El ciudadano desencantado: poder, identidad y tribu | Letras Libres
artículo no publicado

El ciudadano desencantado: poder, identidad y tribu

La obsesión con las relaciones de poder y las identidades colectivas dificultan la creación de un relato común para la izquierda del siglo XXI.

Jonathan Haidt, psicólogo social estadounidense y profesor de liderazgo ético en la Universidad de Nueva York, señalaba en “La era de la indignación” publicado en el número de febrero de Letras Libres, que “cuando yo estudié en la universidad de Yale (…) podía pensar en las cosas como un utilitario o un kantiano, un freudiano, un behaviorista, como un informático o un humanista. Me dieron muchas lentes que aplicar a cualquier situación. Pero ahora los alumnos (...) solo reciben una lente –el poder– y se les dice que la apliquen a todas las situaciones”.

Haidt continúa diciendo que esta teoría no es educación, sino “una visión paranoica del mundo que separa a la gente y los manda por el camino de la alineación, la ansiedad y la impotencia intelectual”. Si atendemos al último resurgimiento de esta “teoría del poder”, coincidente con la crisis económica, podemos deducir que fue esta la principal causa que desató la indignación ciudadana que hizo saltar a muchos del sillón y manifestarse para “destruir el sistema” y reparar las injusticias, generando movilizaciones ciudadanas en muchos países, la creación de nuevos partidos y el resurgimiento de fenómenos políticos adormecidos como el populismo y los nacionalismos.

En cuanto a las relaciones de poder, desde el punto de vista de los teóricos de las redes, decir que en nuestras democracias liberales solo existen relaciones de poder es falso. En The Square and the Tower Niall Ferguson explica las distintas variables de redes, y muestra que las relaciones de poder o estructuras de poder (las jerarquías) no son más que otro tipo de red organizativa. Ferguson dice que pocas estructuras de poder han alcanzando una red de poder jerárquico perfecto, pero una de las que más se acercaron fue la URSS, con Stalin.

No es esta la estructura de nuestras democracias liberales, si bien existen injusticias estructurales. Joseph Stiglitz señalaba en un artículo reciente algunas de ellas: “la desigualdad está aumentando y especialmente en las economías avanzadas, la revolución digital, a pesar de su potencial, también conlleva riesgos graves para la privacidad, la seguridad ciudadana, el empleo y la democracia, y otros desafíos se ven agravados por el creciente poder monopólico de unos pocos gigantes de datos estadounidenses y chinos, incluidos Facebook y Google”.

Para explicar cómo opera este mecanismo por el cual un ciudadano adopta exclusivamente estas lentes de poder, hay que partir de su resentimiento o indignación. Es interesante leer a Trent Eady, un activista queer que Haidt cita y que publicó un interesante ensayo titulado “Todo es problemático, mi viaje al centro de un oscuro mundo político y como escapé”. En él, narra su experiencia como activista en Canadá, e identifica cuatro rasgos esenciales de la “cultura de indignación” propia de grupos y organizaciones de izquierdas radicales: dogmatismo, pensamiento grupal, una “mentalidad de cruzada” y antiintelectualismo.

Según Eady, una “mentalidad de cruzada” hace que rápidamente se divida al mundo en dos grupos antagonistas: justos e injustos, buenos y malos, la casta y los ciudadanos... El peligro de esta mentalidad, que otros denominan binaria, es que convierte al mundo en una batalla entre el bien y el mal y lo simplifica. El dogmatismo surge cuando uno cree que estando en posesión de estas ideas conoce “la verdad”. Algunos activistas, cuenta Eady, “creen que no es necesario juzgar un tema sobre la base de sus argumentos”. Bajo esta teoría, explica, “el rasgo que define la membresía grupal de una persona se trata como una fuente de conocimiento ético innato”.

En mayor o menor medida, estos grupos crean sujetos políticamente activos que se encuentran comprometidos con sus propias creencias y con su grupo, desarrollando así una expresión identitaria. Al emplear las lentes del poder (opresores contra los oprimidos) esta sociedad se conformaría potencialmente de guetos identitarios de minorías históricamente oprimidas (mujeres, afroamericanos, latinos, inmigrantes de segunda generación, LGTBI…) que defienden su causa particular.

Esto nos lleva a Mark Lilla, uno de los principales críticos de la política identitaria. Su controvertida tribuna en el New York Times criticaba que los liberales en Estados Unidos tienen una “obsesión” por los intereses particulares de grupos específicos en detrimento de un concepto de ciudadanía más abarcador y unitario. “A una edad muy temprana, nuestros niños son alentados a hablar sobre sus identidades individuales, incluso antes de que las desarrollen”, critica Lilla. Estas sociedades segregadas en función de su adhesión a grupos identitarios crean individuos con una fragmentada visión de la realidad, y su identidad se basa más en lo que los separa, y no lo que los une, al resto de los ciudadanos. Lilla desarrolla estas ideas ampliamente en su último libro The Once and Future Liberal, que saldrá en mayo en español en Debate.

La fascinación por el drama identitario y el drama del poder van ganando peso en las sociedades contemporáneas, y hay una cohesión más lograda por la vía de la confrontación que por la del acuerdo, lo cual refuerza el antagonismo intergrupal entre los ciudadanos que no piensan de la misma forma o no pertenecen al mismo grupo identitario –las “guerras” de identidad–.

El estudio de las emociones y sentimientos humanos puede explicar el éxito de las políticas de identidad y las políticas populistas al mismo tiempo. En La democracia sentimental Manuel Arias Maldonado señala la importancia de las emociones en la conducta social, que muchas veces pasan a un primer plano. “La cohesión comunitaria puede reforzarse con la estimulación de emociones fuertes dirigidas a reforzar el antagonismo intergrupal”. El autor pone en el foco el papel del odio como sentimiento unificador, “de cohesión ad intra y de antagonización ad extra entre ideologías y entre miembros de una misma nación o diferentes naciones”.

Quizás hay que comenzar por reparar ese sentimiento de indignación ciudadana, la “crisis de apego y confianza” que menciona Mark Lilla en su libro, y que implica en definitiva la pérdida del “nosotros”, de lo que une a la ciudadanía, más la pérdida de la confianza de los ciudadanos en un futuro mejor. El autor comenta: “mi frustración tiene su origen en una ideología que durante décadas ha impedido que los liberales desarrollaran una visión ambiciosa de Estados Unidos y su futuro que inspiraría a ciudadanos de todos los ámbitos y en cada región del país”.

La reacción violenta contra los gobiernos, contra la globalización y contra el propio capitalismo exige una respuesta imaginativa y ambiciosa. Es necesario recuperar la confianza ciudadana y el sentimiento unitario y desarrollar un proyecto común. Merece la pena recordar estas palabras de Abraham Lincoln: “El sentimiento público lo es todo. Con él, nada puede fallar; contra él, nada puede tener éxito. Quien moldea el sentimiento público va más allá que el que promulga los estatutos o pronuncia decisiones judiciales.”