Brexit frente a Bristol: la mentira de recuperar el control | Letras Libres
artículo no publicado

Brexit frente a Bristol: la mentira de recuperar el control

La película Brexit: the uncivil war, que narra la campaña de los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE, demuestra que no había un plan más allá de los eslóganes y las manipulaciones.

Si el gobierno fuese, en cualquier modo, cuestión de voluntad, la vuestra debería sin ningún género de dudas ser superior. Pero el gobierno y la legislación son problemas de razón y juicio y no de inclinación y ¿qué clase de razón es esa en la cual la determinación precede a la discusión, en la que un grupo de hombres delibera y otro decide y en la que quienes adoptan las conclusiones están acaso a trescientas millas de quienes oyen los argumentos?

Esto decía Burke en 1774 a sus electores de la circunscripción de Bristol. Contestaba a los rivales que lo acusaban de que, una vez en el Parlamento, no seguiría las instrucciones que le dieran los vecinos de la localidad y por tanto no defendería sus intereses. Con su respuesta Burke estaba afirmando dos cosas. Una, que la política es una cuestión de conocimiento y razón. Otra, que el Parlamento es un espacio de deliberación. No es poca cosa.

Sin duda la mayoría de los políticos de entonces y de ahora estarían de acuerdo con las dos afirmaciones; otra cosa es que las lleven a la práctica. Para el político poco escrupuloso, que antepone su permanencia a cualquier otra consideración, resulta muy tentador seducir a su electorado con halagos y promesas de dádivas, aunque sepa que aquellos son falsos y estas perniciosas. En esto consiste el caciquismo, que se extiende hasta nuestros días.

Por eso el discurso de Burke era excepcional: lo normal habría sido prometer a los de Bristol una ampliación del puerto o una estación nueva de ferrocarril, o incluso alguna disminución de los tributos locales.

O mejor aún, podría haberlos convencido de estar sufriendo un agravio intolerable, y señalarles a continuación un responsable: Londres nos roba. Porque ya puestos a abandonar la razón y dedicarse a seducir al cliente, lo más eficaz es centrarse en las emociones más potentes, aquellas que nos retornan a una tribu dispuesta a aplicar la cachiporra. Esta forma extrema de caciquismo, basada en fomentar y gestionar la frustración y la ira, se llama populismo. De esto trata Brexit: the uncivil war (Toby Haynes, 2019)

La película se centra en Dominic Cummings (Benedict Cumberbatch) jefe de Vote Leave, campaña oficial en favor de la salida del Reino Unido de la UE. Creada en principio por diputados laboralistas y del UKIP, recibió el espaldarazo cuando se incorporaron cinco ministros conservadores, incluido el de Justicia y Lord Canciller Michael Gove. Es interesante que sin saberlo –invoca mucho a Sun Tzu, pero nada a este argentino- Cummings sigue estrictamente la senda detallada por el gurú del populismo de izquierdas Ernesto Laclau. El primer paso es la detección de focos de inquietud y frustración en la sociedad: lo consigue eficazmente gracias a los datos extraídos de las redes sociales y procesados por la empresa AggregateIQ -algo parecido a lo de Cambridge Analytica, que también aparece en la película bajo la fugaz sombra de Steve Bannon-.

A continuación, también gracias a AggregateIQ, Cummings puede segmentar y mandar mensajes personalizados. ¿De qué tipo? En esto también sigue la receta de Laclau. Dado que los motivos de inquietud son heterogéneos -y que, desde luego, Cummings no tiene soluciones a mano- necesita un “significante vacío” que los aglutine. Cummings diseña uno impactante: “recuperar el control”. ¿Y esto que quiere decir? Pues nada: los significantes vacíos son el equivalente del bullshit. Pero la campaña de Cummings tampoco desdeña la mentira directa. Como lo de rotular autobuses diciendo que Europa cuesta al Reino Unido 350 mm£, que podrán dedicar al Sistema Nacional de Salud en cuanto el Brexit tenga lugar -exactamente como los 16.000 mm€ anuales que Cataluña tendría, según Junqueras, en cuanto se separase de la España opresora-.

Pero falta lo más importante. Esta ideología tan progresista, soportada por la más moderna tecnología, necesita para funcionar al ancestral chivo expiatorio. De este modo Cummings señala a los atribulados ingleses los culpables de la frustración: las elites políticas -ahí están los MP’s y Boris Johnson clamando con entusiasmo contra ellas-, Europa, y los inmigrantes. Sí, los inmigrantes. A pesar de que Cummings alega virtuosamente que no va a recurrir a esa táctica -como hace Nigel Farage sin complejos en su propia campaña-, pueden ver aún en su página web cómo la inmigración aparece destacada entre los problemas.

Con todo esto ya tiene a los votantes perfectamente preparados para, muy indignados, pegarse una patada en el propio trasero. Y en el de los demás, claro. Obviamente el Brexit no va a resolver esas frustraciones, sino que acabará agravándolas: los Cummings de turno lo saben, pero mientras tanto se lo habrán pasado bien. De este modo la campaña en favor de la permanencia, que se ha basado en una apelación a la razón y los datos, es derrotada por el flautista de los lemmings.

Vuestro representante os debe, no solo su trabajo, sino su juicio, y os traiciona, en vez de serviros, si lo sacrifica a vuestra opinión.

Esto decía Burke en Bristol, y esto es exactamente lo contrario que hicieron los políticos favorables al Brexit. Queda una pregunta interesante: ¿se asustaron al ganar? ¿Confiaban en que el Bremain triunfara, y se limitaban a recaudar crédito populista-electoralista -“yo os defendí contra la inmigración y contra Europa”- de cara a unas futuras elecciones? La película, al mostrar la cara de Boris Johnson tras el triunfo, parece apuntar hacia esto.

Quizás la escena más desoladora se produce cuando, una vez anunciado el triunfo del Brexit, el gurú Cummings es reclamado por su equipo para hacer un discurso. ¿Cuál será el siguiente paso? Ante la mirada expectante de sus discípulos, Cummings, subido en una mesa, solo es capaz de dar un puñetazo indignado en el techo y volver a repetir el eslogan vacío. Recuperar el control, dice el que ha disuelto a los ciudadanos en una tribu.

Véanla. Es muy instructiva.