Democracia o dictadura: ¿qué funciona mejor? | Letras Libres
artículo no publicado

Democracia o dictadura: ¿qué funciona mejor?

Las empresas estadounidenses están gestionadas como el Partido Comunista: son jerárquicas y dictatoriales. Pero la alternativa de organizar el trabajo siguiendo principios democráticos no es eficiente.

Hace unos días, en respuesta a algo que escribí en Twitter, un amigo tuiteó la ocurrencia de Oscar Wilde que dice que “el problema del socialismo es que ocupa demasiadas tardes”. Y, aunque Wilde escribió mucho antes de que el socialismo se implantara en ningún lugar, y a pesar de que parece un comentario inteligente, creo que hay algo más: como muchos artistas, Wilde capturó la esencia de las ventajas e inconvenientes de un sistema político y económico incluso antes de que se hiciera realidad. ¿Cómo es posible?

Cuando llegué a los Estados Unidos desde el mundo gestionado por los trabajadores de la Yugoslavia de Tito, me sorprendió cómo los estadounidenses aceptaban como “normales” las relaciones tan fuertemente jerárquicas y cuasi dictatoriales del mundo empresarial. Más o menos esperaba que los trabajadores tuvieran algo de poder a la hora de elegir a sus “gerentes” (en realidad, durante mucho tiempo, me costó incluso adivinar quién es exactamente un “gerente”), pero estaba claro que no. Las promociones y ascensos se realizaban mediante cooptación o incluso nombramiento directo de los de abajo por los de arriba. Y, por supuesto, la dirección la seleccionaban los propios dueños. Así que el sistema era completamente vertical: los de arriba elegían a los de abajo.

Era un sistema sorprendentemente similar al sistema político del que venía. Allí también el Comité Central cooptaba a sus nuevos miembros; estos seleccionaban a sus sustitutos y así hasta los niveles más bajos de la célula del Partido Comunista. Formalmente, las empresas estadounidense estaban organizadas como el Partido Comunista. En ambos casos, por parafrasear a Bertold Brecht, el liderazgo seleccionaba a sus empleados, o a sus ciudadanos. En un caso la dictadura era en la esfera social, en el otro en la esfera laboral.

La democracia que en EEUU existía en la esfera social (con los niveles más bajos eligiendo a sus propios “gerentes” políticos) era replicada en la Yugoslavia de Tito en el espacio de trabajo, con trabajadores que elegía a sus propios consejos de trabajadores que a su vez a los directores (excepto en iniciativas consideradas de especial importancia donde el sistema de arriba a abajo del Partido Comunista hacía nombramientos).

Así que había dos sociedades con esferas clave de la actividad humana (social y laboral) organizadas según principios exactamente opuestos. Una de ellas ganó, la otra perdió. La que perdió lo hizo porque organizar la esfera del trabajo siguiendo principios democráticos no es eficiente. Cuando lo haces, dedicas una enorme cantidad de tiempo a los detalles más ínfimos del trabajo, el salario, las vacaciones, las bajas por enfermedad, el derecho a días de asuntos propios, horas o minutos extra, limpiar los baños, el suministro de papel, etc. Los departamentos académicos en Estados Unidos son lo más cercano a la organización del trabajo tal y como existía en la Yugoslavia socialista. Y pocos dirán que los departamentos de las universidades se organizan de manera eficiente. Las personas que tiene éxito en esos contextos organizacionales son aquellas que no están interesadas en trabajar en absoluto, sino en debatir cada tema hasta que los demás se rinden agotados. Tienen paciencia para aguantar más que nadie en interminables discusiones y negociaciones. No hay problema suficientemente pequeño que no quieran discutir ad nauseam. Obviamente, bajo esas circunstancias no se consigue hacer casi nada.

Pero ¿no existe el mismo riesgo en el espacio político? Las iniciativas ciudadanas, los referéndums y contra referéndums, las querellas y contra querellas, ¿no suponen el mismo riesgo que identificó Oscar Wilde: que los ciudadanos normales no tienen tiempo o no les importan esas cuestiones y por lo tanto la decisión última la toman aquellos con la mayor paciencia, los que no tienen otra cosa que hacer que meterse en estas “consultas”?

En el mundo profundamente comercializado de hoy, en el que cualquier minuto cuenta y se analiza en términos de ingresos perdidos (puedes escribir blogs por dinero, o estudiar para un examen, o conducir Uber, o cobrar a tu vecino por sacar a su perro de paseo), el compromiso social está casi necesariamente capturado por ONGs profesionales (me he dado cuenta de que muchas ONGs tienen presidentes que, a juzgar por su número de mandatos, se acercan a Mugabe y Mubarak, pero, al contrario que esos ilustres líderes, no pueden ser derrocados por sus desgraciados electores).

Aquí es donde entra el capitalismo político más tecnocrático al estilo de China o Singapur. Lo que defiende este modelo es que la misma organización eficiente y dictatorial que existe en la producción de teléfonos móviles debería extenderse a la esfera política. Sostiene que las dos esferas son básicamente la misma. En ambas se alcanza la eficiencia a través de actividades con un objetivo muy claro y estrictamente técnicas, y no deberían estar sujetas a la aprobación constante de los trabajadores o los ciudadanos.

Si estas sociedades insisten en superar a las sociedades donde la esfera social se organiza de manera democrática, creo que es indudable que su atractivo será tal que, en cien años, la idea de que en una sociedad compleja las decisiones deben tomarse a través de un voto democrático será para muchos algo pintoresco. Igual que hoy nos parece algo pintoresco pensar que hubo gente que pensó que una decisión sobre lo que una empresa debería producir supuestamente tenía que hacerse por el voto mayoritario de los trabajadores.

Traducción de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor: glineq.blogspot.com