Elecciones: la fiesta no se acaba nunca | Letras Libres
artículo no publicado

Elecciones: la fiesta no se acaba nunca

El gobierno de Sánchez ha corrido mucho pero no ha llegado a ninguna parte: ha sido frívolo, ha improvisado y ha dado muchos giros cínicos.

La campaña electoral es una fiesta narcisista, escribió Víctor Lapuente, y eso ha sido básicamente el gobierno de Pedro Sánchez: un prolongado anuncio de sí mismo. No se trataba tanto de hacer como de mostrar lo que se podría hacer con una mayoría.

En su tiempo en el gobierno, analizado por Ricardo Dudda en esta web, Sánchez ha logrado poner algunos temas en la agenda y consiguió fragmentar al independentismo. En buena medida, su tiempo en el gobierno ha sido correr mucho para no llegar a ninguna parte, puesto que el obstáculo inicial (pero, como señalaba Mariano Gistaín, también su principal fortaleza) era su debilidad parlamentaria. La propia velocidad podría disimular los errores (a veces ayudados por los fallos del rival, como en el caso del relator), giros cínicos (de Franco a la polémica migratoria, pasando por la actitud de tolerancia o rigidez frente a las mismas faltas), las ineficiencias, las improvisaciones o las frivolidades casi constantes.

Juan Rodríguez Teruel ha explicado en Agenda pública que algunas decisiones de Sánchez en el PSOE parecían empoderar a las bases, pero sobre todo debilitaban la estructura intermedia del partido. En la presidencia del Gobierno ha mostrado un tono personalista en asuntos importantes y en cuestiones simbólicas, y, señala Teruel, ha montado el primer gabinete que no contaba con rivales dentro del partido.

Además de componentes personales, otras circunstancias explican esta táctica: en primer lugar, su forma de llegar al poder. Como ha explicado Isidoro Tapia, no es solo una cuestión del presidente. La misma tendencia al personalismo la hemos visto en Podemos: el referéndum para aprobar la compra de un chalé, la operación de caudillismo posmoderno de Íñigo Errejón en la comunidad de Madrid. Rivera también centraliza mucho poder en Ciudadanos y apenas son visibles corrientes que discutan sus decisiones.

Hay tendencias estructurales: el hilo rojo de esta crisis es el hundimiento de los partidos, que no han sabido reinventarse frente a la globalización, ha escrito Sylvie Kauffmann. Los partidos tradicionales de izquierda se basaban en parte en la identidad que confería una forma de trabajo casi desaparecida: han perdido la batalla económica. Los partidos tradicionales de derecha han perdido la batalla moral. Como decía Anne Applebaum de la derecha angloamericana, han renunciado a sus valores y no han adquirido otros nuevos: en España, en vez de defender avances que nos han beneficiado a todos, lo que antes era el centro derecha intenta igualar y superar todo exabrupto ultramontano. La llaman derecha sin complejos pero lo que más le falta son escrúpulos e ideas. Las organizaciones sólidas canalizan y moderan las protestas, evitan que caigan en el nihilismo o el maximalismo de la política de movimiento.

Hay otro factor: las nuevas formas de comunicación han incrementado el componente personal de los políticos, igual que ha ocurrido en otros sectores. El ejemplo máximo es Trump, pero también vale para sus rivales. Si los partidos pueden convertirse en agencias de colocación para gente básicamente inempleable, los candidatos son sus propios community managers y la política es un programa de famosos que se emite 24 horas al día siete días por semana.