El oscuro pensamiento político del redactor de discursos de Trump | Letras Libres
artículo no publicado

El oscuro pensamiento político del redactor de discursos de Trump

El encargado de darle sustento ideológico al discurso de Trump ve a los mexicanos como una amenaza directa a su propia existencia. ¿Se puede hablar de soluciones “ganar-ganar” con quien nos describe como seres de segunda que contaminan la pureza de la América blanca?

Mucho se ha hablado del enorme poder de Steve Bannon, a quien los medios consideran el poder tras el trono de Donald Trump. Pero menos se ha dicho de otro poderoso personaje que opera en las entrañas de la Casa Blanca: el redactor de discursos y asesor presidencial Stephen Miller.

A los 16 años, Miller, entonces un estudiante de preparatoria, escribió una carta al editor del diario local de Santa Mónica, California, llamado “La corrección política está fuera de control”. Ahí argumentaba el daño que hacía la existencia de letreros en inglés y en español en la ciudad, porque “es una muleta que impide que los hispanos se valgan por sí mismos” y “hace que los migrantes parezcan incompetentes” por no saber hablar inglés.

Años más tarde, ya como estudiante universitario en Duke, Miller escribió un editorial sobre el 9/11 en el que insinuaba que todos los inmigrantes son terroristas en potencia: “¿Por qué no podemos tener puertos y aeropuertos seguros? ¿Por qué hay 3 millones de personas que están en Estados Unidos con visas vencidas? ¿Por qué el asesinato de 3 mil personas no es suficiente para sacudir nuestra apatía?”

No es de extrañar que Miller encontrara su primer empleo en política como director de comunicación de Michelle Bachmann, diputada conservadora radical, integrante del movimiento Tea Party y hoy también asesora de Trump. Bachmann tuvo en 2012 una breve precampaña presidencial en la que se dio a conocer por frases como: “¿Sabían que el Rey León es propaganda a favor de los gays para normalizar la homosexualidad?” o “Es una coincidencia que la última epidemia de influenza que tuvimos fue en los 70’s con un presidente demócrata (Carter) y ahora con otro presidente demócrata (Obama) tenemos una nueva epidemia.” Verdaderas joyas de la comunicación política.

Tanto talento no pasó desapercibido por otro personaje: Jeff Sessions, senador de Alabama, ultraconservador y famoso por su postura anti-inmigración. Para Sessions la inmigración –legal e ilegal–causa grandes problemas económicos y sociales en Estados Unidos y la solución es “reducirla o eliminarla”. Sessions fue de los primeros Republicanos en dar su apoyo abierto a Trump y eso le abrió las puertas de la campaña a Miller.

Durante la campaña presidencial de 2016, Miller escribió (bajo seudónimo) en un blog conservador una encendida justificación del trumpismo más descarnado. En ella, apunta que el problema más grave de Estados Unidos es “la incesante importación de extranjeros de países tercermundistas que no tienen tradición, gusto o experiencia en vivir en libertad.” La migración hace que “el electorado sea cada vez más de izquierda, más Demócrata y menos Republicano, y con ello menos tradicionalmente estadounidense en cada ciclo electoral”

¿Por qué el establishment quiere más migración y defiende el dogma de “fronteras abiertas? se pregunta Miller. Su respuesta es clara: “las clases dirigentes santifican la migración masiva” porque “los Demócratas buscan formar una mayoría electoral perpetua” (dado que los latinos y los afroamericanos votan mayoritariamente por ellos). Y la élite empresarial “busca siempre por mano de obra más barata y dócil”. Esto, asegura Miller “es una locura, y es la señal de un partido, de una sociedad, de un país y de un pueblo que desean morir”. Pero aquí aparece el salvador. “Trump es el único candidato a la presidencia en las últimas siete elecciones que ha alzado la voz para decir: quiero vivir, quiero que mi partido viva, quiero que mi país viva, quiero que mi pueblo viva. Quiero detener esta locura”.

La solución de Miller es trumpismo puro: “dejar de importar pobreza, crimen y culturas extranjeras” porque “simplemente construir un muro y aplicar la ley de migración ayudará enormemente a detener el flujo de inmigrantes que perpetúan el separatismo étnico”. Lo mismo, asegura Miller, aplica a las ideas trumpistas sobre comercio y reversa a la globalización: “¿A quién le importa si la productividad cae o si nuestro ya sonámbulo PIB se hunde un poco más en su almohada? Casi todos los beneficios de los últimos veinte años (de libre comercio) se han ido a la élite. En este punto, sería mejor para Estados Unidos dividir más equitativamente un pastel más chico que agrandarlo solo para asegurar que más rebanadas se vayan al gobierno y a las mismas cuatro industrias y 200 familias”. Para el trumpismo, es mejor hundir el barco que seguir dejando que la “mafia en el poder” (Miller le llama la “junta”) se siga aprovechando del país.

¿Es este el pensamiento político pragmático de un negotiator o la programación malévola de un terminator? ¿Se puede hablar de soluciones “ganar-ganar” con quien nos describe prácticamente como seres de segunda que contaminan la pureza de la América blanca? ¿Sirve de algo darle a Trump y los suyos “datos duros” de los beneficios del libre comercio, la migración y la cooperación con México? ¿Hay espacio para el dialogo con quien ve a los mexicanos como una amenaza directa a su propia existencia?

No estamos hablando de un oscuro escritor de panfletos marginales. Estamos hablando del encargado de darle sustento ideológico al discurso del presidente del país más poderoso del mundo. De ese tamaño es el desafío histórico que enfrentamos.