Las lecciones de Mugabe | Letras Libres
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Las lecciones de Mugabe

Hay en YouTube un video de Robert Mugabe, el dictador de Zimbabue, grabado algunos días antes de la elección que evidentemente perdió a finales de marzo. Se trata de una entrevista con un reportero de Al Jazeera que, según informa el conductor del noticiero en la presentación del segmento, ha seguido a Mugabe durante su campaña para derrotar a quien ha sido su Némesis durante una década: el líder del Movimiento por el Cambio Democrático, Morgan Tsvangirai. La forma misma de la entrevista es reveladora. El periodista pregunta con una velocidad inusitada, quizá sabiendo que Mugabe lo interrumpirá antes de que pueda llegar a la última palabra (cosa que, en efecto, sucede). Mugabe viste una chamarra con motivos tradicionales, una gorra y una mascada con los colores de su país: rojo, verde y amarillo; los lentes de oro descansan a media nariz. La piel y los ojos no son los de un hombre de 84 años: Mugabe tiene la juventud que da el poder. “¿Tratará usted de hacer fraude en las elecciones?”, le pregunta, osado, el periodista. Mugabe agita un brazo y contesta: “¡No! Si arreglar las elecciones quiere decir ganarlas mediante el voto de la mayoría, entonces es exactamente lo que haremos. Ganaremos. Ganaremos siempre”. Cuando el reportero le pregunta sobre la inimaginable crisis económica de Zimbabue, Mugabe lo menosprecia: “No le puedo dar los detalles de lo que estamos haciendo, pero las cosas están cambiando”. Mugabe procede a explicar que su receta para salvar al país incluye “mirar hacia el este: estamos tratando ya con los iraníes”, y afirma, como ha venido haciendo desde hace al menos ocho años, que Occidente es el culpable de buena parte de los males de Zimbabue: “Occidente nunca apoya a los países en desarrollo”. Al final de los tres minutos que el dictador le concede, el periodista insiste: “¿Tiene usted confianza de ganar el sábado?” Mugabe sonríe y mira al periodista: “¡Oh!, ¡demasiado, muy confiado!”

Los tres minutos de entrevista valen más que mil palabras. De la tragedia casi unánime que es África, ninguna es peor que la de Zimbabue. De ser un país boyante, con una producción agrícola prácticamente sin parangón en el resto del continente, el país del sur africano es ahora un páramo. Apenas hace 20 años, la antigua Rodesia era un productor vibrante de maíz, soya y tabaco. Hoy, los números del campo zimbabuense han disminuido hasta casi desaparecer. Y no es sólo la industria agrícola. Los turistas también se han ido. Lo que a finales de los 90 era un paraíso para los amantes del singular paisaje africano —pocos lugares comparables al final del río Zambesi, donde caen las inmensas Cascadas Victoria— ha caído ahora en el olvido. Los hoteles rara vez rebasan el veinte por ciento de ocupación. Las grandes aerolíneas han dejado de volar a Harare, la capital. La inflación en Zimbabue ha alcanzado niveles surrealistas: entre 1998 y 2008, creció de poco más de treinta por ciento a dos millones doscientos mil por ciento. Los billetes en Zimbabue son de miles de millones de dólares locales. En diez años, la expectativa de vida para un hombre se ha reducido de 60 a 37 años. La mortandad infantil es ahora de 81 decesos por cada mil niños. Más de dos millones de personas viven con VIH en el país: casi veinte por ciento de la población. De acuerdo con las cifras más conservadoras, el promedio de desempleo en Zimbabue rebasa el setenta por ciento. Se trata, en suma, de una nación hundida, quizá la historia más triste de la larga lista de fracasos poscoloniales en África. Y el responsable tiene nombre y apellido.

La biografía de Robert Mugabe ofrece varias pistas de por qué este hombre con siete grados universitarios y una elocuencia quizá incluso superior a la de Mandela ha llevado a su país al borde de la implosión. Su infancia —el segundo hijo de tres, Mugabe tuvo que asumir la primogenitura después de la muerte de su hermano mayor, mucho más fuerte y querido que él— y sus años en la cárcel —perdió a su primer hijo mientras estaba tras las rejas y el gobierno le prohibió acudir al funeral—, son dos claves evidentes del comportamiento posterior del dictador. Pero las lecciones para el resto del mundo no están en la vida, ya larga, de Mugabe. La moraleja del ascenso y caída de éste, el más complejo y trágico de los autócratas africanos, está en el fracaso de la reconciliación de la África poscolonial con su pasado y, mucho más importante aún, en la incapacidad de países como el Zimbabue de Mugabe para dominar las tentaciones del poder absoluto.

El principio del fin de Zimbabue como país —tomará décadas rescatarlo una vez que Mugabe muera— fue el aislamiento nacido del recelo y, de manera paralela, la obsesión casi narcótica de Mugabe por el poder. Si bien es cierto que Gran Bretaña pudo haber hecho más para ayudar a Mugabe a redistribuir las tierras de manera equitativa después de años de conflicto agrario, también es cierto que Mugabe cerró las puertas al diálogo, cegado por el discurso nacionalista africano que, desde finales del siglo XX y principios del actual, debería ser ya sólo un recuerdo (glorioso, como todo afán libertador, pero recuerdo). Para Mugabe, el primer mundo es el monstruo: Inglaterra, Estados Unidos y demás países “occidentales” tienen como único objetivo volver a esclavizar al pueblo africano. Más allá de heridas históricas, esta cerrazón psicótica no ha hecho más que hundir al país. El otro factor es, quizá, más grave. Apenas unos meses antes de morir, en una entrevista con Heidi Holland, una de las grandes biógrafas de Mugabe, Ian Smith, el dictador de Rodesia que precedió a Mugabe y que fue su mayor rival político, definió así al tirano: “Todo lo que Mugabe ha hecho se ha tratado, siempre, de asegurar su permanencia en el poder. Así piensan los dictadores en todo el mundo”.

México —y muchos otros países— deberían aprender claramente las lecciones de Zimbabue. En un mundo como el actual, las heridas atávicas deben quedarse en los libros de texto... y los hombres que operan sólo en función de la consecución del poder (o la permanencia en el mismo), sin importar un ápice el bien común, merecerían ser expuestos, sin ninguna clemencia, día a día.

- León Krauze