Cómo la política se convirtió en nuestra identidad | Letras Libres
artículo no publicado

Cómo la política se convirtió en nuestra identidad

En 'Uncivil Agreement' Lilliana Mason pone bajo el foco la convivencia entre las distintas identidades, partidistas y sociales, que conviven en la mayoría de los ciudadanos.

Si encuentra un votante fiel a unas siglas que disfruta compartiendo su tiempo con amigos políticamente “equivocados”, acérquese a él. Aunque le exaspere la “deslealtad” del compañero de filas que señala incoherencias en la doctrina oficial e incluso es capaz de apreciar los aciertos del adversario, cuídelo. La democracia y la armonía social los necesitan. Los primeros son los llamados “transversales”: su mezcla de identidades sociales y políticas hace que sus sesgos y partidismo se atenúen. Los segundos son conocidos como “votantes ambivalentes”: están abiertos a nueva información y meditan sus decisiones electorales. Por desgracia, ninguno de los dos tipos es demasiado propensos a involucrarse en política.

Estas son algunas de las ideas que se desprenden de Uncivil Agreement. How Politics Became Our Identity, donde Lilliana Mason, profesora adjunta en el departamento de gobernanza y política de la Universidad de Maryland, analiza uno de los asuntos centrales de la política contemporánea: el fenómeno de la polarización. Aunque el estudio se centra en la sociedad estadounidense y la aparentemente insalvable distancia que separa a demócratas y republicanos, de él se pueden extraer numerosas lecciones que podríamos aplicar en Europa si queremos tener una visión más completa de los procesos que nos están transformando.

El principal interés del enfoque que aplica Mason radica en que, más que observar la interacción de los partidos políticos y el comportamiento de sus seguidores, pone bajo el foco la convivencia entre las distintas identidades, partidistas y sociales, que conviven en la mayoría de los ciudadanos. Lo hace porque cree, y así lo respalda abundante literatura, que la identidad política no opera en el vacío: el entorno y las diferentes identidades sociales que adoptamos afectan a nuestro comportamiento.

Los humanos categorizamos para poder comprender el mundo. Todos tenemos distintas identidades sociales que nos ayudan a entender a los demás y a nosotros mismos así como a desarrollar sentimientos de pertenencia.

Citando a Marilynn Brewer (“The social self: on being the same and different at the same time”, Personality and social psychology bulletin, 1991), Mason explica que en nosotros conviven dos necesidades opuestas. Por un lado, necesitamos estar con gente semejante a nosotros. Por otro, no queremos desaparecer completamente diluidos en el grupo.

Para satisfacer ambas creamos grupos que, además, son exclusivos. En el momento en que eso se produce (y lo hacemos automáticamente) delimitamos un ellos/nosotros, y ese mismo automatismo nos inclina a valorarnos de manera poco realista. Preferimos y privilegiamos a los miembros de nuestro grupo por el mero hecho de pertenecer a él, sin que ello implique necesariamente hostilidad hacia el de fuera.

Estos sesgos no son algo que decidamos voluntariamente, están enraizados en nuestra psique hasta el punto de que (Scheepers, Daan y Belle Derks, “Revisiting social identity theory from a neuroscience perspective”. Current opinion in psychology, 2016) procesamos en las mismas áreas del cerebro la información referente a nosotros mismos y a las personas que componen nuestro equipo. De algún modo, “nos pensamos” en el mismo lugar. Cuando nos encontramos frente a un conflicto, sobre todo si es de los conocidos como de “suma cero” (aquellos en los que toda la ganancia de uno es pérdida en el otro y viceversa), no solo privilegiamos a los “nuestros”, sino que además exageramos lo que nos diferencia de los “otros”. Ni siquiera es imprescindible que los conflictos sean reales, sucede igual con los imaginarios. Vemos distintos a los miembros del otro grupo y a nosotros mismos nos vemos mejores que ellos.

Tradicionalmente, en política, el término “polarización” alude a un intenso desacuerdo en torno a distintos asuntos. La novedad entre los estadounidenses simpatizantes del Partido Demócrata y del Republicano es que es, además, social. Para Mason, la desconfianza y los prejuicios en ambos grupos no derivarían tanto de las diferencias políticas sobre materias concretas sino de la alineación de distintas identidades sociales en el partido ”correcto”. Apenas hay identidades asociadas a ambos partidos a la vez (identidades transversales), y eso los vuelve más homogéneos y deja poco espacio a la necesidad de buscar consensos.

Se entiende que las identidades se alinean cuando un grupo numeroso de miembros de una de ellas pertenece también a otra. Mason nos pone el ejemplo de ser “irlandés” y “católico” frente a ser “irlandés” y “judío”. En el primer caso tendríamos identidades fuertemente alineadas, no así en el segundo.

Si muchas de estas identidades se alinean, las personas se vuelven menos tolerantes, más sesgadas y se enfadan con más facilidad con aquellos que están fuera de su grupo (Rocas y Brewer, “Social identity complexity”, Personality and social psychology review, 2002) sencillamente porque los ven muy distintos. Y, al contrario, para las personas cuyas identidades están débilmente alineadas, los que no son “exactamente iguales a ellos” parecen más accesibles y por lo tanto las actitudes tolerantes hacia ellos son mucho más frecuentes.

En ese proceso de homogeneización encontramos tres actores que, aunque en ámbitos distintos, actúan simultáneamente multiplicando el efecto conjunto.

El primero de ellos es la reducción drástica de la interacción social con los que son “muy distintos”. El nivel de asociación en torno a organizaciones civiles de todo tipo lleva décadas descendiendo y esto se percibe hasta en la asistencia a las iglesias: se aprecia un desplazamiento de feligreses en busca de aquella que mejor se ajusta a sus preferencias. También las zonas residenciales muestran esta homogeneización. Los estadounidenses, cuando pueden elegir, optan por vivir rodeados de personas semejantes a ellos.

De forma paralela, el comportamiento de los propios partidos políticos refuerza esta tendencia social. La abundante información de la que disponen acerca de las distintas identidades que componen su electorado potencial y el de sus adversarios les permite afinar los mensajes ideológicos que les dirigen.

A las presiones sociales y partidistas hemos de añadir la informativa. La diversificación de las fuentes de información simplifica enormemente evitar la exposición a opiniones contrarias. Puede resultarnos familiar, pero no deja de ser llamativo, que en las listas de los veinte programas de televisión más vistos, republicanos y demócratas no compartan ninguno.

Según Mason, todo esto ha ayudado a colocar a los estadounidenses en un marco mental partidista basado en la pertenencia a un equipo: “ellos, los adversarios” y “nosotros, los de casa“ con efectos variados como, por ejemplo, priorizar la “marca partidista” a costa del bien común. Es la necesidad de que el equipo gane. El shutdown de los republicanos fue, según la autora, una manera de transmitir a sus partidarios: “no carecemos de poder, aún tenemos un status”. Así, añade, “dos partidos que eran ligeramente distintos en muchos temas, se han convertido en dos partidos muy distintos en muy pocos asuntos”.

Mason afirma que la alineación de identidades partidistas y sociales ha llevado los niveles de intolerancia entre los estadounidenses a cotas que no están sustentadas por la discrepancia política. La reducción drástica de la interacción social con los que no son iguales y la pérdida de identidades distintas compartidas convierte las disputas partidistas en conflictos sociales y culturales. Por eso no se logrará cierta armonía buscando acuerdos en asuntos políticos concretos sino mediante un generoso número de identidades políticas transversales.

“El partidismo, por sí solo, puede elevar los niveles de prejuicio entre los ciudadanos, pero cuando nuestras identidades sociales se alinean con nuestros partidos los prejuicios van mucho más allá. En otras palabras, la división social liga nuestros prejuicios sociales y religiosos directamente con nuestras preferencias partidistas y posibilita que nuestras opiniones políticas conduzcan, cada vez más, a la división social.”

Mason termina su estudio con una conclusión que haríamos bien en considerar: “cuando una nación pasa de estar compuesta por numerosas identidades transversales a construirse sobre partidos segregados socialmente arroja como resultado un electorado más enfadado, excitable y activo de lo que era antes de cambiar (...) [Una ciudadanía que se comporta] como tribus guerreras más que como miembros de una nación que se preocupa por un futuro compartido”.

 

Addenda: Mientras escribía esta reseña se ha publicado el estudio “Hidden tribes: A study of America’s polarized landscape”. A lo largo de 160 páginas muestra cómo la división clásica izquierda-derecha hace tiempo que se volvió insuficiente para describir adecuadamente los complejos fenómenos que modelan políticamente las sociedades. La imagen más potente que hace aflorar este estudio es, desde mi punto de vista, lo relativamente sencillo que puede resultar que muy pocos monopolicen el debate público. Cerca de un 67%, denominados en el estudio “mayoría exhausta”, opinan en mayor o menor medida que sus voces no son escuchadas o importa poco lo que tengan que decir. Una minoría muy activa y polarizada controla la agenda mediática, con la desagradable consecuencia de que cada vez más ciudadanos se apartan del debate permitiendo que las voces más extremas lo dominen.

Merece la pena leerlo con atención. Encontrarán, en la metodología empleada, los fundamentos morales tan bien descritos por Haidt, la predisposición autoritaria de Stenner y también muchos de los asuntos tratados en este ensayo de Lilliana Mason, entre otros. No somos la sociedad estadounidense, pero tampoco permanecemos ajenos a este tipo de fenómenos en Europa. Allí, la mayoría de los encuestados se declara favorable a escuchar lo que otros tienen que decir y trabajar en la búsqueda de acuerdos, es el famoso compromise. Aquí, aunque alguno niegue que tengamos esa palabra, las cosas pueden no ser muy distintas.