Max el politólogo III. Getafe: dar cera, pulir cera | Letras Libres
artículo no publicado
Daniel Gascón

Max el politólogo III. Getafe: dar cera, pulir cera

Max el politólogo empieza en la Carlos III, hace amigos y tiene que buscar alguien a quien alquilarle una habitación en el piso que su padre le deja. Mientras, ensaya la correcta pronunciación de 'paper'.

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Septiembre de 2016. Habían pasado tres semanas desde el inicio de curso. A su pesar, Max se había convertido en un estudiante de la Carlos III. El dilema que le planteó su padre para estudiar ciencias políticas no le dejó otro camino: "Estudias en Getafe o te vas a currar a la peluquería del pueblo con tu tío Paco". Revolviéndose, se dejó crecer la perilla a lo Pablo Iglesias para demostrarle a Rogelio que aún era libre y que Somosaguas permanecería siempre en él.

Entre los beneficios de continuar bajo la tutela paterna, Max se favoreció del alquiler de un pequeño piso de dos habitaciones en el casco antiguo de su nueva ciudad. Aunque para mantener dicho privilegio, le advirtió su padre, tendría que alquilar la segunda habitación a algún compañero. A Max le pareció justo, "tampoco es cuestión de ser casta" –explicaba a sus amigos mientras prometía suscribirse a la newsletter de Save the Children para compensar.

Desde que había llegado a aquel nuevo mundo, Max apuntaba sus impresiones en su inseparable libreta, “la que un día soñé como recipiente de anotaciones vivas, hipótesis audaces y contradicciones imposibles” –se lamentaba estirándose el pellejo de la papada– y que ahora llenaba de nombres y palabras grises, aplomadas, que sentía del todo ajenas:

 

Técnicas de Investigación: research question / análisis econométrico (???) / papers / regresiones / coeficiente de Pearson / correlación / imputación / codificación / mecanismos (???)

 

Pedir ayuda a la prima Tere que hizo extraescolar de robótica.

 

 

Política Comparada: unidad de análisis micro (machines???) / instituciones (por ejemplo los Círculos) / Chevorsqui (autor importante) / votante mediano ("sin el votante mediano no hay democracia") / incontinencia inconsistencia temporal / papers

 

Ensayar la pronunciación de papers por si me llaman para un directo de Ana Rosa.

 

Qué pasaría si un coche atropella al votante mediano???

 

 

Comportamiento Político: profesora maja / sensible a nuestras inquietudes / research question / experimentos naturales (???) / free rider / endogeneidad (???) / contrafáctico / STATA / robustness checks.

 

Segadores de pensamiento mágico.

 

...

 

Estadística:

 

No pertenezco.

 

Odio a mi padre.

 

 

Los profesores dan escalofríos. Nos dan clase con una sonrisa pero en el fondo se nota que desean nuestra extinción.

 

¿Serán todos hijos únicos?

 

 

En clase no hay debates ni se habla de política!!! Cualquier atisbo de dialéctica es cortado de raíz.

 

Qué falta de compromiso. Esto parece ADE en Burgos.

 

...

 

Democracia Real Ya!

 

 

Esta mañana le he dicho a la profe de Comportamiento Electoral si podía hacer un trabajo cualitativo. Por la tarde me escribió un tutor del vicedecanato encargado de contener la tasa de abandono.

 

 

He visto desde la ventana de la cafetería una asamblea del Círculo Morados-UC3M. Los debates parecían muy animados. Eran cuatro. Tienen un gato.

 

Tengo que ponerme las pilas con la búsqueda de compañero de piso.

 

 

He hecho dos buenos amigos: Neus y Fernando.

 

 

-¿Nos tomamos algo? Yo necesito alcohol –dijo Neus levantando los brazos en gesto de rendición.

-¡Sí, por favor! –respondió Fernando–. Después de seis horas de métodos y econometría me puedes pegar con un látigo en la cara y no sentiría nada. ¿Te vienes, Max?

-Vale, pero solo una. Tengo un par de entrevistas para lo del piso. Ahora viene mi hermana para echarme una mano.

 

Neus era de Barcelona, de l'Hospitalet de Llobregat. Decía de sí misma que tenía prisa en la vida, que no estaba para perder el tiempo. Quería acabar la carrera y ponerse a trabajar de inmediato. Detestaba el moralismo de la izquierda y el cinismo de la derecha. Respecto al conflicto catalán tenía una posición bien clara: “Me comen todos el coño”. Fernando era andaluz, malagueño. Se definía como un mercenario intelectual ya que tenía la teoría de que todo en la vida sucede en gran medida por azar. "La caída del Imperio Romano, la unificación de los reinos de Fernando e Isabel, la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa, Albert Rivera en general", la lista era larga. Su fetiche era la Transición. Había leído todo lo escrito sobre el tema. Un periodo que también caracterizaba como azaroso y que según explicaba "se resolvió a favor de un sistema democrático por un ataque de diarrea del Rey Juan Carlos, un gatillazo desmoralizador de Suárez y dos whiskies de más de Carrillo". Esta teoría –se justificaba Fernando– le impidió matricularse en Somosaguas.

-Dos cervezas y un Nestea –dijo el camarero y empezó a repartir las bebidas en la mesa.

-El Nestea no es para mí ni para mis ovarios poliquísticos –dijo Neus sin énfasis en la voz.

El camarero se disculpó.

-Trae –dijo Max y levantando su vaso invitó a brindar a sus amigos, luego añadió–: Tres semanas de clases, colegas. ¿Cómo lo veis?

-Yo estoy muy contento –dijo Fernando–, lo veo todo muy útil.

-¿Útil? No me jodas –contestó Max–. Yo me siento más perdido que Rajoy en el Eurogrupo.

-A mí me pasa lo mismo –dijo Neus y le dió un buen trago a su cerveza–. Esto es más desconcertante que las listas plancha en Vistalegre –añadió.

-Pues para mí es la leche. Las cosas que estamos aprendiendo aquí pueden tener aplicaciones en la vida real.

Max y Neus se miraron. Ella lo desafió:

-Danos un ejemplo.

-Mirad –arrancó Fernando incorporándose en la silla–, el otro día acompañé a mi abuela Daniela a la pescadería del mercado. La que vive en Carabanchel. Estábamos esperando el turno junto a cuatro o cinco vecinos. Ahí es como en los pueblos, se conocen todos. Total, entró por la puerta don Joaquín, el dueño de la zapatería del barrio, y en cuanto el pescadero acabó de atender a una señora el tío se lanzó a pedir dos lenguados y medio kilo de boquerones, saltándose la fila y a todo dios. Así, con toda su cara.

-¿Y que tiene que ver todo esto con nuestras mierdas? –preguntó Neus.

-¿Recuerdas la teoría de Grato Váter?

-¿De quién?

-El del umbral revolucionario.

-Granovetter, bestia.

-Si, ese que calcula el número necesario de personas para que se monte una revuelta de masas. Pero escucha –continuó Fernando–, la cuestión es que ante semejante granujada yo miré a mi abuela con cara de “qué morro este tío, ¿no?” y mi abuela me devolvió un gesto de cabreo, como cuando pilla a mi abuelo fumando a escondidas en el portal.

-Venga tío, te recreas más que Enric Juliana –le reprochó Neus.

-Lo bueno vino cuando mi abuela miró a doña María, que también estaba cabreada por aquel jeta. Y cuando doña María miró a Julián y éste a Ramiro… todos compartiendo su enfado en silencio. ¡Hacía falta coordinación para derrocar al dictador! ¿Entendéis? Fue entonces cuando le susurré a mi abuela al oído: Señaliza tu enfado, abuela… ¡Lánzate! ¡La indignación ha superado el umbral revolucionario! ¡Protesta! –y agregó con un tono emocionado– ¡Ciencia Política al servicio de la gente!

-¿Y qué pasó? –le preguntó Max con entusiasmo.

-Mi abuela me dió una colleja. Pero Julián le echó la bronca a don Joaquín y enseguida se le tiraron todos los demás encima. A la puta calle.

-Qué pasada, Granovetter en la pescadería de Carabanchel. ¿Por qué no escribes un post para Piedras de papel? –sugirió Max.

-Eso es más de Agenda Pública –comentó Neus.

-No. Mi abuela me explicó más tarde que en realidad lo echaron a patadas porque todo el barrio le tiene manía desde que descubrieron que el tío trae todos sus zapatos importados de China. Media vida con el cartelito de “Zapatos hechos en España”. Menudo cabrón.

-Oye, a ver si esto es una señal de que hay espacio para un partido de extrema derecha –dijo Neus.

-Qué va –le interrumpió Max–. El otro día escuché a Orriols en la tele decir que “en España no hay condiciones para que emerja un partido de extrema derecha fuerte”. Mostró un gráfico de barras, de esos con rigor.

-Qué crack.

 

Unos minutos más tarde, Max se encontraba con su hermana en la puerta de su nuevo piso en el centro de Getafe. Mientras el sol se escondía, los dos entrevistaban a candidatos para alquilar la segunda habitación. El primer chico al que recibieron se llamaba Bosco. Había llegado en un Mini. Decía estar cursando un “cuádruple-grado” en la Carlos III –“dos dobles grados a la vez porque lo del doble grado a secas ya no renta en el mercado”, les explicó. Su objetivo era dar el salto de la Carlos III a Harvard: “como todo en la vida, es solo una cuestión de esfuerzo”. Tenía un aspecto impecable: camisa planchada, pantalones con pinzas, ademanes refinados. Silvia, examinándolo de arriba a abajo mientras se peinaba con los dedos su mechón verde recién estrenado, le preguntó: “Además de empollar, ¿qué te gusta hacer?”. Ambos hermanos coincidieron que "practicar el bronceado anal" no había sido una respuesta muy halagüeña. "Sí, allí donde nunca llega el sol".

La segunda candidata se llamaba Manuela. Cursaba segundo de sociología y era miembro del Círculo Morados-UC3M. Max se entusiasmó de inmediato. Creyó sentir algo especial al oír cómo Manuela se describía a sí misma: “Soy empática, curiosa, me gusta el cine comprometido y complemento las lecturas de la uni con novelas de Baricco o poemas silenciados del feminismo decimonónico”. Lo de Max era una erección. Al despedirla Silvia tuvo que hacer de hermana mayor: “Entiendo que esta chica te haya dejado loco. Hasta a mí me puso un pelín. Pero piensa que si la metes como compañera de piso te va a ser más difícil enrollarte con ella sin que eso te genere problemas. Además, como se entere papá de que es podemita olvídate del piso”. Max asintió resignado.

Solo les quedaba una entrevista. Golpearon a la puerta:

 

-Deja que ya abro yo –dijo Silvia y recibió al último candidato: Hola, adelante, pasa.

-¡Ahí va la hostia! –gritó Max sorprendido y añadió en un tono más suave– Perdone, lo siento, pero no me esperaba ver a alguien como usted aquí.

-Siento haberte incomodado –respondió Sebastián.

 

Sebastián Pelazzo era un joven profesor de ciencias políticas en la Carlos III. Se había incorporado como una de las promesas de su departamento en 2012, aunque con los años su luz se había extinguido tras un matrimonio fallido, dos hijos y una hipoteca. Había tenido algunos momentos de gloria en los medios de comunicación pero nunca había jugado en la Champions de los politólogos. Ahora, con 40 años, un divorcio en marcha y muchas extraescolares que pagar, se disponía a reducir sus gastos compartiendo piso cerca de su lugar de trabajo. Llegó en patinete.

-¿Os conocéis? –preguntó Silvia

-El señor Pelazzo es profesor en mi universidad –dijo Max.

-¿En serio te apellidas Pelazzo? ¡Si eres más calvo que mi padre! –dijo Silvia soltando una carcajada. Max contuvo la risa llevándose una mano a la boca. Luego dijo:

-Perdone, pero mi hermana es incorregible. Se llama Silvia, por cierto.

-No te preocupes, estoy acostumbrado. ¿Puedo echar un ojo al piso?

El profesor Pelazzo recorrió el piso con mucha calma, examinando ventanas, puertas, armarios, etc. Finalmente preguntó:

-¿Me harías descuento con la tarjeta de la universidad?

Silvia había preparado café. Los tres se sentaron a conversar en un ambiente relajado. Max se sentía cómodo, en confianza:

-Disculpe que le pregunte, profesor, ¿pero cómo es que usted, siendo un politólogo tan famoso, ha acabado aquí?

-La vida es complicada, Max. No es oro todo lo que reluce.

-Bueno, tan famoso no será, si no a mi me sonaría de algo –comentó Silvia.

-Lo cierto es que desde que se difundió por las redes que gané un tupper de pollo al curry en un sorteo de Instagram ando de capa caída –dijo Pelazzo.

-Pero dicen que sus clases son interesantes.

-Bueno, eso lo tengo que cuidar.

-Muy bien, muy bien –interrumpió Silvia–, me parece todo muy bonito, pero aquí es importante tener garantías. ¿Cómo podemos asegurarnos de que va a poder pagar el alquiler a final de mes?

-Silvia, mi único aval es el hecho de que tengo dos hijos, un doctorado en Estados Unidos y una iguana.

-¿Una iguana?

-Sí, mi mujer me obliga a llevármela de nuestro piso. Se la regalé a mi hijo mayor como animal de compañía y ahora mide casi un metro de largo. No saldría de mi habitación –aclaró–. Además de eso, saco unos ingresos extras dando clases particularles de flauta dulce, escribiendo TFGs en el mercado negro, respondiendo encuesta por internet y armando cajas de perfumes desde casa los fines de semana que no me tocan los niños. Tendréis que fiaros de mí.

 

Max y Silvia despidieron al profesor Pelazzo. Luego se sentaron a la mesa e intentaron hacer balance:

-Veamos, tenemos al Borjamari, a la podemita y a loser de Pelazzo –dijo Silvia. Luego añadió–: A los dos primeros les veo problemas y creo que el profe, al margen de la iguana, puede ser un activo para tus intereses.

-¿En qué sentido?

-¿No decías que no te estás enterando de nada en clase? Pues este tío te puede explicar cosas mientras hacéis la compra juntos o preparáis comiditas un domingo. Quizás hasta te pueda ayudar a convertirte en un politólogo estrella.

-Eso es cierto –dijo Max con una una ligera sonrisa.

-Por otro lado, te aseguras de que no vas a hacer fiestas en el piso. Eso es un puntazo para papá.

-Sí. Sería como cuando Ulises se ató las manos al mástil para no sucumbir al canto de las sirenas. Como cuando un gobierno potencialmente oportunista decide darle independencia a su Banco Central en aras de resolver un problema de inconsistencia temporal. Por otro lado, podría hacer de free rider, yendo a todas las fiestas sin organizar ninguna.

-¿En qué idioma hablas, flipado? –le reprochó Silvia.

-¡Madre mía! ¡Estoy aplicando los conceptos que he aprendido en clase a la vida real! ¡Esto es la leche!

Max abrazó a su hermana. Le agradeció su inestimable ayuda. Decidió que Pelazzo sería el elegido. Se miró en el viejo espejo que colgaba en una de las paredes del oscuro salón y sintió que se reencontraba, de una forma diferente, con un nuevo camino por recorrer. Pensó en su padre, pensó en el coeficiente de Pearson, y se adivinó en Getafe como un humilde aprendiz. “Un politólogo Daniel-San” –susurró mirando su reflejo–. Dando cera, puliendo cera.