In Memóriam: Alfredo Pérez Rubalcaba (1951-2019) | Letras Libres
artículo no publicado

In Memóriam: Alfredo Pérez Rubalcaba (1951-2019)

El líder socialista, que falleció el 10 de mayo, lo fue casi todo en la política española, y entre sus grandes logros está su papel en el fin de la violencia terrorista de ETA.

Hacia las ocho de la tarde del viernes 10 de mayo llegaba el féretro de Alfredo Pérez Rubalcaba al Palacio de Congresos. Su muerte había sido un golpe duro y rápido. Solo en cuatro ocasiones había acogido el Congreso de los Diputados una capilla ardiente. Las anteriores fueron las de dos expresidentes de gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo y Adolfo Suárez; un padre de la Constitución, Gabriel Cisneros, y un expresidente de la cámara baja, Manuel Marín.

El féretro de Rubalcaba entró a hombros de policías y guardias civiles por la Puerta de los Leones, la que se abre en contadas ocasiones, para ser colocado en el Salón de los Pasos Perdidos. A un lado, la familia y los amigos; al otro las más altas autoridades del Estado, ex secretarios generales del PSOE, algunos presidentes autonómicos, líderes de los partidos políticos… De pie, apretados, muchos más. Caras de dolor y desolación. A las nueve menos cuarto llegaron los reyes. Se había decretado luto oficial. Los partidos políticos, todos excepto Vox, suspendieron los actos de la campaña electoral, recién iniciada. Una larga cola de gente rodeaba el Congreso, a la espera de poder entrar. Hubo que mantener las puertas abiertas dos horas más de lo previsto. A la mañana siguiente, eran miles los que esperaban, socialistas muchos, pero no todos. En el interior volvían a apretarse muchos de los que ya habían estado la tarde anterior, y otros tantos que no habían podido llegar. También acudieron el rey emérito y la reina Sofía.

Alfredo Pérez Rubalcaba, estudiante en el Colegio del Pilar, doctor en ciencias químicas y atleta, lo fue casi todo en la política española, primero en los años de gobierno de Felipe González, con quien fue ministro de educación en 1992, y ministro de la presidencia y relaciones con las Cortes entre 1993 y 1996; después con José Luis Rodríguez Zapatero fue portavoz del grupo parlamentario socialista, del que formó parte de manera continuada desde 1993. En 2006 fue nombrado ministro del Interior. En 2010, sumó a esa cartera la vicepresidencia primera y portavocía del gobierno. Una larga experiencia en circunstancias y con gobiernos muy distintos, aunque le tocó ser la cara de esos gobiernos en los momentos más difíciles: los años “de la crispación”, primero; la resaca de la crisis económica de 2008, después.

Lo fue todo también en el PSOE: militante desde 1974, miembro de la ejecutiva socialista a mediados de los noventa y en 2003, en las primarias para la secretaría general del partido que ganó José Luis Rodríguez Zapatero, se incorporó al comité federal. En mayo de 2011 dimitió de sus cargos para dedicarse por entero a preparar su candidatura a unas elecciones que el PSOE perdió. Un año más tarde, ganó las primarias en el partido y se convirtió en secretario general, otra vez en momentos muy bajos para el PSOE. En mayo de 2014, los malos resultados obtenidos en las elecciones europeas le llevaron a abandonar su cargo de secretario general y un mes más tarde el de diputado. Volvió a la universidad, a su puesto de profesor de química orgánica de la Universidad Complutense de Madrid, donde había dado su última clase el mismo día que fue hospitalizado.

La mañana siguiente a su fallecimiento, la prensa de manera unánime lamentaba la pérdida de un “hombre de Estado”, y la inmensa mayoría de los políticos que escribían en sus páginas lo corroboraban, cada cual desde sus recuerdos. Así lo reconocían también los ciudadanos que querían despedirse de un político como había pocos, decían cuando les preguntaban los periodistas. ¿Qué sabían de Rubalcaba quienes hacían cola? Desde luego que después de casi treinta años, había decidido volver a la universidad y que seguía viviendo en su misma casa, lo que venía a rematar su imagen de político austero, honrado y dedicado al servicio público. Los más enterados tenían grabadas muchas escenas de desconsuelo tras algún atentado de ETA, y sabían que las víctimas habían sido siempre su preocupación, en una lucha contra el terrorismo que fue una de sus obsesiones.

Pocos sabrían que fue el interlocutor con el PP desde la oposición, y uno de los negociadores del Pacto por las libertades y contra el terrorismo, que el PSOE promovió y firmó con el PP en el año 2000; quizás sí que una de sus mayores satisfacciones fue comunicar, como ministro del Interior, en 2011, el final de la violencia. Algunos recordaban también su pasión por la educación en tiempos pretéritos, que conservó toda la vida, aunque no todos sabrían de su intervención negociadora para conseguir los mayores apoyos parlamentarios para la nueva ley educativa socialista en 2006. Como tampoco de lo que hizo para encajar la propuesta catalana de nuevo Estatuto ese mismo año. O, en fin, lo que hemos sabido ahora: su protagonismo en la abdicación del rey Juan Carlos en 2014.

La vida política de Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido larga y nada fácil. Fue blanco de invectivas y descalificaciones, las más duras quizás cuando en vísperas de las elecciones de 2004 salió a decir aquello de “los españoles merecen un gobierno que no les mienta”. Después de aquello tuvo que soportar, semana tras semana, las preguntas insidiosas en las sesiones de control: “¿Qué haría usted sin mí los miércoles?”, le espetó en una de ellas a un diputado del PP. Fue un parlamentario único, temido por unos, admirado por otros. El grupo parlamentario socialista se levantó unánime y espontáneo a aplaudirle en muchas ocasiones. Jesús Posada, entonces presidente del Congreso, le despidió como una de las grandes figuras del parlamentarismo español mientras Rubalcaba, emocionado, pedía desde su escaño a sus compañeros que se sentaran. Siempre consideró el hemiciclo el espacio político por excelencia.

Alfredo Pérez Rubalcaba conocía bien los entresijos de la política, los manejaba y buscaba salidas negociando, sin perder de vista los objetivos mayores por mucho que le acompañara la polémica. Conocía mejor todavía su partido y sus pugnas internas, en las que bregó, ganó y perdió, pero al que fue, por encima de cualquier desacuerdo, leal hasta el final. España y el PSOE fueron las dos banderas que cubrieron su féretro en el Salón de los Pasos Perdidos.

Yo habría estado entre quienes hicieron cola en la calle, si no hubiera tenido el privilegio de formar parte del grupo parlamentario socialista que dirigía Alfredo, y de formar parte después de un gobierno, en cuyos consejos de ministros me senté tantos viernes a su lado. Tendría que añadir muchas páginas más para explicar lo que viví entonces, y probablemente este recuerdo sería muy distinto. Pero su muerte está demasiado cerca y, no sé por qué, intuyo que él hubiera preferido que escribiera esto.