Cataluña, una democracia en suspenso | Letras Libres
artículo no publicado

Cataluña, una democracia en suspenso

Sin esperar siquiera a la sentencia del Tribunal Supremo sobre los líderes del golpe posmoderno de otoño de 2017, el separatismo catalán se ha situado fuera del terreno de juego democrático.

No era el mejor augurio pasear a Arnaldo Otegi cual starlet revolucionaria por estudios televisivos y manifestaciones varias, recibiendo subvencionadas caricias mediáticas y el abrazo de adultos sin memoria o vergüenza; tampoco sentaba un noble precedente las acusaciones al Estado español de estar detrás del atentado islamista de la Ramblas, o el intento de blanquear la declaración unilateral de independencia como si hubiera sido una calçotada entre amigotes; pero quizá por ingenuidad o tal vez como un mecanismo de autoprotección (uno intenta pensar bien de quienes le rodean) resultaba difícil imaginar la reacción del independentismo político y mediático catalán tras las recientes detenciones de nueve separatistas que (presuntamente) preparaban una serie de atentados con explosivos.

Cierto es que durante los días más duros del octubre de 2017, en cenáculos secesionistas se hablaba de la conveniencia de que hubiera “un muerto”. Sería la manera más rápida, alegaban con pasmosa tranquilidad, de que la comunidad internacional tuviera que tomar partida en el conflicto político, dejando así en fuera de juego al Gobierno de Mariano Rajoy. Voces que eran rápidamente ridiculizadas por el establishment independentista, el mismo que hoy clama contra la desactivación de la (presunta) célula terrorista.

Este apoyo sin fisuras ni matices del presidente de la Generalitat, Quim Torra, y sus lugartenientes políticos y mediáticos -a los que se ha sumado la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau- a unos presuntos terroristas, incluso esa suerte de compadreo justificativo de la que hacen gala intelectuales que se autoproclaman paladines de la moderación y el diálogo, es la última frontera moral que les quedaba por traspasar.

Sin esperar siquiera a la sentencia del Tribunal Supremo sobre los líderes del golpe posmoderno de otoño de 2017 (fecha señalada para su “tsunami democrático”), un amplio espectro del separatismo catalán, por no decir todo en sus diferentes variantes y acentos, se ha situado fuera del terreno de juego democrático. Y ético. Un Hernani mental donde el odio a España y al catalán no independentista construye una lógica divisoria de los buenos (nosotros, claro) y los malos (siempre ellos), como si de un pueblo elegido se tratara.

Tan fácil lo tenían como recordar la presunción de inocencia hasta que la investigación judicial concluya. Era sencillo y una manera de desmarcarse públicamente de minorías fanáticas. Han hecho justo lo contrario. La elección de arropar lo que podría ser el embrión de un escenario de violencia -ciudadanos comprometidos, ha calificado Torra a los detenidos-, las cacerolas que algunos han hecho sonar en contra de una operación judicial que ha podido evitar atentados, son los penosos estertores del proceso político lanzado por Artur Mas en 2012, el delfín de Jordi Pujol que supo encandilar a las élites catalanas con su porte cartesiano del Aula y sus trajes de Santa Eulalia, y que se autocondenó al fracaso cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras decidieron vulnerar el orden legal y violentar la libertad de los catalanes.

Un proceso independentista que había sido planificado con esmero durante décadas en laboratorios convergentes de ingeniería social -hay que leer estos días la documentación que está publicando El Triangle- que ha acabado mutando en un ataque a los valores esenciales de toda democracia liberal: el respeto de las instituciones, el cumplimiento de la legalidad, el respeto de la pluralidad y las ideas ajenas, la protección de las minorías...

Cataluña es hoy una democracia en suspenso, donde se niega cualquier legitimidad al orden constitucional pero también a más de la mitad del pueblo catalán, que elección tras elección ha expresado su oposición a un divorcio del conjunto de España; Cataluña es hoy una democracia secuestrada por un movimiento que ha renunciado a gobernar para mantener viva su ficción nacionalpopulista, agitar el discurso de confrontación con el Estado y alimentar el conflicto social para mantener movilizadas a sus bases mientras incumplen, una por una, sus promesas. Lo que haga falta mientras ERC y JxCat batallan por la hegemonía independentista y Puigdemont-Torra preparan un nuevo escenario insurreccional.