Lo íntimo y lo político | Letras Libres
artículo no publicado

Lo íntimo y lo político

El amor no es sencillo, y la culpa no es solo del heteropatriarcado.

A veces da la sensación de que la frase que se usó para reivindicar que algunos asuntos de la vida privada eran reivindicaciones políticas legítimas, “lo personal es político”, se ha malinterpretado. Se le ha dado la vuelta y se usa para culpar de la insatisfacción y la incomprensión a cualquiera menos a uno mismo. Tengo dos hijos y estoy embarazada, así que sé qué quiere decir “lo personal es político”: quiere decir que mis decisiones personales se ven influidas o afectadas por algunas decisiones políticas (también por las que no se toman). Sé que lo voy a tener un poco más difícil que mi novio y que mujeres sin hijos para desarrollar una trayectoria profesional. Por dar algunos ejemplos más de cuando lo personal es político, esta semana India ha despenalizado la homosexualidad y hace unos meses la OMS quitó “transgénero” de las enfermedades mentales.

Sin embargo, detecto una cierta tendencia en las quejas en las redes sociales a hacer encajar la complejidad de las relaciones personales en un perverso esquema heteropatriarcal que explicaría por qué el amor es complicado. Se encuentran con amantes (hombres) torpes porque no saben lo que son los cuidados, dicen. Espero que no le pregunten a mi novio sobre mis cualidades amatorias. Es verdad que las mujeres cargan aún con la mayor parte de las tareas relacionadas con los cuidados, ya sea de los hijos o de otros familiares. Pero en general el sexo tiene más que ver con una cuestión de entendimiento corporal. Una amiga que tuve solía decir que el amor (y el sexo) era o muy fácil o imposible. El otro día alguien en Twitter se quejaba no solo de que los chicos con los que había follado deberían pagarle, sino de haber hecho de psicóloga, coach, etc. para muchos, con o sin sexo de por medio. Espero que no se convierta en ley, o me veré obligada a pagar horas de terapia a amigos y amigas que han escuchado pacientemente mis quejas, lamentos e inseguridades.

También se ha generalizado una visión de los hombres como incapaces emocionales. El estereotipo machista del hombre no llora, no sufre, no siente y apenas padece. Pero casi todos sabemos que no es más que eso, un estereotipo, y bastante rancio, por cierto. Hasta el personaje de John Wayne se daba cuenta de eso en El hombre tranquilo. Es cierto que muchos chicos, sobre todo en la adolescencia, sienten que no encajan en ninguno de los patrones más comunes, no encuentran modelos. Pero tampoco las chicas. Y conforme vas creciendo te das cuenta de que no hay un modelo, sino más bien una especie de monstruo que combina diferentes características. No hay un modelo único para casi nadie, afortunadamente. Me gusta mucho Marguerite Duras, en algunas cosas es mi modelo, pero preferiría no compartir su alcoholismo.

Víctor Lapuente citaba en su tribuna en El País un estudio del psicólogo Daniel Gilbert que demuestra que hay “un mecanismo cerebral que nos impide captar la realidad con objetividad”. Lapuente resume el descubrimiento de Gilbert así: “cuando la presencia de un problema (por ejemplo, la discriminación o la pobreza) se reduce, los humanos ampliamos su definición”. Esto podría no ser necesariamente malo: es una manera de no rebajar el nivel de exigencia, de no conformarse, y de seguir avanzando hacia sociedades más justas. Pero también es una manera de no darse cuenta de las mejoras reales de las condiciones de vida. El problema, según este estudio, no desaparece, se amplía su definición para que contenga lo que antes quedaba excluido. Algo de eso hay en esas quejas. También narcisismo, como señalaba Ricardo Dudda, y una idea errónea de en qué consiste el mundo: en que nos den lo que se nos debe. Hasta La princesa prometida, una película amable, enseña que la vida es complicada: “La vida es dolor, alteza. Quien quiera que os diga lo contrario intenta engañaros”, le dice el hombre de negro a Buttercup. En realidad, la mayor parte de la literatura consiste en eso, en la exploración de la complejidad del alma humana, en lo complicadas que son las relaciones y en lo que cuesta llegar no a la felicidad sino al equilibrio. Así que puede que no sea el heteropatriarcado solo. Puede que seamos los seres humanos.