El día en que fui a una manifestación a favor de los talibanes | Letras Libres
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El día en que fui a una manifestación a favor de los talibanes

En 2001, durante mi Erasmus en East Anglia, me subí a un autobús que fletaba el Partido Socialista del Reino Unido para acudir a una manifestación contra la guerra de Afganistán.

Se ha dicho más de una vez que el 11-S, del que se han cumplido estos días 15 años, marcó el verdadero comienzo del siglo. Habría puesto fin a las vacaciones de la historia iniciadas con el derrumbe del comunismo. Un repaso rápido -que no puede ignorar genocidios en Ruanda y en la antigua Yugoslavia- hace intuir que había que estar un poco distraído para pensar eso, pero sí supuso un cambio de conversación.

“Solo se debe confiar en la autobiografía cuando revela algo vergonzoso”, escribió George Orwell. Lo que voy a contar es un poco vergonzoso, pero sobre todo estúpido. Cuatro días después de los atentados, fui al Reino Unido para hacer una beca Erasmus en la Universidad de East Anglia.

Era la primera vez que estaba con gente de tantos países. Había muchos Erasmus, pero también estudiante estadounidenses, canadienses y mexicanos. A mi lado había un piso ocupado por egipcios de mediana edad que de vez en cuando me invitaban a tomar el té. Había muchas fiestas y una sensación de guerra mundial inminente. Unas chicas españolas que iban a pasar un fin de semana en Londres se compraron unas máscaras antigás. El periódico del campus, The Concrete, tenía a veces noticias alarmantes, de exestudiantes de la UEA que ahora, de regreso a sus países, se dedicaban a fabricar armas de destrucción masiva.

Poco después de llegar, Heraldo de Aragón me pidió un artículo sobre el clima tras los atentados. Me acuerdo de que en una de esas fiestas yo iba preguntando a la gente. Hablé con un alumno de Development Studies y un chico de Nueva Jersey cuya madre trabajaba junto a las Torres Gemelas, lo que hizo que me preguntara si el nativo más famoso de Nueva Jersey, Bruce Springsteen, haría un disco sobre los atentados. (Lo hizo.)

Me hice amigo de un chico asturiano, Gaspi. Era muy despistado y simpático, y fue uno de los pocos Erasmus que consiguió suspender todas las asignaturas del intercambio. En una fiesta de las primeras semanas de estancia, Gaspi me comunicó un plan estupendo. Podíamos ir a Brighton por poco dinero, en un autobús que fletaba el Partido Socialista del Reino Unido, una organización trostkista. Era barato, en Brighton había playa, allí Gaspi tenía una prima. Quizá sea relevante añadir que iban unas chicas suecas. Estaban en la fiesta, se lo contaron a Gaspi y luego insistieron en que debíamos ir. El autobús salía en unas horas, de madrugada.

No recuerdo casi nada del viaje, salvo que se me hizo largo, y que en él leí folletos y un ejemplar de The Socialist. En realidad, el objeto del viaje era ir a protestar en el congreso anual del Partido Laborista. Era el congreso en que Tony Blair anunció la intervención del Reino Unido en Afganistán.

Cuando llegamos a Brighton, llovía y parecía haber más policías que manifestantes. En alguna huelga del instituto había visto más gente. Había estado en muchas manifestaciones, pero esta era la más patética. Los manifestantes eran grabados en vídeo, lo que impresionaba. Recuerdo algunas de las consignas, casi siempre dirigidas contra George W. Bush (y su padre). Una era: “George Bush, shame on you, Daddy was a killer too”. Gaspi me preguntaba el significado, yo me sentía bastante orgulloso de entender las palabras.

A Gaspi y a mí no nos apetecía meternos delante de la policía, pero, ya que habíamos ido hasta allí con un billete barato, nos parecía grosero no quedarnos a la manifestación. Estuvimos un rato ahí plantados, sin entrar en la manifestación ni atrevernos a marcharnos. Las suecas se fueron de compras.

Gaspi había quedado con su prima. No todo el mundo tenía móvil y Gaspi, que sí tenía, usaba el suyo como un teléfono fijo, lo dejaba siempre en su cuarto. Había quedado en una plaza. No quiso moverse de allí, y para resguardarnos de la lluvia solo aceptó meterse bajo un árbol: le daba miedo no encontrarse con su prima y, sobre todo, tener que explicárselo luego a su madre. Entre las cosas que aprendí aquel día está que una chaqueta que yo consideraba impermeable no lo era en realidad.

Un par de horas más tarde la prima de Gaspi llegó a la plaza y a partir de entonces todo fue algo mejor: dejó de llover y dimos un paseo por la ciudad. El resto del año uno de los organizadores del viaje me intentaba vender el periódico cada vez que me lo encontraba por el campus o en el autobús. Me reconocía y me decía “mate”, que según un profesor de la carrera podía ser una traducción para “maño”.

Yo entonces no lo sabía, pero después lo he pensado muchas veces: en ese viaje del landismo al pacifismo, lo que estábamos haciendo era ir a una manifestación a favor de los talibanes, o al menos a favor de que se mantuvieran en el poder. En el fondo, la actitud de las suecas me resulta más comprensible. Lo que todavía me cuesta entender es la imagen de los dos idiotas con resaca y bajo la lluvia. Ni siquiera me gustaban especialmente esas chicas.