Judith Shklar y el liberalismo del miedo | Letras Libres
artículo no publicado

Judith Shklar y el liberalismo del miedo

La pensadora judía letona, primera catedrática de Harvard, pensaba que la crueldad es el mayor enemigo del liberalismo.

“Éramos básicamente judíos alemanes, lo que significaba que todo el mundo quería que fuéramos otra cosa en el mejor de los casos o matarnos en el peor de los casos”, escribió Judith Shklar (Riga, Letonia, 1928 - Massachusetts, Cambridge, 1992), una historiadora de las ideas y teórica política que hizo carrera académica en Estados Unidos. Fue la primera catedrática de Harvard y la primera presidenta de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política.

Poco antes de que los rusos invadieran Letonia, los Shklar (una familia educada, liberal y relativamente próspera, la madre era pediatra en las barriadas) huyeron a Suecia. Atravesaron Siberia en tren y llegaron a Japón antes del ataque de Pearl Harbor; se dirigieron a Canadá y más tarde a Estados Unidos, donde pasaron unas semanas detenidos en un campo de detención de inmigrantes orientales ilegales. Todas estas experiencias, decía Shklar en el texto autobiográfico “A Life of Learning”, “me han dejado con un perdurable gusto por el humor negro”.

A veces se ha comparado a Shklar con Hannah Arendt y con Isaiah Berlin. A la autora de La condición humana le reprochó alguna vez la idealización de la polis griega. Shklar compartía con Isaiah Berlin, también nacido en Riga, la vocación de historiadora de las ideas y la confianza en la capacidad reflexiva de la literatura, pero en vez de los escritores alemanes o rusos que favorecía el autor de Las raíces del romanticismo, ella prefería hablar de autores de lengua francesa como Montaigne, Montesquieu y Rousseau.

Liberalismo sin ilusiones

Herder ha publicado El liberalismo del miedo, un ensayo breve de 1989 sobre una de las ideas más conocidas de Shklar. En él la autora defiende lo que se podría definir como un liberalismo escarmentado. En el prólogo Axel Honneth explica que para Shklar la superioridad ética del liberalismo frente a otras nociones de orden “debe resultar única y exclusivamente de que, gracias a sus mecanismos institucionales, sea capaz de evitar las peores vulneraciones que en cada caso se podrían infligir históricamente al hombre”. El objetivo no es establecer situaciones deseables, sino impedir situaciones condenables. Es, explica Honneth, un liberalismo “desde abajo”, con un componente importante de psicología moral. Como escribió Fernando Vallespín en el excelente prólogo a Los rostros de la injusticia, su máxima sería “evitar el sufrimiento”. Y evitar el miedo y el miedo al miedo: “La condición de posibilidad de la libertad es la ausencia de temores, y estos solo pueden ser superados mediante un orden institucional jurídico y político adecuado”.

Para Shklar, el liberalismo es una doctrina política, no una filosofía de vida ni una doctrina positiva. Su objetivo es que “toda persona pueda tomar sin miedo ni favor todas las decisiones efectivas posibles en todos los aspectos posibles de su vida”.

El liberalismo se relaciona con elementos de la modernidad, y nace de la experiencia de las guerras de religión. Montaigne comparte con él atributos como la tolerancia y el espíritu humanitario, pero a juicio de Shklar sería un error considerarlo liberal. Tampoco cree que Hobbes sea uno de los padres del liberalismo, porque “ninguna teoría que conceda a las autoridades públicas el derecho incondicional de imponer a la ciudadanía las creencias o, incluso, el vocabulario que consideren más ajustados puede ser calificada siquiera remotamente de liberal”.

El liberalismo, explica Shklar, “debe rechazar solamente las doctrinas políticas que no reconozcan ninguna diferencia entre las esferas de lo público y lo privado”; que exista una línea entre las dos es más importante que el lugar donde se trace esa línea. Aunque inicialmente esta distinción tenía que ver con la religión, ya no se limita a ese asunto, y los liberales tienen “un abanico muy amplio de creencias filosóficas y religiosas”. Hay una alianza de intereses entre el escepticismo y el liberalismo, como la hubo en un momento entre el liberalismo y las ciencias naturales, pero no es una alianza necesaria: “Las ciencias naturales viven para cambiar, mientras que el liberalismo no tiene que adoptar ninguna visión particular de la tradición”.

Es una concepción deliberadamente modesta: un volumen de homenaje a la autora se titulaba Liberalismo sin ilusiones. Pero, según ella, eso no significa que carezca de contenido, sino que es “un contenido absolutamente no utópico”. No tiene tanto que ver con la esperanza como con la memoria. Ahí, explica la autora, se distingue de otros tipos de liberalismo: el liberalismo de los derechos naturales, “que busca la satisfacción constante de un orden normativo preestablecido ideal” y que podría encontrar una plasmación paradigmática en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y el liberalismo del desarrollo personal, con su énfasis en la educación.

Si los dos portavoces de estas formas de liberalismo serían John Locke y John Stuart Mill, estos dos pensadores no tenían “una memoria histórica particularmente desarrollada”. No es el caso de Shklar, que piensa en el mundo posterior a 1914, con el regreso de la tortura y el horror de la guerra moderna. “El liberalismo del miedo es una respuesta a estas realidades innegables y, por tanto, se concentra en el control de daños”, escribe.

Las categorías que más importan al liberalismo del miedo son la de los débiles y los poderosos, y la libertad “que desea garantizar es la libertad frente al abuso de poder y la intimidación de los indefensos”. Aunque el totalitarismo sea el ejemplo más claro de ese abuso, no es el único, y abusar de la noción de liberalismo es peligroso porque puede servir para que no nos preocupemos de otras coerciones menos destructivas: el liberalismo del miedo “contempla con igual inquietud los abusos de los poderes públicos de todos los regímenes”, escribe Shklar. Pero una y otra vez vemos que, si no se les impide hacerlo, “la mayoría de los organismos del gobierno se comportarán en mayor o menor medida de manera ilícita y brutal”.

Berlin, Shklar y la crueldad

El liberalismo del miedo recuerda a la libertad negativa de la que hablaba Isaiah Berlin. Pero Berlin, dice Shklar, no entra a discutir las condiciones de esa libertad, “las instituciones sociales y políticas que hacen posible la libertad individual”. Para que esa libertad negativa sea políticamente relevante es necesario explicar algunas características institucionales de un régimen relativamente libre. También hay unos elementos sociales, como la dispersión del poder –el pluralismo– y la “eliminación de las formas y grados de desigualdad social que exponen a las personas a las prácticas opresoras”. El liberalismo del miedo no descansa

sobre una teoría del pluralismo moral. No ofrece, sin duda, un summum bonum por el que todos los agentes políticos deberían luchar, sino que comienza ciertamente por un summum malum que todos nosotros conocemos y deberíamos evitar, si pudiéramos. Ese mal es la crueldad y el miedo que despierta, así como el miedo al miedo mismo. En esa medida, el liberalismo del miedo realiza una afirmación universal y particularmente cosmopolita.

La crueldad es para Shklar el mayor enemigo del liberalismo. Pero la autora también reconoce la necesidad de la coerción. Pretende impedir el miedo que generan la arbitrariedad, lo imprevisible, las agresiones, sabiendo que muchas veces estar vivo es tener miedo y que hay razones para temer una sociedad de personas temerosas. “Lo que el liberalismo requiere es la posibilidad de convertir el mal de la crueldad y el miedo en la norma básica de sus prácticas y prescripciones políticas. La única excepción a la regla de la evitación es la prevención de crueldades mayores”. La formulación viene en parte de Kant y debe a Locke la desconfianza en los gobiernos, pero el liberalismo debe mantenerse en el eclecticismo.

La separación entre lo público y lo privado no es invariable ni carece de otros matices, como la conciencia del poder de las grandes empresas y corporaciones. Estas no se pueden juzgar igual que los pequeños comercios, pero Shklar recuerda que “nada otorga a una persona mayores recursos sociales que el derecho de propiedad legalmente garantizado. No puede ser ilimitado porque es en primera instancia una criatura de la ley, pero también porque sirve a un fin público: la dispersión del poder”.

Shklar responde a algunas objeciones al liberalismo del miedo. Se dice que es reduccionista porque se basa “en el sufrimiento físico y en los miedos de los seres humanos ordinarios, en lugar de basarse en aspiraciones morales o ideológicas”. Eso supone pensar, dice, que las emociones son inferiores a las ideas y sobre todo a las causas políticas. Pero las causas no son todas edificantes y no se justifican a sí mismas. “Produciríamos mucho menos daño si aprendiéramos a aceptarnos mutuamente como seres sintientes, lo que quiera que esto sea, y a comprender que el bienestar físico y la tolerancia no son simplemente inferiores a los demás objetivos que cada uno de nosotros pueda optar por perseguir”.

Otra crítica al liberalismo del miedo es la “racionalidad instrumental”. A su juicio la acusación no funciona: en primer lugar, porque el liberalismo tiene unos fines muy claros; en segundo lugar, porque equivale a “desdeñar a quienes no quieren pagar el precio de aventuras utópicas, y menos aún de las inventadas por otros”.

En un momento en el que abunda la tentación de sentirse víctima, resulta casi exótico el objetivo de Shklar: evitar que haya víctimas. Considera que el relativismo absoluto, no solo liberal sino psicológico, que rechaza al liberalismo del miedo por “occidental” y abstracto es “profundamente antiliberal no solamente por su sometimiento a la tradición como ideal, sino por su identificación dogmática de toda práctica local con aspiraciones humanas profundas y compartidas”. Rechaza la idea de la lealtad como una virtud política, y se rebela contra las políticas identitarias y el multiculturalismo:

La marca distintiva del liberalismo solía ser el cosmopolitismo y la defensa de que un insulto a la vida y a la libertad de un miembro de cualquier raza o grupo en cualquier parte del mundo era motivo de genuina preocupación. Puede ser una repulsiva paradoja que el éxito mismo del liberalismo en algunos países haya atrofiado la empatía política de sus ciudadanos. Ese parece ser uno de los costes de dar por supuesta la libertad, pero podría no ser el único.