El fantasma de Venezuela marca las elecciones en Colombia | Letras Libres
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El fantasma de Venezuela marca las elecciones en Colombia

Las historias políticas y las economías de estos dos países sudamericanos son diametralmente distintas. Pero la debacle social y económica después de 19 años de gobierno chavista se ha convertido en un tema cotidiano en el ciclo electoral del vecino país.

“No quiero vivir como venezolano”. Bajo un horizonte azul cielo, Iván Duque sonríe y –con este mensaje– invita a los colombianos a votar por él este domingo en la primera vuelta de las presidenciales que elegirán al sucesor de Juan Manuel Santos.

Duque –el candidato del expresidente Álvaro Uribe que puntea las encuestas– negó haber pagado esta valla publicitaria, cuyo tono xenófobo despertó controversia después de que apareciera en una autopista de Bucaramanga. El eslogan, sin embargo, caza a la perfección con una de las narrativas que ha dominado toda la campaña electoral: Colombia corre el riesgo de convertirse en Venezuela –argumenta Duque– si no vota por la derecha y en contra de la izquierda.

 

El fantasma del castrochavismo

No es que Colombia sea un espejo del vecino país. De hecho, su historia política y sus economías son diametralmente distintas. Pero la debacle social y económica después de 19 años de gobierno chavista se ha convertido en un tema cotidiano en Colombia por dos razones.

La más obvia: unos 600 mil venezolanos han llegado a Colombia en el último año y medio, desatando una crisis humanitaria sin precedentes en un país que históricamente no ha sido un punto de llegada sido uno de partida. (De hecho, Venezuela acogió a más de 200 mil colombianos que huían de la violencia, según cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica colombiano).

Lo que comenzó hace ocho años como una oleada de jóvenes profesionales cualificados se convirtió hace dos en una desbordada migración de venezolanos de todas las clases sociales y edades. Una cifra tan alta que, como anotaba hace poco el Wall Street Journal, es comparable con la de sirios que solicitaron asilo político en Alemania (600 mil) o la de refugiados birmanos de la etnia rohingya que se encuentran en Bangladesh (700 mil). Hoy dos de cada tres colombianos conocen a algún venezolano que haya venido a Colombia a causa de la crisis de su país, reveló una encuesta hecha en abril por Cifras & Conceptos. 

Hay otra razón retórica, pero aún más ruidosa: en su oposición al gobierno de Santos, el Centro Democrático –el partido político de derecha que lidera el expresidente Uribe– viene advirtiendo desde hace seis años que Colombia corre el riesgo de seguir los pasos de Venezuela si se abre el camino para que gane en las urnas un gobierno de izquierda o “castrochavista”, un neologismo con el que aluden a las no probadas intenciones de Cuba y Venezuela de incidir en la política colombiana.

Ese discurso ha calado entre los colombianos. Otro sondeo hecho en abril por Invamer Gallup mostró que 51% de los encuestados creía que Colombia podría en un futuro repetir la historia de Venezuela y que 38% estaba en desacuerdo con que el Gobierno colombiano acogiera a los emigrados. Hasta ahora solo se han visto incidentes aislados de xenofobia, pero vienen haciéndose más frecuentes.

Ese miedo a un eventual gobierno de izquierda fue uno de los mensajes más contundentes de la campaña que lideró Uribe contra el acuerdo de paz entre Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que culminó con el desarme de 12 mil guerrilleros de ideología marxista-leninista y su transformación en un partido político dentro de la democracia. Impulsado por mensajes como ese y por un resentimiento real hacia las FARC en todo el país, el “No” triunfó en el plebiscito de octubre de 2016 por 54,000 votos (o 0.4%) y obligó a una renegociación que desembocó en un segundo acuerdo de paz.

“Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación […] En la Costa [Caribe] individualizamos el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela”, admitió el exsenador Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña del “No”, en una entrevista que levantó una polvareda en todo el país. Vélez terminó renunciando al Centro Democrático después de que el propio Uribe lo regañara públicamente por “no cuidar las comunicaciones” y el partido abriera un proceso de expulsión.

Ese temor resultó infundado. En su primera salida a las urnas, las FARC se estrellaron duramente: solo obtuvieron 52,532 votos (0.34%) al Senado y 32,636 (0.21%) en la Cámara de Representantes (equivalente a la Cámara de Diputados) y quedaron muy lejos de los demás partidos. Su candidato presidencial Rodrigo Londoño –más conocido por su nombre de guerra, Timochenko– terminó renunciando tras ser sometido de urgencia a una cirugía de corazón, sin superar el 1% de intención de voto o revertir una imagen desfavorable del 84%.

El fantasma castro-chavista, sin embargo, encontraría un nuevo blanco en las presidenciales.

 

La izquierda colombiana renace 

Si las cuestionadas encuestas aciertan en interpretar la atmósfera política en Colombia, el sucesor de Santos se definirá en la segunda vuelta del 17 de junio entre Iván Duque y Gustavo Petro, el popular líder de izquierda y exalcalde de Bogotá que le pisa los talones en los sondeos.

De avanzar Petro, sería la primera vez en la historia que un candidato de izquierda pasa a la segunda vuelta. Su mejor resultado hasta el momento fue cuando el jurista Carlos Gaviria obtuvo 22% de los votos en 2006, porcentaje que fue triplicado por el entonces presidente Álvaro Uribe, quien resultó reelecto sin necesidad de otra vuelta. Esto es, en gran medida, el reflejo del altísimo costo político que supuso por años para la izquierda democrática que existiera un sanguinario grupo armado marxista como las FARC.

El surgimiento de Petro como uno de los fenómenos electorales de la elección reavivó ese miedo a que gobierne la izquierda. Duque, Uribe y todo su partido han intentado pintarlo como un aliado de las FARC y del gobierno venezolano, en un intento por seducir al electorado de centro que decidirá la elección.

“El doctor Gustavo Petro es tan mal administrador como Maduro y tan buen orador como Chávez”, ha dicho varias veces Uribe, quien es muy querido por un sector amplio de la población y demonizado por el otro. “La política de replicar el chavismo, de perseguir al sector productivo, es lo que destruye la economía de un país”, le espetó en un debate Duque, el joven senador de 41 años, inglés fluido y carrera en el Banco Interamericano de Desarrollo con el que el partido de Uribe quiere regresar al poder (el propio expresidente, tras dos períodos en el solio de Bolívar, no puede volver a ser elegido).

Otros cuadros uribistas han ido más lejos. “Santos y las FARC necesitan un tipo mucho más hábil, más ladino, mejor demagogo, más radical pero melifluo, más perverso y comprometido. Y ese tal tiene nombre hace rato: es Gustavo Petro y su candidatura quedó convenida en las conversaciones de La Habana”, escribió –sin prueba alguna– Fernando Londoño Hoyos, un exministro de Uribe que fue director del Centro Democrático y tiene un popular programa de radio.

Vincular a Petro con las FARC es injusto: no solo nunca ha sido cercano, sino que en el pasado los ha criticado duramente como “la degradación de la política”. Tampoco ha tenido vínculos con los gobiernos bolivarianos, aunque le ha pesado haber sido tan tibio en sus posiciones frente a la debacle del vecino país. Solo hasta hace dos meses –presionado por Newsweekcalificó a Maduro de “dictador”, pero se rehusó a hacerlo con Chávez. Y tras los comicios del domingo 20 en Venezuela, Petro cuestionó la legitimidad de la reelección de Maduro, llamándola "un fallo de la democracia"'

El problema de Petro está en su biografía. Sobre todo su paso durante los años ochenta por el Movimiento 19 de Abril (M-19), una guerrilla de izquierda responsable de la sangrienta toma del Palacio de Justicia en 1985, en la que murieron más de 60 personas, incluidos once magistrados de la Corte Suprema de Justicia (entonces el máximo tribunal colombiano).

Petro dejó las armas –y con ellas su nombre de guerra, Aureliano, igual que el coronel de Cien años de soledad– en 1990, convirtiéndose en un firme defensor de los procesos de negociación de paz en Colombia y uno de los congresistas mejor valorados del país por sus debates de control político. Luego fue alcalde de Bogotá entre 2011 y 2015, en un paso por el ejecutivo que resultó controversial por su estilo proclive a la confrontación, su improvisación y su permanente rotación de equipos de trabajo.

 

Adiós al centro

Desde que Petro y Duque ganaron las primarias abiertas de sus partidos en marzo, se catapultaron en las encuestas y vienen centrando sus mensajes en el miedo que genera el contrario.

Así, mientras el primero habla del segundo como un títere que permitirá el gobierno en cuerpo ajeno de Uribe y su estilo autoritario, el segundo ventila el pasado guerrillero, la ideología de izquierda y la presunta afinidad con el modelo venezolano del primero. Además de reforzar esos miedos, Duque y Petro han sabido capitalizar la rabia que –como contó Letras Libres– hay en Colombia: en el caso del primero, contra el gobierno Santos y la paz y, en el segundo, contra todo el establecimiento político.

En medio de esa polarización, se han ido desdibujando los otros tres candidatos ubicados más hacia el centro: Sergio Fajardo (un profesor de matemáticas que llegó tardíamente a la política y lideró la transformación de Medellín), el exvicepresidente Germán Vargas Lleras (un político tradicional que trabajó tanto con Uribe como Santos y era el favorito hasta hace un año) y Humberto de la Calle (un veterano estadista que lideró la Constitución de 1991 y las negociaciones de paz con las FARC).

Todo esto ha llevado a que, con el fantasma de la crisis de Venezuela en primer plano, se esté rompiendo el viejo adagio del sociólogo Hernando Gómez Buendía, según el cual “la gran disputa política en Colombia no es entre izquierda y derecha sino entre la derecha y la derecha extrema”.