El corresponsal hace un Sokal | Letras Libres
artículo no publicado

El corresponsal hace un Sokal

La única forma de llegar a la verdad es a través de las mentiras.

“He leído todos los libros y la carne es triste”, escribió Mallarmé. Es, sin duda, una buena frase. Pero, como todas las buenas frases, no hay que tomarla demasiado en serio. Y conforme uno avanza en la edad va viendo que la carne sigue siendo alegre y que, por fatigado que uno esté, siempre llega de pronto un libro que le recuerda la emoción incomparable del descubrimiento, de la absorción en una realidad diferente, de ver una puerta que transporta a otro mundo. Como niño al final de una tarde de juegos, se lamenta de tener que regresar al mundo átono de la realidad y su grisura laboriosa. Esta es la sensación que he tenido al leer este libro, con un título marcado por perturbadores signos de interrogación: ¿España?

Sin duda, la génesis del libro resulta inseparable de su atractivo, y no puede sorprendernos que haya producido una apabullante cantidad de reflexiones en forma de columnas, artículos e incluso un rap. A fin de cuentas, trata de un tema siempre inacabado, siempre pertinente: la relación entre la realidad y la ficción, entre la literatura y la prensa. Y, por supuesto, los condicionantes del mercado y las expectativas.

Como ustedes saben, su autor es, o era, un corresponsal, un periodista de postín en un medio respetado. Uno de esos periódicos que son, o eran, modelos de rigor, referentes mundiales, núcleos que irradiaban autoridad. Entre los elementos subversivos de nuestro autor, de todo lo que se cuenta en ¿España?, está la capacidad de haber mostrado, como hicieron en su momento Alan Sokal y Jean Bricmont al desvelar la flatulenta vacuidad del posmodernismo, que el rey está desnudo. Para algunos, ¿España? ha sido una broma, y esa calificación les daba la excusa para despreciarla. Esto, evidentemente, es un error: hay bromas geniales. Pero ¿España? ha sido algo mucho más clásico y a la vez intemporal. Ha sido, antes que nada, una gran novela.

¿Cómo se conocieron? Por accidente, escribe Diderot en Jacques el fatalista. Pues un poco eso fue lo que sucedió. Ralph, como tantos otros a su edad, no había llegado a la treintena, soñaba con ser novelista. Había estudiado escritura creativa en algunas de esas universidades anglosajonas donde se cree que se puede enseñar a escribir. Vivía aquí, en la calle Salitre de Lavapiés: en ese momento una buena familia estadounidense podía pagar un alquiler a un hijo desprovisto de sentido práctico y cargado de sueños. Un mes de agosto, jugando con los géneros y las expectativas, decidió mandar un texto distópico para la sección de relatos de verano. Era -¿hace falta que se lo diga?- un medio de referencia y, juiciosamente, Ralph no tenía muchas esperanzas de que lo publicaran. Lo hizo sobre todo porque otro de sus amigos -autor ahora de dos estimables poemarios, pero vamos a centrarnos en lo que estamos- también se prestó, y porque le divirtió imaginar una hambruna apocalíptica. Su sorpresa se produjo a los pocos días, cuando encontró su texto en portada y su propio nombre firmando, con la ubicación: Madrid, Spain.

El responsable de internacional del periódico lo llamó y le dijo que en Estados Unidos preocupaban mucho la crisis del euro y España, y que les interesaría tener un cronista en el lugar, alguien además capaz de retratar con esa viveza historias estremecedoras. Le pedía que siguiera escribiendo sobre la carestía y él publicó unos cuantos artículos. Era, sin duda, algo con lo que sueña cualquiera que se dedique a este oficio. El único problema es que él no era un periodista sino un escritor, un narrador de ficciones.

¿Tenía sentido decirle a un editor, el responsable de la sección de internacional más prestigiosa del mundo, que todo era un malentendido, que no había captado referencias obvias? ¿Cómo decir eso sin resultar ofensivo? ¿No sería mejor callar y seguir?

A partir de ese momento, Ralph se convirtió en un periodista de referencia. Algunos de sus textos estremecieron a lectores de todo el mundo. Estaba, por ejemplo, Maruxa, la anciana casada con un maltratador franquista de cuya pensión vivían sus tres hijos. Estaba también Carmiña, viuda de un marinero intoxicado por una fuga de fuel y desahuciada porque su nieto había avalado una hipoteca con su piso. O la conmovedora historia de Bruno, el perro pastor catalán que sufría el maltrato de los podencos castellanos de su jauría. Un perro de aguas andaluz, protegido por los podencos, le robaba cada noche su ración. Aquel fue uno de sus grandes éxitos, así como las historias que hablaban de la pervivencia del fascismo, donde siempre deslizaba sutiles referencias a Hemingway y Orwell. El problema que tenía era que le pedían piezas cada vez más impactantes. Tendía a situarlas en Galicia porque allí el estándar de verosimilitud es mucho más bajo. Aun así, había restricciones: descartó unos párrafos en los que describía casos (aislados) de canibalismo en algunas zonas especialmente castigadas, le parecía que era ir demasiado lejos.

¿Por qué siguió publicando en esta sección de internacional? Frente a lo que dicen algunas malas lenguas, no fue por ambición, dinero o vanidad. Estaban todos esos factores, pero en un primer momento fue sobre todo por no quedar mal: por delicadeza. Más tarde, no obstante, había una cierta justificación, que quizá ustedes puedan preguntar luego hasta qué punto es convincente, un propósito moral: ¿no se hablaba tanto de la exquisitez del periodismo, del rigor de los medios estadounidenses? Pues ahí estaba él, colando bulos un día sí y otro también, sin que nadie pareciera darle mucha importancia.

Y, finalmente, estaba sobre todo su objetivo: escribir una gran novela. Una gran novela española. Una distopía que fuera al mismo tiempo un fresco y una propuesta. Donde, si era necesario, él fuera una especie de narrador testigo y donde los incidentes rocambolescos de su propia vida estuvieran también al servicio del relato. Algunas de las manifestaciones de indignación que sufrió resultan ahora irrisorias. Pero ¿no lo resultan también las ofertas de los cuerpos diplomáticos y paradiplomáticos que ofrecían recompensarle para debilitar a España (primero), para desestabilizar Europa (después) y (finalmente) de nuevo para atacar a España con el propósito de provocar reacciones airadas de los tuiteros españoles, que solo saben defender la imagen de su país llevándole la contraria a un extranjero? Como cuenta Ralph en las notas a pie de página del libro, al final algunos de los servicios secretos no creían que no cobrara de los otros, y pensaban que su negativa honesta era solo un intento de subir el precio.

Por tanto, ya sabemos lo que Ralph no es: no es un periodista y no es un tramposo. No es ni siquiera un corrupto, desde luego no más que usted y yo. Nos fascinan los impostores porque todos somos en alguna medida impostores: no por lo que tienen de mentira, sino por lo que tienen de descaro. Todos mentimos, todos somos impostores a tiempo parcial. Ellos lo son a tiempo completo. Son lo que quieren ser y por eso, en cierto modo, nada hay más auténtico que un impostor.

Ralph solo accidentalmente es un defensor del periodismo riguroso, aunque sea a través de su negación. En realidad, es sobre todo un artista. Un novelista. Un creador de ficciones. Para algunos, esto es una traición a su oficio. Para mí es una prueba de su talento. Cuando todo el mundo haya olvidado a Sánchez, a Casado, a Rajoy y hasta a Felipe González, recordarán a Maruxa, pelando patatas frente a una cocina de gas mientras la lluvia fría empaña los cristales de una hoja; pensarán en Bruno, marginado por otros perros y que te mira con unos ojos de “particular elocuencia”; en Lucía, la joven activista que le dijo, una tarde cerca del Palacio Real, que España es un país donde si eres mujer “la vida no vale nada”.

¿Importa mucho que sean reales o no? Bueno, importa en la medida en que ejerzan efectos reales, en que provoquen cambios en el mundo. Con un libro como ¿España? sabemos que hemos llegado un poco más lejos. Diré incluso que este es el libro que hay que leer para entender este país. Los datos, los detalles, las frías cifras pueden ser engañosos e imprecisos y al final tampoco dicen mucho. Sin embargo, muchas veces hemos visto que nada como la ficción ayuda a entender los verdaderos traumas, las pulsiones de la sociedad, esa vida privada de las naciones que decía Balzac. La única forma de llegar a la verdad es a través de las mentiras.

Este texto es una sátira.