Libertad académica: mi experiencia (trans)formativa | Letras Libres
artículo no publicado

Libertad académica: mi experiencia (trans)formativa

El profesor Pablo de Lora, autor de "Lo sexual es político (y jurídico)", sufrió un boicot en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona que le impidió dar una conferencia sobre transexualidad e identidad de género. Aquí cuenta su experiencia y da su versión de lo ocurrido.

Acto I

Un belga provocador

En abril del año 2013, Philippe Van Parijs un reputado y muy influyente filósofo belga, englobado en la corriente del “marxismo analítico” y conocido por su defensa de la renta básica universal, fue invitado a impartir una conferencia en un foro anual de promoción del avance laboral de las mujeres. La petición se hacía con el expreso deseo de que, como filósofo, sus palabras sirvieran para suscitar debate y no así para reiterar conocidos lugares comunes. Bien que lo suscitó el bueno de Van Parijs: ante una audiencia de mujeres profesionales cuya perplejidad aumentaba por momentos, Van Parijs llamó la atención sobre algunas dimensiones en las que la desigualdad se da pero… a favor de las mujeres.

¿Debían las diferencias en esperanza de vida, tasas en fracaso escolar, poder en el sufragio activo –dada la mayor longevidad son más las votantes– o malos efectos de la dotación hormonal –las perniciosas consecuencias de la testosterona– ser consideradas como injusticias a ser reparadas o aminoradas? Parecen preguntas genuinas, interesantes y necesariamente abordables (de hecho así lo han sido por destacados cultivadores de la filosofía política, también acreditadas mujeres).

Pero las reacciones in situ, según cuenta el propio Van Parijs en su recolección de los hechos, cubrieron un espectro que va desde la afirmación de que aquello había sido el peor catálogo de paparruchas (bullshit) que había escuchado en su vida hasta la consideración de que su discurso había sido un insulto tanto a la filosofía como a la mujeres.

Acto II

Un murciélago en Nueva York

Imagínate colgando boca abajo del techo de una cueva húmeda. Tus compañeros en la misma disposición. Tenéis hambre. Os descolgáis y desplegáis vuestras alas. Está muy oscuro. Ni torta se ve. Pero chilláis, y cómo hay eco evitáis las paredes de la cueva y no os chocáis. Los humanos lo llaman “ecolocalización” y a nosotros “quirópteros”, los únicos mamíferos que somos capaces de volar.

En 1974, Thomas Nagel, uno de los grandes filósofos de la segunda mitad del siglo XX, protagonista de buen número de los debates intelectuales más importantes desde finales de los 60 del pasado siglo, profesor emérito en la Universidad de Nueva York, escribió un trabajo en Philosophical Review en el que defendía la imposibilidad de reducir a procesos puramente físicos, objetivables, las experiencias subjetivas. Máxime cuando nos proponemos hacerlo con seres radicalmente diferentes a nosotros (marcianos o murciélagos): hay una dimensión de su experiencia que, siendo esencial, nos resulta imposible de comprender.

Me puedo imaginar, como indicaba antes, durmiendo colgando de un techo, o chillando desaforadamente mientras vuelo a ciegas, pero todo ese esfuerzo imaginativo tendrá como mejor resultado posible el de atisbar cómo sería para mí –o para usted, amigo lector– comportarme como un murciélago, o hacer las cosas que hace un murciélago, pero no cómo es ser como un murciélago.  

Acto III

Un señoro cis en un workshop de la UPF

En la jerga contemporánea los individuos somos divididos entre aquellos “conformes” con la identidad de género que sigue al sexo asignado al nacer y quienes no lo están. A los primeros se les denomina “cis” y a los segundos “trans”. La comunidad “transgénero” incorpora a su vez muy diversas sensibilidades, compromisos y apuestas diferentes para que esa “disconformidad” se anule o mitigue: hay quienes han pasado por agresivos tratamientos hormonales y cirugías reconstructivas y hay quienes reclaman que sea la mera declaración de voluntad, una suerte de “autoidentificación” sin tener que pasar por la horca caudina del tratamiento médico o psiquiátrico, lo que deba contar institucionalmente para que uno sea clasificado como hombre o mujer a todos los efectos.

Hay quiénes, al fin, impugnan esa misma división binaria reclamándose como “no-binarios”, “a-género” o de “género fluido”. En el trasfondo de todas esas reivindicaciones políticas y jurídicas se plantea también si el sexo biológico mismo, señaladamente el dimorfismo sexual, es una construcción “social” o un “dato de la naturaleza”. La existencia de personas “intersexuales” –individuos cuya dotación cromosómica no se alinea con los caracteres sexuales primarios y/o secundarios– abona la tesis de que el sexo biológico es un “espectro”.

            Quien se reclama como “no-binario”, ¿qué tipo de identidad de género reivindica? ¿Y cómo conciliar el “no-binarismo” con la tesis de que el sexo es un “espectro”? Y es que, si hay no binarios pareciera que es precisamente porque el sexo biológico no es un espectro. Tal vez lo sea como la altura, o el peso, y entonces el no binario es aquél que no se sitúa en las colas de la distribución (ni es altísimo ni es bajísimo). Pero entonces, a la postre, la inmensa mayoría seríamos “no-binarios”.

De otra parte, uno tiene la sensación de que la identidad de género no-binaria es en realidad una “meta-proposición” sobre la identificación de género en general. Imagine que tuviéramos que consignar nuestra identidad religiosa y hubiera solo dos casillas: religión musulmana y religión cristiana. Un judío, por ejemplo, podría señalar su condición “no-binaria” puesto que entiende que hay más religiones que cabría consignar, incluida la suya, y no solo dos. Pero un católico que sí se viera reflejado en la casilla “cristiano” podría ser igualmente “no-binario” porque, supongamos, cree que la religión católica es la única verdadera y que el resto de casillas sobran.

La identidad de género se describe –asómense a la reciente legislación al respecto si tienen curiosidad– como una suerte de “estado mental” inefable, no fiscalizable. Hay buenas razones para limitar al poder público en su afán de exigir costosas pruebas de la verosimilitud de la identidad de género abrazada - normalmente mediante el sometimiento a tratamientos invasivos- pues esos procesos, en la medida en la que generan graves efectos colaterales y riesgos ciertos de infertilidad, suponen una vulneración de derechos básicos de las personas trans. Así lo ha establecido el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el caso AP, Garçon, Nicot v. France (2017).

Pero también hay una razonable alerta –de muchas mujeres feministas, por cierto– para que la mera voluntad no sea todo y lo único que cuente, sobre todo si del estatuto civil de ser hombres o mujeres se derivan beneficios o posiciones normativas ventajosas con las que se pretende legítimamente mitigar injustas discriminaciones históricas o la falta de visibilidad de un colectivo. Piensen ustedes más allá del género y consideren la raza o la etnia: ¿aceptaríamos sin chistar la auto-identificación racial o étnica?

Si la legislación electoral –por ejemplo la mexicana– establece la obligación de que las listas sean paritarias y en forma de “cremallera”, ¿se cumple el requisito incorporando individuos que se declaran “mujeres trans”, individuos que tal vez en el pasado reciente han figurado en las listas como hombres? En definitiva, ¿triunfa siempre la auto-adscrita identidad de género frente a otros intereses? Si, parafraseando a Simone de Beauvoir, la biología no es ningún destino, ni siquiera el de ser el privilegiado “sujeto del feminismo”, ¿qué queda del feminismo? A lo mejor resulta que hemos llegado a un punto en el que todas esas identidades –no solo el género, insisto– deben ser institucionalmente o jurídicamente irrelevantes, no tenidas en cuenta a ningún efecto. Discutámoslo pues hay mucho en juego.

Todas estas eran las cuestiones que yo me propuse explorar en el seminario internacional “Gender” al que fui cordialmente invitado por el grupo de investigación “Barcelona Institute of Analytic Philosophy” formado por las Universidades de Barcelona y Pompeu Fabra, que se celebró el 18 y 19 de diciembre de 2019.

Los días previos presagiaban que mi presencia no era precisamente bienvenida. Por lo que pude saber, mis respuestas a una entrevista en El Mundo relativa a mi libro Lo sexual es político (y jurídico) me hacían a los ojos de muchos un “señoro machista”. Además, el título de mi ponencia (“How is it like to be a trans? Four puzzles on gender identity”) un guiño evidente al problema que aborda Nagel en su artículo sobre los murciélagos y al espíritu del trabajo de Van Parijs, era una provocación, una falta de delicadeza para las personas trans, y, además, inducía a pensar que yo, siendo una persona cis, me proponía explicar las experiencias de quienes son trans. De hecho, un estudiante trans de la UPF solicitó formalmente a la Unidad de Igualdad mi desconvocatoria (y que se le incluyera a él como ponente en mi lugar), cosa a la que los organizadores del seminario no accedieron. No dejo de agradecerles ese y otros gestos que han tenido conmigo.

Esta última es una denuncia interesante porque muestra a las claras que, al menos para algunas personas trans, la identidad de género en mi caso puede prescindir de manera absoluta del modo en el que yo mismo me identifique: soy considerado conforme con mi género, imagino, dado mi aspecto, mi nombre y las cosas que se presume que pienso. Parafraseando el dicho popular, por mucho que me “vista de seda” señoro cis me quedo. Y el hecho es que yo también me rebelo, lo he hecho siempre, frente a buena parte de lo que se supone me corresponde hacer, decir o pensar dada mi azarosa identidad biológica. Lo mismo que desde el tiempo de la primera vindicación feminista han hecho las mujeres con toda justicia.

Me hubiera gustado compartir mis cuitas (puzzles) en el mismo ambiente de serena reflexión académica que presidió las ponencias de todos los intervinientes que me precedieron, a quienes escuché con mucho interés y de quienes aprendí un buen número de cosas interesantes (académicos que en muchos casos pudieron esgrimir sus discrepancias profundas con muchas reivindicaciones de la comunidad LGTBI y plantear tesis heterodoxas, polémicas e inquietantes sin que planeara sombra de “transfobia” alguna).

Desgraciadamente no fue posible porque en el momento en el que me disponía a arrancar mi presentación –cuyo contenido no era conocido pues yo, como el resto de ponentes, no habíamos circulado ni siquiera un resumen de la misma–, un grupo de personas comenzó a distribuir pasquines insultantes pidiendo mi expulsión y tomando inmediatamente el estrado con la pretensión de que, como representantes genuinos de la comunidad trans, se les diera voz. Los organizadores accedieron a escuchar al que parecía líder de la protesta, pero a continuación otra persona del grupo tomó la palabra en lo que ya se iba consolidando como un “acto paralelo”.

De hecho los que habían venido asistiendo al seminario fueron invitados a abandonar la sala para escuchar a quienes de forma legítima sí pueden hablar sobre  la identidad de género de las personas trans. Las protestas de los organizadores y de los que querían escucharme subían de tono y sus invitaciones a que se sentaran y atendieran a la presentación con respeto y que luego plantearan sus críticas impactaban contra un muro de intolerancia. En ese momento –bastantes minutos después de la hora a la que yo tenía que hablar– el seminario había tornado en un ridículo auto de fe y mi libertad académica –la posibilidad de hablar y discutir si no en las habermasianas “condiciones ideales de diálogo”, sí al menos en circunstancias razonables– había sido truncada.

CODA: Universidad y clerecía

Llevo más de 25 años cultivando, de manera más o menos afortunada, la filosofía jurídico-política como profesor universitario. He investigado sobre asuntos polémicos desde el punto de vista moral –el aborto, la eutanasia, los trasplantes de órganos, el estatuto moral de los animales no humanos, entre otros– y he tomado partido públicamente, como ciudadano, a favor de determinadas causas muy controvertidas y divisivas (la abolición de las corridas de toros en Cataluña, por ejemplo). Nunca antes había sentido como ahora la obligación de demostrar que soy una buena persona a pesar de que mis razonamientos, y las conclusiones que de ellos se deriven –sometidas siempre al escrutinio de la mejor argumentación– puedan levantar ampollas y mover cejas de escepticismo, sorpresa o indignación.

No soy ni mucho menos el único en sentirse así dentro de mi gremio, y por supuesto otros antes que yo han pasado por trances similares o mucho peores. Son a ese respecto legendarias las protestas contra el filósofo australiano Peter Singer y otros tantos profesores heterodoxos, y la próxima aparición de The Journal of Controversial Ideas en el que se podrá publicar bajo seudónimo para evitar represalias académicas o personales, constituye todo un síntoma de nuestros tiempos. Nunca como hasta ahora había tenido la sensación cierta del desamparo, el que produce la mirada tibia, condescendiente de colegas que se compadecen de ti pero que también se conduelen de los que restringen tu libertad académica porque ellos también sufren; y no digamos de quienes, siendo compañeros de seminario, de profesión, son capaces de instigar y participar activamente en un boicot como el que sufrí el 19 de diciembre.  

Se ha convertido en una “metodología” consolidada que cualquier indagación filosófica que roce a una de las de las denominadas “minorías vulnerables” se despliegue con el lenguaje aceptable: la tasación de las ironías permitidas, los giros posibles, las provocaciones admisibles y el carácter no ofensivo de la expresión son competencia exclusiva de la canonjía identitaria o ideológica de turno, un papel que vienen asumiendo con soltura y sin apenas contestación las unidades de igualdad, observatorios de género, oficinas de diversidad y similares entes.

Si uno es tenido como “ajeno a la tribu” deberá incluir las referencias a los autores que, perteneciendo o siendo próximos a dicho colectivo, han dicho algo –feliz o infeliz– sobre la cuestión, y, como una suerte de disclaimer, deberá arrancar todo escrito o alocución con un proemio en el que exhibe su buen corazón, repudia el crimen y el mal y declara ser plenamente consciente del privilegio propio denunciando al tiempo el sufrimiento ajeno y el pasado ominoso que han padecido quienes pudieran ser “agraviados” por su reflexión.

Si se va a criticar el punitivismo en materia de delitos contra la libertad sexual, o la inconveniente relajación de las garantías procesales de los acusados, conviene declararse contrario a la violación; si se ponen peros a las políticas públicas en materia de violencia de género es prudente condenar los feminicidios; si se duda de que se pueda sancionar institucionalmente la auto-identidad de género, o que las mujeres trans deportistas profesionales compitan en la categoría femenina, es recomendable reafirmar los derechos humanos y la igualdad básica de las personas trans. Y ni así: en cualquier momento cabe esgrimir la estadística relativa al alto porcentaje de suicidios en dicho colectivo y cómo uno simplemente por preguntar puede estar elevando los riesgos de que esas personas se quiten la vida o sean atacadas.  

Se trata de un chantaje emocional que empobrece el debate y que opera como una devastadora, si bien selectiva, forma de censura y autocensura. Y surte efectos. Les confieso que tengo la sensación creciente de que las clases, los seminarios, las conferencias académicas donde se reflexiona sobre cuestiones de justicia social son cada vez más ceremonias litúrgicas, misas donde se confirman o inauguran sacramentos de algo que es cada vez más una fe, ámbitos en los que los meros interrogantes, y no digamos ya la risa que pudieran provocar algunos excesos discursivos o semánticos, constituyen actitudes política y moralmente sospechosas.

La terapia de grupo es siempre bienvenida; la argumentación racional un incómodo y perturbador estorbo en la tarea de “dar voz y visibilidad” a quienes se presume sistemáticamente excluidos, siempre licenciados para la expresión de cualesquiera oprobios y sentimientos a los que se debe asentir sin chistar, tengan o no un fundamento o justificación atendibles. Todo ello tiene además su revestimiento “científico”: se afirma apodícticamente que el aprendizaje es incompatible con la existencia de un “clima hostil” en el aula.

Y tómese por hostil que alguien pregunte, por ejemplo, si una vez que los matrimonios pueden estar compuestos por dos personas del mismo sexo no deberían también admitirse los matrimonios de más de dos personas; o que cuestione la existencia de una “cultura de la violación”, o que alguien se anime a preguntar cómo conciliar la condena universal por la selección de sexo mediante el aborto y la afirmación, pace Judith Butler, de que ser niña es algo que no se descubre sino que resulta de un acto performativo, que se impone institucionalmente por el pediatra en la sala de partos. Violenta, incluso, demostrar limpia y honestamente que una conclusión no se sigue lógicamente a partir de ciertas premisas asumidas.   

Esta nueva vigilancia de Occidente es más una Santa Inquisición que una sana inquisición. Sabemos, quienes nos dedicamos a las humanidades o a las ciencias sociales, que la neutralidad valorativa resulta quimérica. Pero de la conciencia de no ser axiológicamente inmaculados a la pancarta permanente o la homilía hay un buen trecho que no necesariamente se tiene que recorrer. Salvo que uno se crea, como académico, que su principal misión no es enseñar, ayudar a aprender o hacer que sus auditorios piensen mejor sobre problemas complejos, sino que está llamado a colaborar en la construcción de “un mundo mejor” predicando las bienaventuranzas.

Cuando la verdad ya ha sido revelada solo queda celebrarla, cantarla y, por supuesto, callar a los dudosos y heterodoxos. Rectamente: cerrar los aularios, bajar los atriles e instalar púlpitos y confesionarios en su lugar. Se achicarán las ventanas y el aire del sano escepticismo que emerge del uso de la razón teórica y práctica será sustituido por el incienso. Muchos sentimos que acechan las tinieblas y que en ese crepúsculo no son los hegelianos búhos de Minerva quienes despliegan las alas y su sabiduría, sino murciélagos furiosos y chillones.