Los problemas de 'Dos Cataluñas', el documental de Netflix sobre el procés | Letras Libres
artículo no publicado
Carles Puigdemont en Bruselas.

Los problemas de 'Dos Cataluñas', el documental de Netflix sobre el procés

El nuevo documental de Netflix sobre el independentismo catalán es un relato vibrante de los sucesos de otoño de 2017, pero resulta confuso y da demasiada importancia a opiniones poco rigurosas.

Dos Cataluñas, un nuevo documental de Netflix sobre el independentismo y los sucesos de otoño de 2017, tiene varios problemas. El primero y más grave es que sigue la lógica periodística de he said/she said: se dedica exclusivamente a confrontar opiniones opuestas. El documental comienza con la frase “todo el mundo tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”, y casi todo él está compuesto exclusivamente de opiniones. En un tema tan polarizado, contribuye a la confusión. Y en un tema donde han jugado un papel tan importante la mentira, las medias verdades, las manipulaciones y las fake news, es un enfoque irresponsable.

Sucesos como el 6 o 7 de septiembre , el referéndum del 1 de octubre, o incluso realidades como la propaganda de TV3 se resuelven buscando el término medio entre unos y otros: ¿existe discriminación hacia lo español y el castellano? Unos dicen que sí, otros que no, pero no sale por ejemplo ningún artículo de Quim Torra, cuyos artículos contra los catalanes hispanohablantes están llenos de odio y racismo. ¿Existe propaganda en TV3? Es posible, pero cuidado con decir esto porque TVE manipula también. Es un documental sobre el otoño de 2017 que, de paso, intenta explicar o responder sobre cuestiones más profundas del procés, y en esto fracasa. Es vibrante, entretenido, y muestra la campaña del 21-d desde dentro: sigue a los candidatos, e incluso entrevista a Puigdemont y demás políticos independentistas en Bélgica. Esto es quizá lo más interesante: Puigdemont en su oficina de Bruselas dando mítines por Skype, las reuniones del Govern destituido en el extranjero. Pero da la sensación de que el que conoce el procés no aprende nada nuevo, y el que no lo conoce queda más confundido.

Otro problema es que los analistas más rigurosos (Pablo Simón, Argelia Queralt, Jordi Amat, Xavier Vidal-Folch) quedan eclipsados por otros opinadores más frívolos, como John Carlin, Iñaki Gabilondo, Gemma Nierga, Carles Francino, que hacen análisis más superficiales o personales. Carlin, un periodista británico que escribía en El País (generalmente de fútbol) hasta 2017, tiene demasiado protagonismo, y es algo sorprendente. Hace una lectura del procés que cualquier analista serio descartaría (“El sentimiento independentista empezó a crecer considerablemente entre los años 2010, 2011 y 2012. En esa época, José Mourinho entrenaba al Real Madrid. Él enardecía deliberadamente esa rivalidad como un instrumento en su estrategia para superar al Barça de Pep Guardiola”). Sus análisis son de oídas, sentimentales, y a veces, como en el caso de la teoría de Mourinho y el independentismo, directamente inverosímiles. En 2017 fue despedido de El País tras una columna en la que comparaba a España con un hombre maltratador: “el absurdo cruel del Gobierno de Madrid actuando hacia los catalanes como un marido que odia a sus esposa y la maltrata, negándose a contemplar como ella le abandona, gritando ‘¡Es mía!’” En otra columna, en 2016, sugería que la falta de una palabra en español para compromise (según Carlin la traducción en español es “pacto” y no “compromiso”) explicaría por qué los gobiernos anglosajones han gobernado democráticamente mejor que los hispanohablantes. Es sorprendente que alguien con estas ideas pueda considerarse riguroso.

Gabilondo, por su parte, hace una lectura excesivamente benevolente de Puigdemont: “[Puigdemont es un] periodista de Girona, que fue alcalde de la ciudad, que es un buen hombre, que no tiene una gran vocación política a no ser que la haya descubierto ahora, que se siente como un patriota catalán independentista de nacimiento, y que se encuentra situado en un punto en el que la historia le compromete, en una situación que entiende él completamente trascendental a la cual se siente totalmente comprometido.” Es un análisis válido y, al mismo tiempo, sorprendente y decepcionante: parece como si Puigdemont no fuera más que alguien arrastrado por las circunstancias, al que no le queda otra que dar un golpe y partir la sociedad. También le quita de toda responsabilidad, y encaja con la concepción que tiene Puigdemont de sí mismo y de su empresa: el expresident piensa que la independencia de Cataluña es el fin de la historia, la “consecuencia lógica de la evolución de las cosas”, casi como si fuera hegeliano o marxista. 

Otro de los errores del documental es su intento de internacionalizar el procés. Cae en un provincianismo al sobredimensionar la mirada extranjera: el mundo nos mira. Como ha explicado Daniel Gascón en El golpe posmoderno, la mirada extranjera del procés ha sido condescendiente y perezosa, y ha dibujado España como una democracia de baja calidad, atrapada en el posfranquismo. El enfoque internacional tiene sentido porque el documental se emite en todos los países en los que está disponible Netfix. Pero en vez de explicar al mundo lo que ocurrió, imita el enfoque de la prensa internacional, que da una imagen incompleta y superficial, intuitiva y sin apenas datos: la violencia policial (no comprueban o refutan datos sobre los heridos), las manifestaciones, los políticos yendo a la cárcel. 

Los directores Álvaro Longoria y Gerardo Olivares hablan con todos, pero a veces no se sabe por qué: hay entrevistados que tienen 5 segundos y otros que comentan banalidades. Quizá el problema no está tanto en la selección, que es plural, sino en lo que se hace con ella. Al final el criterio que prevalece es el del entretenimiento y el drama, y en esto quienes siempre ganan son los independentistas, que tienen líderes en la cárcel y en el extranjero, y que hablan un lenguaje épico y victimista. Lo que demuestra Dos Cataluñas es que el relato del independentismo sigue siendo ganador.