Cosmopolitismo en tiempos de crisis | Letras Libres
artículo no publicado
Daniel Gascón

Cosmopolitismo en tiempos de crisis

El cosmopolitismo no está en su mejor momento de popularidad, pero en esta crisis su ideas de interdependencia y solidaridad son fundamentales para frenar el coqueteo con las políticas iliberales.

Hoy en día el cosmopolitismo es blanco de muchas críticas en Europa. El término “cosmopolita” se asocia a veces con las élites, la desigualdad y el capitalismo salvaje. Hoy en día la palabra “cosmopolita” evoca una imagen de gente cool que bebe café en Starbucks, viaja los fines de semana en avión y debería pagar más impuestos. Lo que ocurre con esta narrativa es que es relativa; es una de las actitudes o mentalidades no analizadas, que, diría Doris Lessing, “necesitan ser observadas y repensadas”. Esa confusión es importante, porque el cosmopolitismo europeo se enfrenta hoy al soberanismo, ayudado por lo que Ivan Krastev ha denominado la "mística de las fronteras". Se enfrenta, además, a una crisis de solidaridad entre sus Estados miembros. Una mirada histórica a la génesis del cosmopolitismo en Europa demuestra que este ha sido un vehículo de intercambio cultural, progreso y también en cierta medida un gran igualador.

Europa como espacio de transferencias culturales, revoluciones e intercambios que sobrepasan viejos límites nacionales es el tema de The Europeans de Orlando Figes, que explora la vida de tres artistas e intelectuales a la vez que narra la génesis de la “cultura europea” a lo largo del siglo XIX. Turguénev (1818-1883) es el personaje central de este libro, al igual que la prima donna española Pauline Viardot, íntimamente relacionada con él a lo largo de toda su vida, y su esposo, Louis Viardot, comerciante de arte y activista político. Las vidas interconectadas de este triángulo amoroso se interrelacionan con las de otros poetas, compositores e intelectuales europeos. Turguénev, con la ayuda de los Viardot, se convirtió en la figura principal del renacimiento literario ruso, el gran precursor de Tolstói, Dostoievski y Chéjov.

El cosmopolitismo tiene que ver con la igualdad, al contrario de lo que sugiere la narrativa que lo asocia con el elitismo. Figes consigue dibujar el espíritu igualitario de la tradición cosmopolita liberal del siglo XIX, que permite la identificación de los europeos con ideales más nobles, como la dignidad humana o la idea de cultura como esfera independiente y libre (de la condición económica) para el desarrollo de la personalidad. El cosmopolitismo también desarrolla una mayor conciencia social de las llamadas “clases bajas” gracias a nuevos géneros como el realismo literario, que destruye estereotipos sociales. Según Figes, en el libro de relatos Memorias de un cazador, Turguénev consigue retratar al campesinado no como simples “hombres rurales”, sino como “individuos complejos, pensantes”, superando a Dickens en el retrato psicológico de sus personajes.

El cosmopolitismo también conecta con los principios intelectuales de la revolución. Las revoluciones iniciadas en Francia en 1830 y 1848 y las nuevas aspiraciones políticas e ideas contra el viejo “orden moral” estuvieron íntimamente ligadas a la nueva cultura cosmopolita. Turguénev y los Viardot, protagonistas del libro de Figes, desempeñaron un papel central en los círculos políticos e intelectuales que lideraron estas corrientes liberales desde el principio, junto a compositores, artistas y escritores europeos entre los que figuran Víctor Hugo, Sand, Tolstoi, Dickens, Chopin, Flaubert, Rossini, Liszt, el matrimonio Schumann, Delacroix... Estos círculos se enfrentaron a otras corrientes de anticosmopolitismo y de antisemitismo que comenzaron a surgir acompañadas de una reacción nacionalista de tipo conservador que tuvo bastante fuerza en Alemania.

El cosmopolitismo conforma la génesis de la “cultura europea” (término que se comienza a emplear a finales de siglo) y se sirve del avance del capitalismo para expandir sus ideas. Esta cultura es por tanto el producto de la síntesis del progreso económico y cultural y solo se vería interrumpida de forma súbita con la Gran Guerra y el triunfo del nacionalismo durante el siglo XX, una ideología que Nietzsche denominó “la enfermedad del siglo”. Hoy, el cosmopolitismo parece avanzar de nuevo hacia un turbulento anticlímax en Europa y toman nueva fuerza ideas como el nacional-populismo en sus distintas variantes.

El nacional-populismo, como reacción iliberal del cosmopolitismo, contiene ideas, asociaciones y patrones mentales con raíces muy antiguas, que contaminan los ideales del proyecto europeo y el avance hacia una respuesta solidaria en esta nueva crisis. Estas viejas ideas van y vienen cada cierto tiempo, como un fantasma de toda contrarrevolución surgida en Europa. Quizás, el pensador de la Ilustración Jean-Jacques Rousseau ya lideró en el siglo XVIII esta contrarrevolución iliberal, cuando lanzó su odio hacia la vanidad metropolitana, su desconfianza hacia los tecnócratas y el comercio internacional. Estas ideas hoy pueden triunfar si consiguen crear una versión alternativa a la modernidad y convertirse en sustituto de la igualdad. Oscurecidos por los nacionalistas, los liberales cosmopolitas no deberían dudar en contraatacar y hacer un llamamiento hacia una mayor solidaridad europea.

De algunos rincones de Europa nos llega el olor a moho de viejas ideas desgastadas pero de profundas raíces que crecen en los baldíos y polvorientos eriales del nacionalismo. En esta nueva crisis, debemos poner en valor ideas del cosmopolitismo como la interdependencia y la solidaridad, superando la rigidez de axiomas y fronteras nacionales y el coqueteo con políticas iliberales. Doris Lessing creía que si somos conscientes de algunas asociaciones, falsas dicotomías y pautas de pensamiento, podremos identificarlas cuando surjan en nosotros y en nuestras sociedades: “necesitamos aprender a observar nuestros procesos mentales, nuestra conducta. Tenemos que repensar algunas cosas”.