Entre los pinos y el mar: una crónica del Premio Formentor | Letras Libres
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Entre los pinos y el mar: una crónica del Premio Formentor

La escritora Annie Ernaux recibió la semana pasada el prestigioso galardón en una gala en la que también participaron autores como Sara Mesa, Marta Sanz o Manuel Vilas.

El Premio Formentor ha tenido al menos tres vidas: primero, en la década de los cincuenta, fueron unas conversaciones en la isla; después, en la década de los sesenta, se otorgaron dos premios, el Premio Formentor y el Premio Internacional. Desde 2008, impulsadas por la Fundación Santillana, se recuperaron las conversaciones: durante tres días se ofrecen mesas redondas en las que los participantes hablan de algún libro que (más o menos) responde al epígrafe elegido esa edición. En 2011 a la celebración de las Conversaciones literarias de Formentor se añadió la recuperación del Premio Formentor a un escritor de prestigio internacional. Desde entonces, no había premiado a ninguna mujer hasta 2019, que recayó sobre la escritora normanda Annie Ernaux (1940). Ha sido la segunda mujer en recibir el galardón, dotado ahora con 50.000 euros, desde su creación en 1961.

Aunque el premio se falló en Roma, la entrega abrió las Conversaciones Literarias de Formentor 2019, que esta edición llevaban como lema “Monstruos, bestias y alienígenas. Las foscas quimeras de la ilusión”. La primera jornada estuvo dedicada a la entrega del premio y a rendir homenaje a la galardonada. Lydia Vázquez Jiménez, su traductora, y Miguel Lázaro, editor de Cabaret Voltaire, presentaron a Ernaux. De su obra dieron algunas pinceladas los miembros del jurado Basilio Baltasar, Víctor Gómez Pin, Antonio Colinas, Marta Rebón y Elide Pittarello. Rebón y Pittarello dieron algunas claves sobre la escritura de Ernaux; Baltasar destacó el interés de la escritora francesa en la condición femenina; Gómez Pin dijo que “Ernaux es Proust por otros medios”, y Colinas, en cambio, encontró una cierta vinculación espiritual entre Ernaux y Zambrano.

Pero para legos en Ernaux, la mayoría de los allí presentes, no hubo un acercamiento mejor a su obra que el discurso de aceptación. “Me sentí dividida entre el orgullo y un sentimiento de ilegitimidad o, más bien, gracias a la sensación de orgullo, por la que reconocía la justicia del jurado y de su veredicto, intentaba acallar la duda y el temor de mi ilegitimidad. Que el premio, a lo largo del tiempo, haya recompensado a pocas escritoras me situaba, además, en una posición ambigua: la de lamentar la desigualdad anterior con respecto a las mujeres, a la vez que me sentía secretamente valorada como excepción”, leyó Ernaux sobre lo que pensó al saberse premiada.

Y ahí ya hay una parte muy importante de su personalidad como escritora: la duda, la contradicción y la ambivalencia. El privilegio gusta y al mismo tiempo asusta. Y ese doble sentimiento que le produce lo que tiene que ver con sus orígenes, con la relación con sus padres o con su propia escritura es la columna central de sus libros y uno de los objetos de disección. Ernaux acepta un premio así, pero no es falsa modestia ni ingratitud, es la manera de estar en el mundo de quien se usa –su vida, su memoria, sus errores, su intimidad– como catalizador de una época y una sociedad. “Mi orientación tardía pero decidida a los estudios de letras me hizo bascular hacia una existencia en la que la literatura ocupaba el primer lugar, como valor superior a todo, incluso como modo de vida”, explicó Ernaux.

En los diálogos hubo hueco para celebrar los cincuenta años de Anagrama en una mesa en la que Jorge Herralde se hizo acompañar de cuatro de sus fieras –Sara Mesa, Marcos Giralt Torrente, Jordi Gracia y Marta Sanz, de los tres últimos anunció primicias editoriales– para que hablaran de alguno de los libros del catálogo de la editorial, lo que otorgó un plus de unidad a las charlas. En el resto se vio exposición, con más o menos gracia, desparpajo, profundidad, sentido de la puesta en escena, inteligencia analítica, sentido del humor, capacidad para trazar paralelismos con situaciones actuales, pero apenas hubo diálogo. Se echaba en falta más proactividad por parte de los moderadores en ese sentido.

Lo que más impresiona de estas jornadas –más que el mar o el calor húmedo, más que las fotos de las paredes del hotel o más que la fruta que sirven en el desayuno– es la afluencia de público: todas se llenaron, las programadas a las cuatro de la tarde o las que se hicieron sin apenas descanso en la mañana de domingo. De las intervenciones destacaron las de Ana Merino, sobre La novela de Andrés Choz, de José María Merino; la de Manuel Vilas, que hizo un desternillante decálogo sobre Amado monstruo, de Javier Tomeo; la refrescante lectura de Sabina Urraca de Clavícula, de Marta Sanz, y su interpretación como una abducción alienígena; o la afinada lectura de Sara Mesa de Matadero 5, de Kurt Vonnegut. Félix de Azúa, que participaba en la mesa de “Quimeras”, habló de que junto a las quimeras de la revolución siempre nos topamos con el monstruo ideológico. Para restar pesimismo a su charla, al final dijo que la humanidad tenía todavía una posibilidad de salvación: que los robots nos conquisten.

En una esquina de la carpa entre el mar y los pinos había una librería improvisada: se agotaron los libros de Cristina Morales y Marta Sanz, bajaron los montones de Ordesa de Manuel Vilas y de los libros de Annie Ernaux. Los periodistas más avispados aprovechaban para llevarse a un aparte a Antoine Gallimard o a Jorge Herralde, para charlar con Ida Vitale o Laurence Debray. Los escritores se debatían entre la piscina de agua con sal o la carpa donde se celebraban las mesas. Algunos encontraron tiempo para todo.

Las Conversaciones de Formentor tuvieron otra estrella: la poeta uruguaya Ida Vitale, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2018. Vitale, que cumplirá 95 años el 2 de noviembre, hizo uso de la autoridad que le da la edad para mostrarse rebelde ante las preguntas de Aurelio Major y Valerie Miles y llevó la conversación por donde ella quiso. Fue de un primer poema de Gabriela Mistral, oído en la escuela e incomprendido hasta la adolescencia, a las anécdotas de Felisberto Hernández, y de ahí a donde hubiera querido: el público estaba entregado.