El magufo en jefe | Letras Libres
artículo no publicado

El magufo en jefe

Se desconfía del consenso científico, pero se confía ciegamente en el primer chalado que aparece en internet confirmando más o menos lo que uno pensaba antes.

“Yo me informo y decido”, me decía el otro día en Facebook una persona que había decidido no vacunar a su hijo. Otra madre la apoyaba. En su caso, ella había decidido que la lactancia era la mejor vacunación. Entre las dificultades para que cambiaran de opinión estaba que, desde su punto de vista, la autoridad de las fuentes era de por sí negativo. Que la Organización Mundial de la Salud o la página del ministerio de sanidad explicara los beneficios y la importancia de la vacunación era en sí algo sospechoso.

La mayoría de los profesionales de un campo, que han dedicado decenios a profundizar en su especialidad, tienen algunas certezas pero muchas dudas. Y suelen ser conscientes de las limitaciones de su conocimiento. En cambio, personas que tienen una comprensión muy pobre de la biología o un recuerdo apresurado de la geografía estudiada en el colegio deciden “informarse” y encontrar en unos minutos las manos que mueven los hilos. A veces cuentan que lo han hecho en artículos periodísticos.

Esa incredulidad extrema en las instituciones va unida, como dice Borja Lasheras, a una credulidad extrema. Se desconfía del consenso científico, pero se confía ciegamente en el primer chalado que aparece en internet diciendo palabras aparentemente científicas que puedan confirmar más o menos lo que uno pensaba antes. Se desconfía de los “intereses empresariales” de la prensa occidental, pero se repiten historias de RT, la cadena de intoxicación antioccidental que paga el gobierno ruso. En un lugar el criterio de verosimilitud es altísimo (de hecho insuperable); en el otro, no se requiere ninguna prueba, y los desmentidos solo son el indicio de que, en el fondo, algo se oculta. No se impone otro relato alternativo, sino la idea de que hay trampas en todas partes.

Cuando entrevisté hace años a Emmanuel Carrère le pregunté por algo que aparecía en Limónov: “la tiranía de las mentes sutiles”. Carrère me dijo:

Es un poco irónico, pero también pertenezco a ese mundo y no finjo no hacerlo. Hablo de esa gente de nuestro mundo que piensa que está más informada y es más inteligente que el lector medio de periódicos, y que está obsesionada por la idea de que no le engañen. Normalmente, esas personas tienen visiones muy paradójicas, contrarias a lo que consideran políticamente correcto. Conozco a muchas de ellas; abundaban especialmente tras la caída del comunismo. Tengo un amigo que me dijo completamente en serio: “En Occidente todo el mundo está equivocado con respecto a Putin. En realidad, a Putin no le gusta el poder, lo aburre. Lo que quiere es retirarse a su dacha, con su familia y su perro”. Y me lo decía con toda sinceridad. Es obviamente falso, pero hay gente que preferiría morir antes que decir lo que dicen Le Monde, El País o La Repubblica. Así que había una broma sobre gente que no odio, que son mis amigos, pero a veces son demasiado sutiles. A veces yo soy uno de ellos.

No es nada nuevo. Quizá un hecho llamativo de los últimos tiempos es que partes de este margen lunático han conquistado posiciones de poder. No se trata solo de las peticiones de reconocimiento de la electrosensibilidad por parte de Podemos en el Parlamento europeo ni de que, como me recuerda Javier Salas, partidos políticos mainstream hayan sido a menudo cómplices de las seudociencias y algunas instituciones hayan contribuido a debilitar su propia credibilidad, sino de las mentiras descaradas de la campaña del Brexit o un presidente electo de Estados Unidos que niega el cambio climático, que propone a un miembro del movimiento antivacunas para el comité de seguridad de vacunas e integridad científica, que contradice a las agencias de inteligencia para defender a un país extranjero hostil o que dice a un periodista de la CNN que su cadena es “fake news”: es el magufo en jefe. La autoridad de las agencias o los medios mainstream es un elemento sospechoso y escogemos la mentira que más se parece a lo que ya pensábamos.