La Corea unificada: entre el pánico y la euforia olímpica | Letras Libres
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La Corea unificada: entre el pánico y la euforia olímpica

A pesar de estar aparentemente unidos durante los Juegos Olímpicos de Invierno, las tensiones entre Corea del Sur y Corea del Norte continúan. ¿Es posible que este sea el principio de un acuerdo de paz?

En Incheon no suena el himno de Corea del Sur ni el de Corea del Norte. No hay más bandera que un trozo de tela azul y blanco con la silueta de una península dividida en dos desde 1945. El público se pone de pie pero no se lleva la mano al corazón, como tampoco lo hacen las jugadoras. Por los altavoces retumba, solemne, el “Arirang”, la canción popular que sirvió como himno oficioso de la resistencia durante la ocupación japonesa de 1910 al final de la II Guerra Mundial.

Hay en el ambiente algo parecido a la euforia. Gritos de “Somos un solo país”, “somos un solo país” y cierta emoción en el campo, donde doce jóvenes norcoreanas y veintitrés surcoreanas intentan salvar los muebles ante la poderosa selección de Suecia. Un partido de hockey sobre hielo previo a los Juegos Olímpicos de Pyeongchang que acaba con 3-1 para las visitantes. El técnico enviado por el régimen de Kim Jong-Un abunda en el simulacro: “Esto demuestra de lo que sería capaz una Corea unida”, afirma, mientras su homólogo del Sur se deshace en elogios hacia las jugadoras del Norte, que apenas llevan diez días entrenando con el grupo, desde que las negociaciones de Panmunjom acabaron con la decisión de que los dos países formaran un solo equipo.

No es la primera vez que esto sucede. En 1991, aprovechando las negociaciones de paz entre Kim Jong-Il y el gobierno surcoreano, con mediación de chinos y estadounidenses, Corea ya había mandado un equipo unificado al Mundial Sub-20 de fútbol y al campeonato del mundo de tenis de mesa. En aquella ocasión, la experiencia fue un éxito rotundo: las chicas se hicieron con el oro en ping-pong y los chicos se impusieron ni más ni menos que a Argentina precisamente en el deporte que define a Argentina como país.

Lo que cambia en 2018 no son solo las expectativas –Corea del Sur no es ninguna potencia en hockey sobre hielo y nada apunta a que dar minutos a las inexpertas norcoreanas vaya a ayudar al equipo- sino la situación política o más bien social. El miedo. Durante meses, el miedo a que Corea del Norte boicoteara los Juegos ha estado instalado en la sociedad surcoreana y el partido, por muy amistoso que sea, supone una catarsis, un grito de alivio. La última vez que Corea del Sur organizó un evento de este tipo –los Juegos Olímpicos de 1988-, Kim Jong-Il no solo se negó a mandar una delegación sino que sus servicios de espionaje colaboraron en el derribo del vuelo 858 de Korean Air, matando a los 115 pasajeros y tripulantes que ocupaban el avión.

Crecido en su mundo paralelo, el “Amado Líder” organizó en 1989 el llamado Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, una competición sin importancia habitual en los países comunistas pero que en Corea del Norte se tomaron muy a pecho. Para devolver el golpe de publicidad que habían supuesto los Juegos del año anterior, Kim ordenó construir un estadio de 150.000 espectadores, el hotel más alto del mundo –la pirámide Ryuongyong- y gastó más dinero del que podía soñar con pagar. Lo curioso es que el lema de la competición fue “¡Por la solidaridad anticapitalista, la paz y la amistad!”. Lo que siguió fue una hambruna de casi una década que mató a dos millones de personas.

Treinta años más tarde, es normal que los surcoreanos sientan algo parecido al entusiasmo cuando ven a los dos países desfilar juntos en la inauguración y de ahí que los aplausos de los dos mil entusiastas de Incheon se conviertan en treinta y cinco mil en PyeongChang. Es normal que ante la amenaza recurrente del matón –un matón provisto ahora de armas nucleares y una publicitada disposición a utilizarlas- la gente piense que mejor están ahí ondeando una bandera que no existe y desfilando al ritmo de un himno que no es tal que tramando una oportunidad para la venganza. Tal es la ilusión que parece olvidarse que ambos países ya desfilaron juntos en varios Juegos Olímpicos tanto de invierno como de verano, empezando por los de Sydney de 2000, siguiendo por los de Atenas de 2004 y acabando por los de Turín de 2006. De hecho, la última vez que las dos Coreas se hicieron una en una ceremonia de inauguración fue hace apenas once años, en los Juegos Asiáticos de 2007.

Ahora bien, esta pasión por el presente no quita para que en buena parte del país haya escepticismo o desconfianza. La frase “estos no son los Juegos de Pyeongchang, son los Juegos de Pyongyang” pertenece a Na Gyeong Won, líder de la oposición conservadora en Seúl, y ha calado entre los contrarios al gobierno liberal de Moon Jae In, incluyendo a buena parte de la prensa. Desde el impeachment de Park Geun Hye, el partido conservador ha encontrado en la supuesta “debilidad” de Na con el Norte un motivo constante de crítica... y no le ha ido del todo mal.

Aparte del rechazo a las continuas presiones, hay un factor importante a la hora de entender la falta de interés de buena parte del pueblo surcoreano en una posible reunificación con el Norte: no solo la gran mayoría nunca ha conocido una Corea unida sino que ya es complicado encontrar familias en las que alguno de sus miembros lo haya hecho. La última encuesta publicada en torno al equipo conjunto de hockey femenino mostraba un ajustadísimo 44,1% a favor por el 42,6% que se mostraba en contra.

En toda esta hostilidad hacia la unificación, la posición de Estados Unidos tiene mucho que ver, por supuesto. Gran aliado de Corea del Sur y garante en la práctica de su seguridad, el gobierno estadounidense ha centrado su política exterior en el enfrentamiento constante con Kim-Jong Un. Estos acercamientos deslegitiman de alguna manera su firmeza y el propio vicepresidente Mike Pence, enviado de Trump a la inauguración, ha dejado claro que no va a haber negociación alguna con el Norte y que soñar con algo parecido es caer en una trampa propagandística.

De hecho, Pence, que tuvo que ver el desfile codo a codo con Kim Yo-Jong, la hermana del líder norcoreano, quiso dejar clara la postura de su administración con un gesto más que simbólico. Al poco de conocerse que Corea del Norte efectivamente participaría en los Juegos –no se supo hasta el mismísimo discurso de Año Nuevo de Kim-Jong Un- y que Seúl había aceptado el desfile unificado, Pence anunció que llevaría a la ceremonia de inauguración a los padres de Otto Wambler, un estudiante estadounidense detenido en 2014 por el régimen de Pyongyang y que pasó diecisiete meses en la cárcel antes de volver a EEUU ya en estado vegetativo. A las pocas semanas, murió en su casa de Ohio.

Lo curioso de todo este juego de poses es que, mientras que Estados Unidos juega a la firmeza, ha aceptado cancelar durante los Juegos cualquier maniobra militar en terreno coreano. Por su parte, el “pacificador” Kim, con su discurso de acercar posturas, no ha dudado a la hora de adelantar el desfile militar en homenaje al Ejército Popular y su heptagésimo aniversario. La fecha prevista era el 25 de abril pero acabó celebrándose el pasado jueves, horas antes del inicio de los Juegos.

Más curiosa aún es la propia relación entre Trump y Kim, cuyo devenir ha podido seguir cualquier tuitero, y que comenzó en las primarias republicanas de 2016 cuando el por entonces candidato a candidato sugirió solucionar todo el problema con Corea del Norte “tomando unas hamburguesas y hablando, que es como se arreglan estas cosas”. Aquellas palabras, muy criticadas por veteranos como el senador McCain, recibieron el halago de la prensa norcoeana, que no dudó en calificar a Trump de “sabio político”.

En fin, tan enloquecido es todo estos días en PyeongChang, tan complicado establecer cualquier estrategia de futuro, que la corta delegación del Norte incluye a la vez a la hermana de Kim, al nonagenario líder del Parlamento –Asamblea Suprema del Pueblo, en su nombre original- y a un grupo de artistas encabezados por Hyon Song-wol, la líder del grupo femenino Moranbong Band, conocida por sus versiones de los Beatles y sus canciones en homenaje al esforzado campesinado socialista.

De momento, ya se han filtrado las intenciones del Norte de mantener charlas parecidas a las de 2000 y 2007, cuando la paz pareció estar más cerca que nunca pero todo acabó en un sonoro fracaso. ¿Tiene sentido sentarse a negociar ahora con alguien que amenaza con aniquilarte si mantienes tu autonomía? No lo parece. Una cosa es cantar “Imagine” y otra cosa es que la imaginación convierta la realidad a su antojo.