Ganaron los blancos | Letras Libres
artículo no publicado
Gage Skidmore/Flickr

Ganaron los blancos

Con sus jeremiadas en contra de hispanos y musulmanes Trump le dijo a los estadounidenses blancos que sus miedos y su enojo estaban justificados. Y que ese miedo y ese enojo deberían ser el motor de la política.

Cerca de las 11:30 de la noche del martes, salí de los estudios de CBS News en Nueva York para caminar y hablar por teléfono con mi esposa. Hablamos acerca de la posibilidad muy real de tener a Donald Trump como presidente. Hablamos, solo por hablar. Pero no hablamos por mucho tiempo. Teníamos trabajo que hacer. Yo tenía que escribir. Ella tenía que descifrar qué decirle a sus estudiantes, muchos de ellos hispanos, la mayoría hijos de migrantes.

En el camino de vuelta, pasé junto a dos policías que conversaban. Estaban afuera del edificio, eran afroamericanos. Y por una necesidad de seguir hablando, me acerqué y me uní a su conversación. Ninguno de los dos me cuestionó o me pidió que me alejara. Al contrario, me invitaron a compartir penas con ellos.

“No puedo creerlo. Simplemente no puedo”, dijo uno de los policías, el más joven de los dos. El otro solo meneó la cabeza. Le pregunté al joven qué pensaba de todo esto –del presidente Donald Trump. “Es profundo, hermano. Esto está muy profundo. ¿A quién se supone que debo de proteger ahora?” Miró su uniforme. “¿Por qué traigo esto puesto?” No hacía falta que explicara más. El Donald Trump que ganó la presidencia el martes es el Donald Trump que exigió la ejecución de cinco niños acusados falsamente de un crimen. Es el Trump que hizo campaña bajo el lema “ley y orden”. La era de Trump será la era en la que la policía puede actuar con impunidad. Y como oficial afroamericano, él sabía quizá mejor que nadie, que seremos las personas como nosotros —los de tez oscura— quienes recibiremos el golpe de esa impunidad.

Los expertos y los observadores le atribuirán la victoria de Trump al “populismo” o a su mensaje “antielite”. Es un sinsentido. Trump hizo campaña como un nacionalista que peleaba a favor de los blancos en Estados Unidos. Se negó a reconocer la legitimidad de Barack Obama; hasta el final lo siguió caracterizando como una especie de usurpador de la autoridad veraz. Cuando se plantaba frente a los fétidos pantanos de la reacción blanca –de los supremacistas y nacionalistas blancos y los antisemitas– les hizo un guiño y ellos, en respuesta, ellos aplaudieron. Y con razón.

Más que nada, Trump promete una restauración de la autoridad blanca. Después de ocho años de un presidente negro –después de ocho años en los que los Estados Unidos cosmopolitas  consolidaron su poder y su influencia, ocho años en los que las mujeres se abrieron camino y los negros declararon que sus vidas importaban– millones de estadounidenses blancos dijeron: “ya fue suficiente”. Ya se hartaron de este mundo y quieren el antiguo de vuelta. Y aunque es tentador considerar todo esto en función de una especie de antielitismo daltónico, eso no da cuenta de la unidad de los votantes blancos en esta elección. Trump no solo ganó a los blancos de clase trabajadora –también ganó a los universitarios y a los acaudalados. Incluso ganó entre los jóvenes blancos. Diecisiete meses despué de que anunció su candidatura, millones de estadounidenses blancos se dirigieron a las urnas para llevar a Trump a la Casa Blanca. Y lo hicieron como una herrenvolk blanca, radicalizada por Trump.

Hay contrarréplica fácil aquí: ¿Cómo puede ser una cuestión racial cuando Trump en esta elección se hizo de votantes de Obama? Hay, para esto, una respuesta fácil también: John McCain atizó los miedos raciales y Mitt Romney coqueteó con el resentimiento racial, pero se negaron a ir más allá. Parafraseando a George Wallace, se negaron a gritar “nigger”.  Esto es importante. Al rechazar la política del racismo explícito y del contragolpe blanco, cambiaron el campo de batalla político hacia preocupaciones más bien no preocupadas con el color de piel. La raza seguía formando parte de estas batallas –es inevitable– pero ni liberales ni conservadores litigaron la idea de una democracia plural y multirracial. Volteando hacia atrás, me parecía que eso significaba que teníamos un consenso. Parece, en cambio, que lo que teníamos era un detente. Y Trump lo destrozó. Con sus jeremiadas en contra de hispanos y musulmanes –con sus visiones de ciudades distópicas y refugiados radicalizados–  Trump le dijo a los estadounidenses blancos que sus miedos y su enojo estaban justificados. Y que ese miedo y ese enojo deberían ser el motor de la política. Trump creó una política tribal blanca, y los blancos la hicieron suya.

Esto es lo que hay que entender: esto ya pasó antes. Diez breves años después de la Guerra Civil, una coalición de antiguos esclavos y campesinos blancos trabajaron juntos para crear una democracia en la antigua Confederación. Con ayuda del gobierno federal, lograron victorias reales y conquistas significativas. Pero sus éxitos provocaron una respuesta negativa de los blancos descontentos, furiosos por tener que compartir el poder con los negros y sus aliados del Norte, al borde del asesinato ante la sola idea de la equidad social. Aquellos blancos pelearon en una guerra contra los gobiernos de la Reconstrucción, y cuando ganaron, declararon que el Sur había sido redimido.

Décadas más adelante, otro grupo de blancos y negros –esta vez en Carolina del Norte– se unieron para derrocar a los reaccionarios y crearon una democracia. Durante unos breves momentos, lo lograron. Trabajando en conjunto, como “fusionistas”, construyeron escuelas, dieron alivio y crearon un gobierno verdaderamente representativo en el Sur. Y llegó la respuesta negativa. Algunos de los blancos abandonaban la supremacía blanca; pero la mayoría no. Usando terrorismo y violencia, derrocaron a los fusionistas y crearon un rígido gobierno de blancos que duraría hasta entrado el siglo XX, desmantelado eventualmente durante la Segunda Reconstrucción, la de los derechos civiles.

En cuanto esa Reconstrucción terminó, hubo de nuevo una reacción negativa. Pero no fue tan fuerte como las anteriores. Aparecieron líderes que si bien reconocían que había problemas de racismo y discriminación racial, utilizaban los miedos y las ansiedades de los blancas Después de años de lucha, habíamos llegado a una especie de acuerdo: creíamos en la igualdad. Y cuando un hombre de raza negra ganó la presidencia –el pináculo simbólico del poder y las prerrogativas blancas– celebramos en común.

Cincuenta años después de que el movimiento de liberación afroamericana obligó a que Estados Unidos honrara sus ideales, por lo menos en papel, queda claro que todo eso fue prematuro. Con la regularidad de un reloj, los estadounidenses blancos hicieron suyo a un hombre que les prometía una especie de supremacía. No hemos salido de nuestro largo ciclo de progreso y respuesta violenta. Seguimos siendo el país que produjo a George Wallace. Somos todavía el país que mató a Emmett Till.

Los estadounidenses son optimistas congénitos, hasta la necedad. Los millones que apoyaron a Trump vieron algo en su talante. Algo que les da esperanza. En cambio, esto es lo que veo yo. Veo a un hombre que empoderó a los nacionalistas blancos y ganó. Veo a un hombre que exige la remoción de todos los inmigrantes no blancos y ganó. Veo a un hombre que ha apelando a cometer crímenes en contra de los enemigos extranjeros y ganó. Veo a un hombre que le da poder a gente como Rudy Giuliani y otros que ven a los negros como crímenes potenciales y no ciudadanos a quienes respetar.

Después de la redención del Sur, los estadounidenses negros –y todos los no blancos alrededor del país– enfrentaron el nadir. Los blancos impusieron nuevos tipos de discriminación y se hicieron de la vista gorda ante los pogroms y el terrorismo racial que estaba lastimando el panorama americano.

Millones de estadounidenses han despertado hoy al inicio de la era de Trump. Yo, y millones que son físicamente parecidos a mí, abrirán los ojos a nuestra segunda redención. Solo podemos esperar –solo podemos rezar– para que no volvamos a un nuevo nadir.

Publicado previamente en Slate