Criaturas identitarias | Letras Libres
artículo no publicado

Criaturas identitarias

En las democracias liberales, el debate público se asentaba sobre los valores básicos de la honestidad y la racionalidad, pero esto está cambiando.

“Lo que de verdad da miedo del totalitarismo no es que cometa “atrocidades”, sino que ataca el concepto de verdad objetiva: pretende controlar tanto el pasado como el futuro”.

Sustituya populismo por totalitarismo, y esta frase de George Orwell seguirá siendo actual. La distorsión de la verdad no es una característica exclusiva de los regímenes totalitarios. No hace falta desmantelar la democracia o aniquilar la libertad de expresión para que un régimen o un partido político impongan su ideología, su discurso o su versión de los hechos; hay formas más sutiles de hacerlo.

En una entrevista reciente, Steve Bannon, el exasesor de Trump, decía que ahora en Estados Unidos la sociedad está bastante dividida, y que eso es “sano”. Su explicación: “somos una nación madura, y nos gusta la batalla política, hemos cambiado la dinámica de este país”. Un grupo de economistas de Harvard que ha analizado las consecuencias de la polarización política cree que esta división no solo se libra en el campo de la opinión, también en percepción de datos y hechos objetivos: los votantes de diferentes partidos tienden a diferir bruscamente en su percepción de verdades objetivas. Los grandes consensos sociales se diluyen, se comienzan a generar distorsiones cognitivas. Este tipo de polarización en la percepción de hechos objetivos es característico de las políticas populistas e identitarias.

En las democracias liberales, el debate público se asentaba sobre los valores básicos de la honestidad y la racionalidad, pero esto está cambiando. El pluralismo político, si se ejerce respetando una base común mínima, es sinónimo de una sociedad madura y plural. Pero si no se respetan las premisas básicas de debate, si la verdad es subjetiva y maleable, entonces estamos hablando de otra dinámica de comunicación, más conocida como manipulación. El populismo y las políticas identitarias han propiciado esta nueva dinámica de comunicación, que está siendo adoptada en mayor o menor grado por partidos tradicionales, asimilada y naturalizada en el debate público.

El líder populista consigue inculcar su ideología una vez que el votante acepta un único marco para interpretar la realidad, unas únicas gafas. El populismo y la política identitaria evocan exactamente lo contrario de lo que debería ser una educación liberal, que permite analizar los hechos sin identificarse con ellos (lo que Bertrand Russell denominaba una “búsqueda tranquila de la verdad”) y al mismo tiempo da herramientas para analizar y comprender la realidad desde múltiples perspectivas, como explica Jonathan Haidt, experto en psicología moral y coach político. El populista interpreta la realidad desde un único punto de vista y extrapola este marco para comprender todas las situaciones. “Cada situación se analiza en términos de las malas personas que actúan para preservar su poder y privilegio sobre las buenas personas. Esto no es una educación", dice Haidt, que compara la política identitaria con una secta.

Ya se ha analizado ampliamente este marco de pensamiento identitario: dogmatismo, pensamiento binario, una “mentalidad de cruzada”, fanatismo, partidismo... Los hechos difícilmente pueden rebatir o extirpar la poderosa fascinación que ejerce una interpretación de la realidad particular, y esto es así porque la “verdad” del populista y del político identitario es “absoluta”; su drama particular impregna la realidad misma. En un Gobierno identitario o sostenido por partidos identitarios, este tipo de mentalidad cruzada se emplea contra la oposición, y oposición es todo aquel que no acepta su marco de pensamiento y su visión reduccionista de la realidad.

A partir de esta “verdad absoluta” se crea una complicidad entre el líder identitario o populista y el votante, dado que hablan “el mismo idioma” e interpretan el mundo desde una única y misma perspectiva. Jan-Werner Müller, filósofo político alemán de la Universidad de Princeton, aporta un ejemplo muy claro para ilustrar el imaginario populista; el eslogan de campaña del Austrian Freedom Party: He thinks like us. “Nadie sabía lo que pensaba ese candidato exactamente, pero todo el mundo sabía el tipo de cosas que pensaba”, dice Müller. Lo importante es que el líder populista comparte esa complicidad con su electorado, que puede aludir a un drama real o imaginario. A partir de ahí, los hechos y las verdades objetivas dejan de ser relevantes; la verdad se compra y se vende, se moldea y se diluye.

Además del marco de pensamiento para interpretar la realidad, hay que analizar la manipulación del discurso identitario. Existen hoy en día formas muy sofisticadas de manipulación, poco dramáticas si las comparamos con la propaganda de sistemas totalitarios, pero bastante destructivas. Este tipo de discurso polariza, pone en duda y manipula ya no solo la veracidad de datos o de hechos concretos, sino la legitimidad de un sistema de creencias, experiencia, memoria y emociones, que desempeñan un papel importante en las decisiones que tomamos.

A algunos populistas se les podría acusar de un tipo muy específico de manipulación: el gaslighting (término adoptado de la obra de teatro de 1938 Gas Light y sus adaptaciones cinematográficas), proceso en el que una persona o un grupo siembra de forma encubierta dudas en un individuo, haciéndole cuestionar los hechos, y hasta su propia memoria, percepción o juicio; a menudo generando disonancia cognitiva. Algunos de los trucos clásicos de gaslighting son socavar la perspectiva del interlocutor, controlar el tema de conversación y negar la verdad de un hecho objetivo. Siempre que un periodista o especialista entrevista a un líder populista se encuentra “atrapado” en este tipo de dinámicas de comunicación/manipulación. El resultado: lo que empieza como una entrevista acaba convirtiéndose en un juego de manipulación sutil.

El lenguaje del líder populista es gaslighting y sus mentiras emotivas son señales de que estos políticos no están sujetos a las normas habituales del debate democrático liberal. Para comprender por qué los votantes creen en las mentiras de los políticos y por qué se dejan engañar repetidamente por ellos, o por qué no “castigan” estos comportamientos hay que conocer el mecanismo por el cual el gaslighting va creando disonancias cognitivas en el electorado.

No es necesario vivir bajo una dictadura o un sistema totalitario, ni que se imponga una ideología determinada: basta con que haya personas que sean fácilmente manipulables y sugestionables. Tampoco hace falta que un político sea un autócrata para desarrollar estrategias de manipulación y de distorsión de los hechos, de hecho cada vez más partidos adoptan estas dinámicas. El resultado es una ciudadanía polarizada: los votantes del partido en el gobierno y de la oposición de un mismo país parecen vivir en países y realidades distintas, algún despistado hasta parece vivir en el país de las maravillas. El votante cada vez está más polarizado y tiene mayor dificultad para comprender una realidad distorsionada. A menos que la verdad objetiva y el discurso racional se impongan en el debate público, estaremos asistiendo a una peligrosa y nueva “dinámica” identitaria.