El peso de la responsabilidad: los intelectuales y la "cultura del zasca" | Letras Libres
artículo no publicado

El peso de la responsabilidad: los intelectuales y la "cultura del zasca"

El papel del intelectual, del escritor, del analista, no puede limitarse a reflejar en la esfera pública las divisiones y rivalidades políticas y sociales y mucho menos a reproducir el extremismo y los delirios verbales.

En El peso de la responsabilidad, el gran historiador británico Tony Judt reflexiona sobre la “irresponsabilidad moral” de los intelectuales, que sitúa desde mediados de los años 30 y a lo largo del siglo XX. Francia y Europa vivieron entonces un periodo en el que las presiones de conformidad política e intelectual fueron inusualmente fuertes, y ocurre que los intelectuales adquieren un mayor compromiso político, per se, que puede tomar muchas formas y obedecer a muchos intereses y modas intelectuales.

Las cosas que eligen para pensar y en las que reflexionan en este periodo son las corrientes e ideologías políticas de la época. Citando a Judt, los que forman parte de estas corrientes estarían comprometidos políticamente, y debido a ello comienzan “a reflejar las fisuras políticas y culturales de su entorno, y hacerse eco de ellas de la manera más convencional, en lugar de contribuir a enderezar la atención nacional hacia otras sendas más prometedoras”.

En este contexto, Albert Camus, Raymond Aron y Léon Blum fueron unas raras avis de su época, pues tuvieron la valentía de defender sus convicciones frente a la visión dogmática dominante. Si bien estos tres pensadores participaban en los debates de la política francesa y europea, sus puntos de vista y sus pronunciamientos estaban frecuentemente en desacuerdo con su tiempo y lugar, e incluso contra su “propio partido”. Eran por tanto hasta cierto punto outsiders, por emplear el concepto del autor.

Según diría Judt, situaron la responsabilidad intelectual por encima del compromiso político, y por ello fueron incomprendidos, silenciados o marginados en ciertos círculos intelectuales de Francia. Todos ellos, lejos de retroceder o dejarse intimidar, criticaron a políticos e intelectuales por su falta de integridad e independencia, por su complacencia ideológica y por falta de valentía moral y responsabilidad.

Otro pensador que reflexiona sobre la responsabilidad del intelectual en la Europa del siglo XX fue Stefan Zweig. En una entrevista en los años de entreguerras, el austriaco se niega a condenar la Alemania de Hitler y contesta, en una declaración elegante aunque para muchos desafortunada: “ser un intelectual significa ser justo, y poder comprender a tu oponente, a tus opositores, a tus adversarios. Un artista, un escritor, puede crear una obra con dimensiones políticas, pero no puede abastecer a las masas con eslóganes”. Zweig sintió que el lenguaje de Schiller, Goethe y Rilke había sido ocupado y deformado por el nazismo. En la misma entrevista agrega: “el pensamiento ‘positivo’, con un fin, no se crea para atacar o dividir, y para crear pensamiento positivo hemos ser capaces de comprender y aceptar la complejidad de las cosas”. Si bien Zweig puede ser criticado por su aparente ingenuidad política, su postura no es una negación del peligro que representaba la Alemania de Hitler, sino que obedece al deseo de no reproducir los esquemas del lenguaje político.

Los acontecimientos e ideas del presente marcan la pauta, conforman la realidad contemporánea, y ciertamente merecen la atención y un análisis riguroso, necesario para estructurar el debate público. Mediante este análisis podemos obtener las claves para comprender e interpretar el mundo contemporáneo, y ciertamente este análisis no debe reducirse ni limitarse a pensar dentro de unas categorías establecidas o a reproducir los esquemas políticos, o los eslóganes y clichés del momento.

En sociedades donde hay presiones de conformidad política e ideológica muy fuertes asistimos a un debate frustrado, fragmentado y dividido que reproduce los mismos esquemas y mentalidades. Es interesante ver cómo estas divisiones estructurales políticas reproducen divisiones paralelas en el debate público.

En la escena VII de Luces de Bohemia el irreverente Valle Inclán plasma a través del redactor Filiberto su visión sobre el periodismo, y aún hoy podría esta imagen tener vigencia: “El periodista es el plumífero parlamentario. El Congreso es una gran redacción, y cada redacción es un pequeño Congreso. El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios, Teosóficamente podría explicárselo a ustedes, si estuvieran ustedes iniciados en la noble Doctrina del Karma.”

Las presiones de conformidad unidas al empleo del lenguaje político en el debate público generan varios efectos indeseados, entre ellos una opinión pública enojada y muy polarizada. Como indicaba Arias Maldonado recientemente, “nuestra conversación pública está dominada por un extremismo declarativo”, y por el empleo de un lenguaje simplista, que invita a posicionarse y a hacer alarde de lengua afilada, agilidad para el ingenio en las conversaciones chisposas, y descalificaciones.

El papel del intelectual, del escritor, del analista, no puede limitarse a reflejar de nuevo en la esfera pública las divisiones y rivalidades políticas y sociales y mucho menos a reproducir el extremismo y los delirios verbales. El sentido exigente de la responsabilidad personal, entendida en una doble acepción de Judt, implica por un lado observar la complejidad del mundo fuera de las categorías establecidas y las gafas ideológicas, y por otro lado, tener la suficiente personalidad e integridad como para, en este ejercicio de observación y crítica, volcar las propias conclusiones, empleando un lenguaje moderado, poniendo la razón y la lógica por encima de la “cultura del zasca”.