Hoy la vi | Letras Libres
artículo no publicado

Hoy la vi

A pesar de todo, no siempre me duele recordar aquellos días. Qué de aventuras inconfesables. Cuántas infracciones que quedarán para siempre entre los dos.

Era igual que tú.

La vi anoche, en el cruce entre María de Molina y una de esas callecitas que suben hacia el Viso. Parecías tú. Misma silueta, mismo todo. Estaba esperando a alguien que no tardaría en llegar. ¿Sabes? Por un instante jugué a que eras tú; a creer que me esperabas a mí, que volvíamos a casa juntos, como entonces. Fue raro. Pasé de largo, claro, pero no pude evitar la senda que se me iluminó en la memoria.

Bajando hacia la Castellana me vino todo de golpe. Las mañanas de invierno: cómo remoloneabas; cuánto te costaba arrancar. Y después igual, a trompicones, bostezando en los semáforos.

Yo lo hice todo mal, lo sé. Me lo advirtieron todos; desde mi padre, a Josetxo el del taller. Pero, ya sabes: era joven, y no hice caso. Se podría decir, incluso, que te maltraté. Hasta que no aguantaste más. Y un día llegó el fin. La juventud es un sueño de eternidad. Me equivoqué.

A pesar de todo, no siempre me duele recordar aquellos días. Qué de aventuras inconfesables. Cuántas infracciones que quedarán para siempre entre los dos. Hubo una época en que casi vivíamos de noche, ¿te acuerdas? Mi madre te temía y mis amigos me envidiaban. No había noche que alguien no me soltara un comentario. Eras sexy, maldita.

Y yo tenía la suerte de rematar las noches contigo. Cerraba el bar y nos reencontrábamos, ya sin nadie, para compartir juntos el camino de vuelta, los últimos semáforos, la luz del primer sol. En las noches de euforia, en las noches de barro, ahí estabas. Siempre esperando, siempre dispuesta a acompañarme. Te echo de menos. O, qué sé yo; quizá eche de menos el binomio perfecto que formamos.

No me siento especial: a mi edad, todo el mundo ha tenido que despedirse de algo. Pero no te niego que al descubrir tan vivo el recuerdo me siento, no sé, torpe, débil, absurdo. Después vinieron otras, ya lo sabes. Mejores, tal vez. Pero de ellas no me acuerdo casi nunca.

Quién sabe dónde estarás ahora. Yamaha YBR, color plata, cinco marchas, 125 centímetros cúbicos de felicidad. Espero que te estén tratando bien, nena. Yo no estoy mal pero, ya ves, me sigo poniendo triste cuando reapareces y, por un instante, recuerdo quien fui.