forma de respeto. 

1) En el grupo de WhatsApp de mi familia los temas de conversación son relativamente previsibles, pero hay algo que se repite con mucha frecuencia: cada vez que surge una consulta de un asunto de salud, la primera respuesta nunca es de los dos médicos que hay en el grupo. Los miembros de mi familia hemos oído suficientes conversaciones de sobremesa y hemos visto suficientes capítulos de House como para producir una explicación aparentemente verosímil (al menos para quien la da).

2) El otro día, vi a una pareja de ancianos que caminaban por la calle delante de mí. Al acercarme, escuché su conversación.

No pienso saludarlo, decía él. Y, además, ya está bien. Siempre tenemos discusiones absurdas, dijo. Quizá para suavizar añadió: cariño. No es verdad, dijo ella, no son absurdas. Sí, respondió él. No, dijo ella. Sí, dijo él. No es cierto, respondió ella. ¿No te das cuenta?, casi tan triunfalmente como ella cuando respondió: El que no se da cuenta eres tú.

Al principio la pareja me produjo una sensación de ternura. Luego, al oírles, me entró cierto agobio. Podían llevar discutiendo cincuenta años, posiblemente por la misma cosa (casi siempre se acaba discutiendo de lo mismo).

3) La diferencia más importante -incluso más que el acierto- en las explicaciones del grupo de WhatsApp de mi familia es de cautela. Los médicos dudan más y descartan otras posibilidades antes de decir nada. Creo que esto tiene un paralelo: la disponibilidad de información ha hecho nuestra vida mejor y más interesante, y nos ha hecho ser más productivos. Tiene también sus riesgos: uno es lo que podríamos denominar la distancia entre la información y el conocimiento. Es más fácil que nunca saber cosas. Pero no se ha vuelto más fácil saber lo que se ignora, que es la medida del conocimiento. En ocasiones, la accesibilidad puede contribuir a distorsionar la perspectiva, si solo buscamos fuentes que confirmen lo que creemos.

Una respuesta común de los que promocionan o defienden las pseudociencias es decir que “hay que abrir la mente”. Lo que más me sorprende no es la extensión del pensamiento mágico, la fuerza de la ilusión de control o la equiparación de chamanes y estafadores con los investigadores que desafiaron la ortodoxia religiosa, sino la acusación de arrogancia a sus críticos. Es común que alguien sin la menor formación científica, con media hora de internet, decida que su opinión vale más que un sistema impersonal diseñado para minimizar los errores de juicio.

4) Quizá no sea el único que he quedado deslumbrado por la lucidez de un articulista cuyas opiniones coinciden con las mías. Esa sensación suele ser un indicio de la oportunidad de una crítica marxista: no hay que entrar en un club en el que te admiten. Precisamente son los textos que afirman tus convicciones los que debes mirar con más atención. Autores como Steven Pinker o Jonathan Haidt han explicado que muchas de nuestras opiniones morales no son el producto de un proceso racional: la racionalización se produce después, cuando intentamos justificar nuestra opinión instintiva. En nuestras opiniones y en nuestro comportamiento, somos nuestro propio spin doctor.

5) Al escuchar la conversación de la pareja, pensé que, en medio siglo, ninguno de los dos había sido capaz de hacer que el otro cambiara de opinión. Decidí que ambos se habían equivocado: nadie convence a nadie de nada. La frase me gustó tanto que me di cuenta de que no podía ser mía, y de que, como todas las buenas frases, tampoco podía ser del todo cierta. En realidad, lo más interesante era que todavía creyeran que el otro podía cambiar de opinión. Pensar que tu interlocutor puede cambiar de idea es una forma de respeto.

6) A veces, ese cambio de opinión se podría relacionar con el sistema 2, más lento y trabajoso, del que habla Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio. En cierto modo, también lo vio Baltasar Gracián: “No hay mayor señorío que el de sí mismo”.

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