La influencia de la URSS y los problemas de exportación del modelo chino | Letras Libres
artículo no publicado

La influencia de la URSS y los problemas de exportación del modelo chino

Durante décadas, el modelo soviético atrajo a millones de occidentales e influyó la política global. Hoy, el modelo chino tiene éxito económico pero es más difícil de replicar en otros países.

En 1967, en el cincuenta aniversario de la Revolución rusa, el Royal Institute of International Affairs (RIIA) de Londres publicó el libro “El impacto de la Revolución rusa” con un elenco estelar de autores. El objetivo del libro era evaluar la influencia internacional que tuvo la Revolución rusa. Arnold Toynbee escribió una larga y brillante introducción. Neil McInnes escribió sobre la influencia de la Unión Soviética en los sindicatos y el imperialismo, Peter Wiles sobre la influencia del modelo económico soviético y Richard Lowenthal sobre la influencia política de los bolcheviques (y su partido autoritario).

Los temas tratados en el libro no son ajenos al hecho de que es una publicación del RIIA. Varios autores (incluido Toynbee) suelen considerar que la ideología comunista, el marxismo modificado como lo definió Lenin, es un truco especialmente tramposo a través del cual los rusos son capaces de seducir a los países colonizados del mundo y así acabar con al Imperio británico. La Revolución rusa se ve como un episodio del Gran Juego. Como dice Toynbee: “El marxismo afectó el ánimo de la población no occidental cuando estaba a punto de levantarse contra el dominio occidental. Es un credo de origen occidental que denuncia el establishment occidental. Es por lo tanto capaz de expresar su voluntad de revolución contra Occidente en términos que, siendo occidental, tienen prestigio.”

Aunque los autores parecen ver con melancolía los resultados (el Imperio británico es, en su opinión, una opción preferible a la independencia), tienen razón. La reconfiguración leninista del marxismo, que combina políticas de izquierdas con antiimperialismo, incluida una alianza con las burguesías nacionales, siempre y cuando fueran anticoloniales, es uno de los sucesos más importantes del siglo XX (en un siglo al que no le faltan sucesos importantes).

La discusión sobre la relación entre el marxismo original, su modificación leninista, la obra de Lenin Imperialismo, fase superior del capitalismo y el papel de China –como el país más importante en el que el comunismo, desde los años veinte, jugó la carta antiimperialista con el Kuomintang y el Partido Comunista de China– está presente en las cinco contribuciones.

El nivel del debate, como el de los otros temas, es muy elevado. Hugh Seton-Watson, un renombrado experto del nacionalismo, tiene un capítulo excelente sobre el enfoque marxista de la “cuestión nacional” y sobre cómo se “solucionó” (como sabemos ahora, a través de la disolución de los países) en la Unión Soviética y en Yugoslavia. Peter Wiles, que también había estudiado las economías soviéticas durante años, escribe un capítulo muy bueno, aunque extravagante (que analizaré más adelante). Richard Lowenthal estudia el modelo de Estado totalitario leninista. El capítulo de Neil McInnes sobre la influencia soviética en la política europea está bien documentado pero le lastra su excesivo celo anticomunista. Ve un soviético debajo de cada cama, detrás de cada huelga está la mano perversa de un agente secreto.

La importancia del crecimiento económico

Me gustaría analizar con más detalle el episodio de Peter Wiles sobre la economía. Empezaré por su punto más interesante. Wiles dice que, en general, la influencia soviética estuvo muy limitada y la principal razón no era que el producto estuviera mal empaquetado (las principales líneas del “producto” económico –nacionalización, centralización, planificación– eran muy claras) sino que su venta era insincera: a los que querían aplicar el modelo soviético no les explicaron cuáles eran las dificultades y los problemas, las cosas en las que había que tener cuidado y que había que arreglar, sino que recibieron una versión edulcorada de los sucesos que no les resultó nada útil. Al contrastar la influencia estadounidense y la soviética en el Tercer Mundo, en un lenguaje que se consideraría casi ofensiva en el mundo puritano de hoy, Wiles (creo que acertadamente) resume la cuestión así:

El técnico soviético se refugia en sí mismo durante horas, asusta a los de su propia embajada y en general no es capaz de integrarse en el mundo real. Sus descripciones sobre la vida en la Unión Soviética son escasas y extrañas. Comparado con el técnico estadounidense, que es un borracho, evasor de impuestos que se rasca el culo y un racista, su comportamiento es impecable, y ahí está el problema.

La experiencia soviética, según Wiles, sí influyó al convertir el crecimiento económico en algo primordial, no solo a través de sus modelos inéditos sino porque el crecimiento se convirtió en la principal variable que explicaba la competición entre los dos sistemas. Wiles analiza varias políticas públicas para ver hasta qué punto el ejemplo soviético fue importante. La mayor influencia la tuvo en México, en las cooperativas agrarias (ejidos) de Lázaro Cárdenas, que se parecían a los koljoses soviéticos a pesar de que su importancia era menor: cuando se publicó el libro, solo un 4% de la fuerza de trabajo agraria lo hacía en los ejidos colectivos.

Wiles analiza la complicada relación entre Cárdenas y la Unión Soviética, incluidos detalles interesantes, y poco probables, como que Cárdenas se convirtió en el protector de Trotski, condenó la invasión soviética de Finlandia en 1940 y recibió el Premio Stalin en 1956 (bajo Jrúschov).

El segundo ejemplo de la influencia soviética tiene que ver con las nacionalizaciones en Reino Unido tras la guerra. La planificación laborista en 1946-47 se considera algo influido por el modelo soviético. Como dice Wiles: “La decisión de nacionalizar el carbón, el hierro y el acero, los trenes, el banco central, el gas y la electricidad, y buena parte del transporte por tierra, se parece mucho a la decisión que toma Lenin en 1917 (no [el énfasis está en el original] las completas nacionalizaciones de 1918)”. Sin embargo esa influencia desapareció rápidamente porque los objetivos demostraron ser ineficientes.

El siguiente caso es la India. El caso que analizan es el famoso Primer Plan Quinquenal y el uso de análisis de Marx sobre la reproducción extendida y el modelo bisectorial (producción de los medios de producción y de bienes de consumo). Esa influencia se produjo a través de un interés común, tanto de los primeros planificadores soviéticos como de la gente en torno a Mahalanobis, por el crecimiento económico como una herramienta para la convergencia con el resto del mundo, y sobre todo a través de la inversión en la producción de los medios de producción. Hubo otras influencias internacionales más importantes: Charles Bettelheim, Ragnar Frisch, R. M. Goodwin y Oskar Lange.

Los siguientes dos casos (Ghana bajo Nkrumah y Guinea bajo Sekou Touré) no son tomados muy en serio, ya que las condiciones soviéticas eran sustancialmente diferentes a las de África. “La economía [en Ghana] se comportaba igual que bajo el dominio británico, con mucho más gasto público y corrupción y aún más nacionalización”.

El análisis de Wiles sobre la influencia soviética (cincuenta años después de la Revolución) es instructivo no solo por razones históricas –especialmente ahora que la Unión Soviética ya no existe y Rusia es capitalista– sino también porque nos ayuda a analizar el potencial de la influencia de China.

La exportación del modelo chino

El principal problema al que se enfrenta la “exportación” del modelo chino al resto del mundo está, como digo en Capitalismo, nada más, en la dificultad de “empaquetarlo” en varias políticas simples y autoexplicativas. El modelo chino se desarrolló heurísticamente, mediante ensayo y error, y refleja las condiciones específicas chinas, que son difíciles de replicar en otros sitios. Para ver esto basta comparar (sin tener en cuenta lo que opines de ello) la simplicidad y la lógica interna del Consenso de Washington con cualquier política pública surgida de la experiencia china. Decir que el Estado debe tener un mayor papel en el control del crédito o que debería estimular las TICs no supone nada nuevo para (digamos) un gobierno en Tanzania ni tampoco le ayuda a cómo hacerlo.

China quizá se ha beneficiado de un enfoque experimental en el que las reformas se testaban en diferentes áreas (por ejemplo, la política de precios duales [el precio lo determinaba el Estado pero también el mercado]) o en diferentes unidades territoriales, pero lo que lo hizo posible fue el tamaño de su país y al mismo tiempo la capacidad del partido de mantener un control centralizado. Esto es lo que Chenggan Xu llama “autoritarismo regionalmente descentralizado”. Pero, ¿cómo pueden países como Laos, Egipto, Paraguay o Serbia aplicar este enfoque? No está muy claro. Hasta el momento solo Etiopía parece haberse beneficiado de la experiencia china. Si China piensa “exportar” su modelo del mismo modo que lo hicieron Estados Unidos y la Unión Soviética, necesita definirlo de manera que, al menos en principio, pueda ser aplicable bajo condiciones muy diferentes.

Aquí es donde encontramos la principal diferencia entre la Unión Soviética y la China actual. El momento cumbre de la influencia soviética se produjo desde finales de los años cuarenta hasta principios de los sesenta. El modelo era consistente, pero sus vendedores eran insinceros (como dice Wiles). Después de 1965, era obvio que el producto en sí era deficiente, así que la demanda descendió. En el caso de China, sin embargo, podemos observar que el producto funciona. Pero no sabemos completamente por qué, ni tampoco sabemos cómo aplicarlo en otros sitios. Y el vendedor no nos dice mucho más allá de las “características chinas”. Mientras se pone el carácter “chino” antes, y no sus características “generales”, el modelo será admirado pero no imitado.

Traducción de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor.