George Orwell: fragmentos de una vida | Letras Libres
artículo no publicado

George Orwell: fragmentos de una vida

George Orwell murió un 21 de enero de 1950. Aquí una serie de textos, reseñas y episodios de una autobiografía.

1. Orwell escribe sobre sí mismo.

El 17 de abril de 1940, George Orwell escribió una nota autobiográfica para Twentieth Century Authors:

“Nací en 1903 en Motihari, Bengala, el segundo hijo de una familia anglo-india. Estudié en Eton, 1917-21, y tuve la suerte de obtener una beca, pero no trabajé y aprendí muy poco, y no tengo la sensación de que Eton haya sido una gran influencia formativa en mi vida.

Entre 1922 y 1927 serví con la Policía Imperial India en Birmania. Lo dejé en parte porque el clima me había arruinado la salud, y en parte porque ya tenía algunas ideas vagas sobre los libros, pero sobre todo porque no podía seguir sirviendo a un imperialismo al que había empezado a considerar un chanchullo. Cuando volví a Europa viví sobre un año y medio en París, escribiendo novelas y cuentos que nadie publicaba. Cuando se me acabó el dinero pasé varios años de una pobreza bastante severa durante los que fui, entre otras cosas, lavaplatos, instructor privado y profesor en escuelas privadas baratas. Durante un año o más fui auxiliar a tiempo parcial en una librería de Londres, un trabajo que era en sí interesante pero tenía la desventaja de obligarme a vivir en Londres, que detesto.

En torno a 1935 podía vivir de lo que ganaba escribiendo, y al final de ese año me fui al campo y monté un pequeño ultramarino. Casi no era rentable pero me enseñó cosas sobre el comercio que serían útiles si alguna vez volviera a probar suerte en esa dirección. Me casé en el verano de 1936. Al final de ese año fui a España para participar en la Guerra Civil, mi mujer me siguió más tarde. Estuve cuatro meses en el frente de Aragón con la milicia de POUM y resulté bastante malherido, pero afortunadamente no tengo secuelas graves. Desde entonces, salvo pasar un invierno en Marruecos, no puedo decir honestamente que he hecho otra cosa que escribir libros y cuidar de gallinas y hortalizas.

Lo que vi en España, y lo que he visto desde entonces acerca del funcionamiento interno de los partidos políticos de izquierda, me ha provocado un horror por la política. Durante un tiempo fui miembro del Partido Laborista Independiente, pero lo dejé al principio de la actual guerra porque consideraba que decían tonterías y proponían una línea política que solo le facilitaría las cosas a Hitler. Mis sentimientos son definitivamente de ‘izquierda’, pero creo que un escritor solo puede ser honesto si conserva su libertad con respecto a las etiquetas de los partidos.

Los escritores que más me importan y nunca me cansan son Shakespeare, Swift, Fielding, Dickens, Charles Reade, Samuel Butler, Zola, Flaubert y, entre los escritores modernos, James Joyce, T. S. Eliot y D. H. Lawrence. Pero creo que el escritor moderno que más me ha influido es Somerset Maugham, a quien admiro inmensamente por su capacidad de contar una historia francamente y sin florituras. Aparte de mi trabajo lo que más me preocupa es la jardinería, especialmente de hortalizas. Me gustan la cocina inglesa y la cerveza inglesa, los vinos tintos franceses, los vinos blancos españoles, el té indio, el tabaco fuerte, los fuegos de carbón, las velas y las sillas cómodas. No me gustan las ciudades grandes, el ruido, los coches, la radio, la comida enlatada, la calefacción central y el mobiliario ‘moderno’. Los gustos de mi mujer encajan con los míos casi perfectamente. Mi salud es mala, pero nunca me ha impedido hacer nada que quisiera hacer, salvo, hasta ahora, luchar en esta guerra. Quizá debería mencionar que aunque la información que he dado aquí sobre mí mismo es verdadera, George Orwell no es mi verdadero nombre.

En este momento no estoy escribiendo una novela, sobre todo debido a trastornos causados por la guerra. Pero planeo una novela larga en tres partes, que se llamará The Lion and the Unicorn o The Quick and the Dead, y espero producir la primera parte en algún momento de 1941.

Publicaciones: Sin blanca en París y Londres (1933). Días de Birmania (publicado en Estados Unidos antes de ser publicado en una versión algo censurada en Inglaterra, 1934). La hija del clérigo (1935). Que no vuele la aspidistra (1936). El camino a Wigan Pier (1937). Homenaje a Cataluña (1938). Subir a por aire (1939). Dentro de la ballena (1940)”.

2. Orwell y Russell

En 1939, Orwell escribía sobre El poder:

“Si hay algunas páginas del libro de Bertrand Russell, El poder, que parecen bastante vacías, eso es simplemente decir que nos hemos hundido hasta una profundidad en la que la repetición de lo obvio es el primer deber de los hombres inteligentes. No es solo que la regla de la fuerza bruta domine en casi todas partes. Probablemente, siempre ha sido así. En lo que difiere esta época de las que la precedieron es en que falta una inteligencia liberal. La adoración de la intimidación, bajo varios disfraces, se ha convertido en una religión universal, y perogrulladas como que una ametralladora sigue siendo una ametralladora aunque un ‘buen’ hombre apriete el gatillo –y eso es lo que dice Russell– se han convertido en herejías que resulta realmente peligroso pronunciar.

La parte más interesante del libro de Russell son los capítulos iniciales, en los que analiza los distintos tipos de poder: sacerdotal, oligárquico, dictatorial, etc. Al abordar la situación contemporánea resulta menos satisfactorio, porque como todos los liberales es mejor señalando lo que es deseable que explicando cómo lograrlo. Ve con suficiente claridad que el problema esencial de hoy es ‘la domesticación del poder’ y que no se puede confiar en otro sistema que la democracia para salvarnos de horrores indecibles. También que la democracia tiene poco sentido sin una aproximada igualdad económica y un sistema educativo que tienda a promover la tolerancia y la resistencia mental. Pero, desgraciadamente, no nos dice dónde debemos empezar a obtener esas cosas; solo pronuncia lo que equivale a una esperanza piadosa de que la situación actual no dure. Tiene inclinación a señalar el pasado; todas las tiranías se han desplomado antes o después, y ‘no hay razón para suponer [a Hitler] más permanente que sus predecesores’.

Por debajo de eso está la idea de que el sentido común siempre acaba prevaleciendo. Y, sin embargo, el peculiar horror del momento presente es que no podemos estar seguros de que sea así. Es bastante posible que estemos llegando a una era en la que dos más dos sumarán cinco cuando el Líder diga que es así. El señor Russell señala que el enorme sistema de la mentira organizada del que dependen los dictadores mantiene a sus seguidores al margen de la realidad y por tanto tiende a ponerlos en desventaja contra aquellos que conocen los hechos. Esto es verdad hasta cierto punto, pero no prueba que la sociedad de esclavos que busca el dictador vaya a ser inestable. Es bastante difícil imaginar un Estado en el que la casta dominante engañe a sus seguidores sin engañarse a sí misma. ¿Alguien se atreve a estar seguro de que algo de ese tipo no está a punto de existir? Uno solo debe pensar en las siniestras posibilidades de la radio, la educación controlada por el Estado y cosas por el estilo, para darse cuenta de que ‘la verdad es grande y prevalecerá’ es más una oración que un axioma.

Russell es uno de los escritores vivos más entretenidos, y es muy tranquilizador saber que existe. Mientras él y unos cuantos más como él estén vivos y fuera de la cárcel, sabemos que el mundo conserva partes de cordura. Tiene una mente bastante ecléctica, capaz de decir cosas superficiales y cosas profundamente interesantes en frases alternas, y a veces, incluso en este libro, es menos serio de lo que merece su tema. Pero tiene un intelecto esencialmente decente, una especie de caballerosidad intelectual que es mucho más infrecuente que la mera brillantez. En los últimos treinta años, pocas personas han sido tan consistentemente impermeables a la tontería de moda en el momento. Por esa razón, aunque no es tan bueno como Libertad y organización, este es un libro que merece mucho la pena leer.”

3. Delante de tus narices

En 1946, Orwell escribía:

“No sirve de nada multiplicar los ejemplos. La cuestión es que todos somos capaces de creer cosas que sabemos que son falsas, y luego, cuando finalmente demuestran que nos equivocamos, de retorcer sin pudor los hechos para mostrar que teníamos razón. Intelectualmente, es posible realizar este proceso durante un tiempo indefinido: la única pega es que tarde o temprano una creencia falsa choca con la dura realidad, normalmente en un campo de batalla.

Cuando uno mira la esquizofrenia predominante en las sociedades democráticas, las mentiras que se deben contar para conseguir votos, el silencio sobre los asuntos importantes, la distorsión de la prensa, resulta tentador creer que en países totalitarios hay menos patrañas, que se afrontan más los hechos. Allí, al menos, los grupos dominantes no dependen del favor popular y pueden enunciar la verdad cruda y brutalmente. Goering podía decir ‘Armas antes que mantequilla’, mientras que sus rivales demócratas tenían que envolver la misma idea en cientos de palabras hipócritas.

En realidad, sin embargo, la evitación de la realidad es en general la misma en todas partes, y tiene en general las mismas consecuencias. Al pueblo ruso se le enseñó durante años que estaba mejor alimentado que todos los demás, y los carteles de propaganda mostraban familias rusas sentadas ante una comida abundante mientras el proletariado de otros países moría de hambre. Entretanto, los trabajadores de los países occidentales tenían unas condiciones de vida tan superiores a las de los de la URSS que la falta de contacto entre los ciudadanos soviéticos y los extranjeros tuvo que convertirse en un principio político rector. Luego, a causa de la guerra, millones de rusos corrientes recorrieron Europa, y cuando vuelvan la evitación original de la realidad habrá de pagarse con fricciones de distinta clase. Los alemanes y los japoneses perdieron la guerra en buena medida porque sus gobernantes no podían ver hechos que resultaban evidentes para cualquier ojo desapasionado.

Ver lo que tenemos delante de las narices requiere una lucha constante. Una forma de ayudar a hacerlo es llevar un diario, o, en todo caso, mantener algún tipo de registro de las opiniones que tenemos sobre acontecimientos importantes. De otro modo, cuando los acontecimientos destruyen una creencia particularmente absurda, uno puede simplemente olvidar que la tuvo. Las predicciones políticas suelen estar equivocadas. Pero incluso cuando uno hace una correcta, descubrir por qué tenía razón puede resultar muy iluminador. En general, uno solo tiene razón cuando el deseo o el miedo coinciden con la realidad. Si uno se da cuenta de eso, no puede, por supuesto, librarse de los sentimientos subjetivos, pero puede, hasta cierto punto, aislarlos de su pensamiento y hacer predicciones fríamente, siguiendo el libro de la aritmética. En su vida privada, la mayoría de la gente es bastante realista. Cuando uno calcula el presupuesto de la semana, dos y dos son invariablemente cuatro. La política, por otra parte, es una especie de mundo subatómico o no euclidiano donde es bastante fácil que la parte sea más grande que el todo o que dos objetos estén en el mismo lugar simultáneamente. De ahí las contradicciones y los absurdos que he señalado arriba, todos finalmente vinculados a la convicción de que las opiniones políticas que tenemos, a diferencia del presupuesto semanal, no tendrán que enfrentarse a la dura realidad."

4. Orwell y Koestler en navidad

En 1945, Arthur Koestler y su mujer, Mamaine, se instalaron en Bwlch Ocyn, Gales. Michael Scammell cuenta en su biografía Koestler: The Literary and Political Odissey of a Twentieth-Century Skeptic:

“El primer gran acontecimiento social de sus primeros meses fue una visita de George Orwell y su hijo Richard –que todavía era un bebé– en navidad. Koestler y Orwell se habían acercado mucho en los dos últimos años: ofrecían advertencias paralelas sobre la amenaza soviética y tomaban los mismos temas en sus artículos políticos. Orwell había invitado a Koestler a escribir reseñas para Tribune y más tarde le pidió que cogiera su trabajo como crítico en el Manchester Evening News, una oferta que Koestler rechazó. Orwell también le había presentado a David Astor, de The Observer, y finalmente le pasó su mensual ‘Carta de Londres’ para Partisan Review. Los dos hombres eran aliados evidentes. ‘Él era un pesimista y yo también’, dijo Koestler mucho más tarde, ‘así que me parecía estimulante y no deprimente estar con él’. Los dos hombres también arrastraban pesadas cargas de culpa personal y social, sentían un odio visceral hacia toda forma de opresión, y habían vivido epifanías políticas en España. Era natural que notaran que se entendían.

También era un secreto a voces que desde la muerte de su mujer, Eileen, Orwell buscaba un sucesor y una madre para su hijo adoptivo y, puesto que Celia [la hermana gemela de Mamaine] se había separado recientemente de su primer marido, Koestler y Mamaine pensaron que la invitarían en navidad y probarían su habilidad como celestinos (esas ideas románticas de un vínculo familiar apenas tenían en cuenta el célebre carácter obstinado de Orwell o la legendaria quisquillosidad de Koestler). Koestler pudo observar el inflexible carácter de Orwell el día de su llegada. La obra de teatro de Koestler Twilight Bar había aparecido en agosto, con respuestas menos que entusiastas. Y la reseña de Orwell en el número de diciembre de Tribune había sido la menos entusiasta de todas. ‘El drama no es el terreno de Koestler’, empezaba Orwell, y terminaba: ‘El diálogo es mediocre, la obra demuestra el espacio que existe entre tener una idea y darle una forma dramática’. El día después de leer esa reseña, Koestler acompañó a Mamaine hasta la estación de tren de Llandudno para recoger a Orwell y Richard y llevarlos en coche a Bwlch Ocyn. Koestler se preguntaba por qué Orwell no había mitigado sus ásperos comentarios con alguna frase positiva y esperaba que Orwell dijera algo en el coche, pero Orwell no dijo nada y avanzaron en silencio. Finalmente Koestler dijo: ‘Escribiste una reseña espantosa, ¿no?’. ‘Sí - dijo Orwell- y es una obra espantosa, ¿no?’.

Koestler pensaba que la rigidez de Orwell tenía que ver con su lucha contra la enfermedad. Una severa autodisciplina le hacía ‘implacable consigo mismo’, y la extensión de esa implacabilidad era una especie de cumplido. ‘Cuanto más cerca estaba alguien de él, con más derecho se sentía a tratar a ese amigo como si fuera él mismo’. Era un código áspero pero Koestler podía entenderlo y respetarlo, y en los días siguientes los dos cruzados alcanzaron una cómoda forma de vida. Un día cuando daban un paseo por el exterior, Koestle atisbó otro lado de la implacabilidad de Orwell, una cualidad que quizá explicara la polémica escena de tortura de 1984. Hablaban de Freud, y Orwell dijo: ‘Cuando estoy en la bañera por la mañana, que es el mejor momento del día, pienso en torturas para mis enemigos’. ‘Es gracioso –contestó Koestler-, porque cuando yo estoy en la bañera pienso en torturas para mí’.

La semana fue un éxito. A George le gustaba Celia, y a Celia le gustaba George. Celia y Mamaine bautizaron a Orwell ‘el burro George’ –por Benjamin, de Rebelión en la granja– y quedaron impresionadas por la destreza con que llevaba a Richard sobre su cintura, y por cómo lo bañaba y cambiaba con total confianza. Koestler estaba menos prendado del niño, que lo distraía subiendo encima de él con sus malolientes pañales, y gateando por la casa y poniéndolo todo patas arriba. Le parecía que Orwell era demasiado indulgente con el bebé. Pero una mañana, cuando el niño se despertó mientras el agotado Orwell intentaba dormir (él y el bebé compartían habitación), Koestler pasó una hora entera haciendo muecas entre los barrotes de la cuna de Richard para que Orwell pudiera descansar un poco”.

5. Orwell y Eliot

T. S. Eliot, director de Faber & Faber, rechazó publicar Rebelión en la granja. Le mandó esta carta el 13 de julio de 1944.

“Estimado Orwell:

Sé que quería una decisión rápida sobre Rebelión en la granja, pero el mínimo son dos directores y eso no puede hacerse en menos de una semana. Pero, ante la importancia de la velocidad, debería haberle preguntado al Presidente que él también le echara un vistazo. Pero el otro director está de acuerdo conmigo en los aspectos principales. Estamos de acuerdo en que es una distinguida pieza literaria; que la fábula está manejada con mucha habilidad, y que la narración mantiene el interés en su propio plano –y eso es algo que han conseguido muy pocos autores desde Gulliver.

Por otra parte, no tenemos la convicción (y estoy seguro que ninguno de los otros la tendría) de que éste sea el punto de vista correcto para criticar la situación política en el momento presente. Es sin duda el deber de cualquier editorial que reclame otros motivos e intereses aparte de la mera prosperidad comercial publicar libros que vayan contra la corriente del momento: pero en cada caso esto requiere que al menos uno de los directores tenga la convicción de que es la cosa que necesita decirse en este momento. No puedo ver ninguna razón de prudencia o precaución para que ningún editor evite publicar este libro –si cree en lo que defiende.

Creo que mi insatisfacción con este apólogo reside en que el efecto es simplemente de negación. Debería excitar alguna simpatía con lo que el autor quiere, al igual que alguna simpatía con sus objeciones hacia algo: y el punto de vista positivo, que considero en general trotskista, no es convincente. Creo usted divide su voto, sin obtener ninguna adhesión compensatoria fuerte de ningún lado –es decir, los que critican las tendencias rusas desde el punto de vista de un comunismo más puro, y los que desde un punto de vista muy diferente, están alarmados por el futuro de las pequeñas naciones. Y después de todo, sus cerdos son mucho más inteligentes que otros animales, y por tanto los mejor cualificados para dirigir la granja –de hecho, no podría haber habido una granja dirigida por animales sin ellos en absoluto: así que todo lo que se necesita (podría argumentar alguien) es más servicio público y más cerdos con espíritu público.

Lo siento mucho, porque quien publique esto tendrá naturalmente la oportunidad de publicar su obra futura; y tengo un respeto por su obra, porque es buena escritura de una integridad fundamental.”

6. Atreverse a estar solo.

Félix Romeo escribió en 2003:

“George Orwell estaba fascinado por el futuro. Creía que en el futuro, si el hombre se hacía consciente de su fuerza, y parabién de sus limitaciones, la tierra podría convertirse en un paraíso. George Orwell odiaba la uniformidad, creía que cada hombre tenía que ser diferente y pensar por sí mismo. A George Orwell le obsesionaba tanto el futuro que cuando adoptó a su hijo hizo que una amiga le realizara una carta astral. George Orwell creía que la pieza imprescindible del paraíso por venir era la libertad individual. George Orwell creía en la democracia. Winston, el protagonista de 1984, se preguntaba para quién estaba escribiendo su diario: ‘Para el futuro, para los que aún no habían nacido’. No es difícil descubrir a George Orwell debajo de Winston. George Orwell sabía que el recuerdo del pasado es frágil y que es muy fácil falsearlo. Escribió de lo fácil que es falsear el pasado en Rebelión en la granja. Y también escribió de lo fácil que es mentir sobre lo que sucede en Homenaje a Cataluña. George Orwell creía que mirando atentamente a la cara de alguien se podía saber qué pensaba: en 1984, es un delito llevar en el rostro una expresión impropia. George Orwell creía que a los 50 años un hombre tiene la cara que se merece. George Orwell no llegó a cumplir los 50 años. George Orwell estaba obsesionado por la figura del chivo expiatorio: cómo algunos inocentes son convertidos en culpables por una mentira. George Orwell escribió sobre una distopía porque creía que en el futuro no habría gobiernos terribles. Winston, el protagonista de 1984, se defiende en un interrogatorio: “Es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la crueldad. No perduraría”. George Orwell creía que era necesario escribir sobre la verdad, y creía que era fundamental atreverse a estar solo."