Memoria de Euskadi | Letras Libres
artículo no publicado

Memoria de Euskadi

Un repaso desde la memoria sentimental a los últimos veinte años en el País Vasco.

El lazo

Fue a principios de la década de los 90 en los alrededores de la catedral donostiarra de El Buen Pastor. Llueve un poco con ese txirimiri nuestro tan habitual, o eso me dice mi memoria. Unas cuantas personas, quizá un par de decenas, no más, paramos aquella tarde adornados con un pequeño lazo azul en la solapa, apenas un trozo de tela brillante que denuncia, en silencio, otra muerte: otro asesinato. No recuerdo si estoy allí acompañado, pero escucho los gritos de los otros llamándonos fascistas. Mientras intento entender por qué nos señalan con el dedo, agazapado detrás de los adultos, me parece ver a Garikoitz justo en frente, gritándome enloquecido: “¡Zuek, fascistak, zarete terroristak!”.

No estoy seguro de que sea él, y tampoco si me ve o me reconoce, pero siento un miedo real y repentino. Gari es mi compañero de equipo, alguien cercano con quien comparto cancha, risas y entrenos. El habitual temor abstracto a decir algo inconveniente se convierte de pronto en algo palpable y cercano: mañana tenemos entrenamiento. Aprendo algo valioso ese día: uno puede temblar frente a un amigo. Y comprendo también el enorme valor del silencio de quienes están allí de pie todas las semanas, protegidos por la magia simbólica de un sencillo lazo de seda azul. El silencio, a veces, es también una manera de luchar.

Camino hacia el autobús. Cuando nadie me ve, me quito rápidamente el lazo de la solapa.


El silencio

“Habla bajo que las paredes oyen”. Quien me dice esto es mi ama y ya no vivimos en Euskadi. Es Navidad y estamos de vuelta en nuestra casa de Donosti. Su tono de voz, deliberadamente bajo, contrasta con esa indignación creciente que siento desde que vivimos en Madrid. ¿Tan peligroso es dolerse por una muerte trágica e injusta? ¿Quiénes son esos vecinos anónimos que tanto nos asustan? Me siento triste, indignado, herido de pronto en un lugar interno e íntimo. Asiento comprensivamente y hablo bajo porque mi madre tiene razón, pero me asalta una vergüenza repentina. Lo que digo en Madrid no puede decirse aquí, en mi casa, en este lugar que debería ser nuestro refugio.

Empiezo a percatarme de algo que hace tiempo ronda mi cabeza: no quiero vivir en un lugar donde callar es una forma de protegerse.


¡Cómo moláis los vascos!

“¡Qué ciudad más increíble, Rubén!”. Mis amigos de la universidad visitan Donosti. Formamos parte de una asociación de izquierdas donde nos reunimos a discutir sobre muchas cosas con escaso criterio, acompañados siempre de cerveza y el humo del hachís. No he querido ir con ellos precisamente porque son mis amigos, porque quiero que lo sigan siendo. En Donosti, se emborrachan en las Herriko Tabernas y, a su vuelta, me cuentan que ha sido un viaje estupendo. “Les dijimos que estábamos de acuerdo en todo, menos en la violencia. ¡Cómo moláis los vascos, Rubén! ¡Qué pena que no hayas venido!”.

No entiendo lo que me dicen, ese “los vascos” que me envuelve en una identidad cerrada y obtusa que tanto me esfuerzo en enterrar. Les escucho y oculto mi dolor con un gesto de escepticismo para evitar discutir más de la cuenta. En el local se habla mucho de fascismo, y me aterra que mis amigos no lo reconozcan al tenerlo de frente. O que no les importe. Se han emborrachado con quienes jalean el asesinato y el acoso a gente buena y corajuda; han dejado monedas y billetes consumiendo en las barras de las huchas negras, allí donde se recauda dinero para una causa mafiosa, injusta y asesina. Aprendo para siempre que la identidad es un elixir poderoso, capaz de desviar la brújula moral de gente buena a la que quiero y que me quiere.

Lo decido entonces: no tendré banderas ni ideologías.


Los libros

Hay un hombre enfrente de la librería. Es discreto y se mueve lentamente de lado a lado, recorriendo 10 metros a izquierda y derecha de la calle. Aunque no siempre lo parece, observa todo lo que ocurre por allí: quién entra o sale, cómo nos movemos entre los libros o frente al escaparate. A veces, cuando entro a curiosear y saludar a María Teresa, Rosa e Ignacio, está dentro fingiendo que busca algo en la mesa de las novedades, tranquilo y serio, discreto, siempre visible. Es la sombra protectora de los mejores libreros de la ciudad.

La gente olvida que no fue en Sarajevo sino aquí, en la bella Donosti, donde se quemaron libros por última vez en Europa.

Los cachorros

Oímos gritos y nos volvemos rápidamente para ver lo que ocurre. Se oye gente correr, y aparece un chaval a toda pastilla que resbala al coger la curva de la calle Fermín Calvetón. Al caer al suelo, el grupo le alcanza y le patean y patean y patean mientras los mirones se arremolinan alrededor. No recuerdo que nadie diga nada: lo viejo es su territorio y nadie osa protestar frente a los cachorros de la kale borroka. Si quieren patear, patean. Me retiro despacio, asqueado por lo que veo. Es la última vez en muchos años que salgo de noche por la parte vieja de la ciudad.

Pero la vileza se contagia con facilidad. No aviso a la policía. Ni siquiera recuerdo haberlo pensado.

La jauría

Hace poco que han matado a Miguel Ángel Blanco y algo ha cambiado en la ciudad. Es de madrugada y un grupo de jóvenes vestidos con polo, vaqueros y náuticos corea frente al local de comidas: “¡Asesinos! ¡Asesinos”. El local se llama La Napolitana y está casi al pie de la cuesta de Aldapeta. Cae alguna piedra y la cosa está a punto de desmadrarse, pero al final los pijos se van por donde han venido. El hijo del dueño llora de impotencia mientras las palabras salen a borbotones de su boca: “¿Pero por qué, joder? ¿Cómo asesinos? ¡Que hace años que no votamos, joder, precisamente por la violencia!”. Entramos y compramos un poco más de comida y bebida que de costumbre.

Qué fácil es convertirse en jauría, olvidar que también hay razones, vidas y personas en lo que creemos que es el otro lado.

El voto

ETA se ha disuelto, o casi, y llegan las primeras elecciones sin terrorismo, sin escoltas, sin violencia, sin muertos. En San Sebastián, ciudad gourmet de aspiraciones parisinas, burguesa y prohibitiva, los ciudadanos premian a Bildu y le otorgan la alcaldía. Leo en el periódico las comprensivas declaraciones de algunos de mis antiguos vecinos: “Habrá que ser generosos y votarles, para que no tengan la tentación de volver”. Como si fueran adolescentes díscolos, pobrecitos.

Pero recuerdo que nunca ocurrió al revés: en Euskadi, hubo un lado que jamás recibió los votos, la comprensión, el cariño de la tribu.