L'éducation idéologique | Letras Libres
artículo no publicado

L'éducation idéologique

El autor describe tres epifanías políticas que le hicieron cuestionarse sus dogmas y creencias ideológicas.

Creo que todo el mundo recuerda los puntos de inflexión en su evolución ideológica y política, esos momentos en los que el mundo de ideas y preconcepciones que uno ha construido durante años comienza a derrumbarse. Se me han ocurrido tres de esos sucesos. Los recuerdo con mucha claridad.

1.

Estaba en el instituto en Bélgica durante la Guerra de Vietnam. Toda la atmósfera, de la escuela a los periódicos, estaba impregnada de antiimperialismo y condena a la guerra. Estar en contra de la guerra no parecía solo algo tan normal que era difícil imaginarse a gente a favor de ella, sino que, como buen marxistant, asumía que los únicos que podían apoyar el asesinato de miles de campesinos vietnamitas tenían que ser los que tenían un interés en la continuación de la masacre, es decir los financieros capitalistas y la clase dominante estadounidense.

La nueva profesora de inglés, joven e inteligente, decidió que para aprender mejor inglés leeríamos en clase ejemplares de las revistas Time o Newsweek. Fue un gran éxito. Cada semana, le daba uno de esos ejemplares a un alumno distinto para que lo leyera en casa. En una ocasión tuve la suerte de recibir uno. De vuelta a casa, lo abrí y vi una gran fotografía de Nixon visitando Chicago o Detroit, recibido por cientos de obreros en andamios, agitando banderas estadounidenses, ovacionando y apoyando a Nixon y a su política en Vietnam. No me lo podía creer.

Estuve una hora o más (tardaba del colegio a casa 40 minutos a pie, y casi siempre andaba solo) escrutando la fotografía: ¿era un montaje?, ¿eran obreros de verdad o miembros de la CIA que se habían colocado ahí para agitar las banderas? Pensé en todas estas posibilidades, muy acorde a mis creencias ideológicas, pero no era capaz de aceptarlas. Parecía, como decía el artículo, que la recepción de Nixon era real y que la clase trabajadora estadounidense estaba a favor de la guerra. No podía entender cómo una “imposibilidad” ideológica como esa pudiera ocurrir. No era capaz –a los 17 años– de responder a esa pregunta, pero se convirtió en una cuestión irresoluble durante muchos años de mi vida. Fue cuando empecé a tener mis primeras dudas ideológicas.

2.

En los años ochenta la situación política en Yugoslavia iba empeorando cada vez más, las acusaciones entre las repúblicas eran más ruidosas, las expresiones nacionalistas que en el pasado se habrían considerado discurso de odio y conducido a sus perpetradores a la cárcel se emitían libremente y de manera común.

Sin embargo creía que esto no era más que los malos residuos de un pasado tumultuoso y de una generación mayor, cuyos miembros apoyaron a los colaboradores de las diferentes facciones fascistas. Pero seguro que las nuevas generaciones –que eran por definición progresistas, antinacionalistas, antirreligiosos– serían diferentes.

Con eso en mente, le pregunté un día al hijo mayor de un amigo, que estaba entonces en el instituto (probablemente tenía la misma edad que yo tenía cuando experimenté mi primera epifanía ideológica con los obreros estadounidenses), si sus compañeros del colegio pensaban que estas expresiones de nacionalismo serbio eran ejemplos de megalomanía nacionalista, y si apoyaban la igualdad étnica. También le pregunté por la opinión que tenían sobre la cuestión de Albania, y cómo debía resolverse.

“Ah”, respondió despreocupadamente, “estamos todos a favor de matar a los albanos. Y así se resuelve el problema de una vez por todas”.

3.

Una década después viví durante todo el periodo de hegemonía estadounidense en Washington: en ese tiempo EEUU atacó, en orden, Panamá, Serbia, Afganistán, Irak y Libia. Era consciente de la completa disonancia entre la realidad y la manera en que se presentaba en los medios estadounidenses, ya que trabajé para el Banco Mundial en países en transición en los noventa, y especialmente en Rusia. Lo que intenté con mi libro Income, inequality and poverty during the transition to market economy (Ingresos, desigualdad y pobreza durante la transición a una economía de mercado) era dejar constancia factual de lo que le ocurrió a la pobreza, la desigualdad y la destrucción durante los llamados años de “transición”. Todavía sigo orgulloso de ese libro, a pesar de que raramente lo citan.

Afirmaba que los excesos del hiperpoder estadounidense se debían a su complejo militar-industrial y a los republicanos imperialistas de última hora. No estaba especialmente interesado en la política nacional estadounidense y pensaba que los demócratas tenían poco que ver, en general, con el renacimiento del imperialismo. Todos mis amigos eran demócratas y eran gente sensible y amable. En 2003, cuando se aprobó la guerra de Irak estaba en el Carnegie Endowment for International Peace, donde –en consonancia con su nombre– casi todo el mundo estaba sinceramente dolido por lo que acababa de ocurrir. Resulta que estaba sentado en la oficina de una persona reconocida e influyente que había visto con desesperación el testimonio falso de Colin Powell en la ONU que condujo a la guerra (y que se emitió en directo en la televisión durante nuestra reunión).

Así que esa era mi visión de los progresistas cuando una década después me invitaron a unirme a una lista de emails de personalidades relativamente influyentes en los medios demócratas. Mi primera incursión se basaba precisamente en esa asunción: que eran gente amable y antiimperialista a la que le preocupaba la paz y el resto del mundo. No tardé en desengañarme. Con un alto nivel de sofistería (ya que era gente muy inteligente y bien formada) defendían, y reivindicaban, las políticas más destructivas y asesinas.

Cuando vi por primera vez el nuevo libro de Pankaj Mishra, Fanáticos insulsos, se me quedó grabado su título. ¡Era la gente con la que tuve que tratar entonces! Gente aburrida que vivía en casa cómodas en los suburbios. Escribían artículos embriagadores que condujeron a miles de muertes mientras sorbían sus cafés de Starbucks y echaban un ojo de vez en cuando a la lista de “cosas que hacer” que les habían dejado sus mujeres: “recoger la ropa”, “comprar espaguetis”, “llamar a Jim para que arregle el aire acondicionado”. Entonces terminaban sus textos, en los que se deleitaban con nuevos ataques aéreos, y quizá terminaban el último párrafo de manera un poco abrupta. Porque tenían que ir a buscar a los niños al colegio. A las cuatro de la tarde.

Traducción de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor.