Bimodal versus espectral: un debate sobre el sexo biológico a propósito de los derechos trans (II) | Letras Libres
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Bimodal versus espectral: un debate sobre el sexo biológico a propósito de los derechos trans (II)

El determinismo sexual que defienden tanto la ultraderecha como el feminismo TERF se basa en un esencialismo biológico y en un cientificismo desfasado.

Puedes leer la primera parte del artículo aquí. 

Los científicos sexuales (e incluyo aquí a mis colegas sexólogos), en un intento por plantear un marco teórico, discuten sobre dos formas de interpretar el sexo biológico: el modelo espectral del sexo y el modelo bimodal. La primera propuesta defiende que el sexo humano no puede escindirse exclusiva y rotundamente en machos y hembras. Una de sus defensoras es la bióloga Anne Fausto-Sterling. Un punto importante de este modelo es que el sexo se presenta como una categoría descriptiva, pues no solo enfatiza la función reproductiva sino que describe el sexo como un conjunto diverso de características.

Por su parte, el modelo bimodal defiende que solo hay dos sexos, pues no existe ningún gameto intermedio (Byrne, 2017; Soh, 2018). No niega la existencia de los DSD, pero insiste en que se trata de desarrollos atípicos muy poco frecuentes. De acuerdo con esta postura, toma fuerza la perspectiva evolutiva y la concepción del sexo biológico como función reproductiva (Coyne, 2018)

Particularmente estoy de acuerdo con el modelo bimodal en lo que respecta a entender el sexo como un mecanismo funcional dirigido a la reproducción humana. Al fin y al cabo, hay que ser muy idiota para negar que la bimodalidad es un aspecto relevante en la evolución de nuestra especie. Sin embargo, considerar el sexo solo desde la perspectiva bimodal impide que podamos entender la variedad sexual más allá de causas dicotómicas y binarias (James et al., 2011; El-Khairi y Achermann, 2011; Chan et al., 2012; Sherwani et al, 2014; Tachon et al., 2014).

Tampoco el modelo bimodal responde a dos aspectos clave. En primer lugar, ser hombre y ser mujer no puede reducirse a la producción de una serie de gametos específicos. Hay hombres que no pueden producir esperma (azoospermia). Y, en lo que se refiere a las mujeres, estas dejan de producir óvulos con la llegada de la menopausia. ¿Qué diríamos entonces? ¿Serían menos hombres y menos mujeres? Además, el modelo bimodal pasa por alto que nuestra especie tiene un montón de sexo (el que se hace, no el que uno es) no reproductivo. ¡Ya sabes, pónselo, póntelo!

Evidentemente, no estoy diciendo que haya que descartar el modelo bimodal, pero sí que tiene importantes limitaciones. Pese a ello, comparto también la postura de que si las hormonas prenatales afectan al cerebro, estas deben tener asimismo una expresión en el desarrollo postnatal y puberal (Pasterski, et al. 2015; Berenbaum y Beltz, 2017). Cuando el bebé nace, la acción de estas hormonas no desaparece, aspecto sobre el que pasa de puntillas Fausto-Starling. Estas hormonas, además del proceso de socialización, influirán en algunos, pero no todos, de los intereses, la personalidad y el comportamiento sexual del individuo, incluidos aquellos que presenten un DSD (Pasterski et al., 2005; Pasterski et al., 2007; Hines, 2009; Del Giudice, 2014; Want, Wu y Sheng Sun, 2019). Y, como ya comentábamos al principio, influirán en el desarrollo de la orientación e identidad sexual.

En ese sentido, estudios recientes sobre la influencia de la exposición prenatal a los andrógenos aportan evidencia sobre los mecanismos neurales responsables de los comportamientos inducidos por las hormonas. Al respecto, se apunta a la participación del hipotálamo, la amígdala y la conectividad interhemisférica (Hines, 2010). No obstante, los correlatos sobre la orientación sexual y la identidad sexual siguen sin estar claros (Smith et al., 2015).

Aun cuando la investigación y la tecnología han facilitado nuevos descubrimientos y disponemos de más (y nuevos) datos, son muchas las incógnitas sobre si ha llegado el momento de redefinir el sexo como un espectro. ¿Significará eso que debemos ampliar nuestros marcadores sobre qué es un hombre y qué es una mujer? ¿Crear un tercer marcador? ¿Cómo podemos trazar la línea? Si la ley exige que asignemos a las personas “ser hombre” o “ser mujer”, ¿cómo deberíamos asignar el sexo? ¿Según la anatomía, las hormonas, los genes, los cromosomas? ¿Puede un parámetro biológico ser más certero que los demás? ¿Puede ser ese parámetro la identidad sexual? Todas estas preguntas, lejos de abolir el sexo, le otorgan gran protagonismo en nuestra sociedad y en la forma que tenemos de relacionarnos.

¿Cerebro masculino, cerebro femenino?

No debería entonces sorprender que el debate siga siendo también acalorado en el ámbito científico, donde el estudio de las diferencias entre sexos se plantea desde la vía de entrada (genes, cerebro, niveles hormonales) o desde la vía de salida (comportamiento).

Allí la discusión sigue siendo apasionante entre quienes defienden que existen diferencias cerebrales entre los sexos (Connellan, Baron-Cohen, Wheelwright et al., 2000; Baron-Cohen, Knickmeyer y Belmonte, 2005; Cosgrove, Mazure y Staley, 2007; Cahill, 2009; Ruigrok et al., 2014; Cahill y Aswad, 2015; Lombardo et al., 2018) y quienes, por el contrario, cuestionan que, aun existiendo características y diferencias específicas entre mujeres y hombres, los cerebros humanos no se pueden clasificar como “masculinos” o “femeninos” (De Vries, 2004; Hyde, 2005; Sommer et al., 2008; Fine, 2014; Joel et al., 2015; Eliot, 2019).

Las críticas al enfoque de determinados experimentos y cómo se extrapolan algunos resultados sobre las diferencias entre los sexos son legítimas (Saini, 2018). Las malas interpretaciones y la trampa del sesgo de confirmación pueden alimentar muchos estereotipos. Las diferencias entre sexos son importantes, pero hay que hacer una interpretación meticulosa de esos resultados (Eliot, 2011).

Sin necesidad de remontarnos al sexismo científico del siglo XVII, baste recordar que los estudios de Baron-Cohen sobre su famosa teoría de Empatizar-Sistematizar, donde “los hombres piensan” y “las mujeres sienten”, han sido ampliamente criticados porque, entre otras cuestiones, se centraran en medir la autopercepción de los sujetos participantes mediante autoinformes y no en observar sus cerebros y/o actividad cerebral (Rippon, 2018).

Lamentablemente, descuidar las diferencias entre sexos ha tenido consecuencias nefastas para la vida de muchas personas. Sirva como ejemplo los efectos de algunos fármacos como es el caso del zolpidem (Paradis, Siegel y Kleinman, 2012). Tuvieron que pasar más de veinte años desde su comercialización para que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, según las siglas en inglés) corrigiera la dosis en mujeres y la redujera a la mitad. Con el objetivo de mejorar los resultados sobre salud y enfermedad, en el año 2016 los Institutos Nacionales de salud (NIH) de EE.UU se comprometieron a incluir en los experimentos biomédicos en animales a machos y a hembras, algo que ya se hacía antes en países como Canadá y en la Unión Europea.

Está claro que los investigadores pueden ser permeables a los sesgos de género y tener intereses ideológicos. Sin embargo, nada de eso niega que haya diferencias entre los sexos. La pregunta sobre por qué surgen esas diferencias y en qué grado se dan sigue siendo todo un desafío, pero eso no significa que no se haya avanzado absolutamente nada en esta cuestión.

Por lo pronto, establecer una relación entre las diferencias sexuales y el comportamiento requiere mucha prudencia. Es muy tentador clasificar la variabilidad en dos categorías (cerebro “masculino” y cerebro “femenino”) mientras se ignoran cuestiones elementales. Por ejemplo, las hormonas no determinan el comportamiento del ser humano (¡Hola, autorregulación!) y esto permite que podamos adaptarnos al ambiente, la cultura es un fuerte mecanismo de herencia (es decir, forma parte de nuestra historia evolutiva) (Laland, Odling-Smee y Myles, 2010) y nuestro cerebro no es inmutable sino que es producto de la interacción entre biología y ambiente.

Además, la noción de que las diferencias sexuales son biológicas no significa estrictamente que sean fijas. La estructura o función neural de una persona adulta puede moldearse a través de la experiencia y la plasticidad neural. No obstante, esto no quiere decir que el comportamiento esté determinado por el cerebro. Por si todavía no ha quedado lo suficiente claro, el comportamiento humano es consecuencia de interacciones complejas entre genes, hormonas, fisiología, cerebro, entorno y cultura.

En definitiva, es difícil de comprender la variabilidad sexual humana si lo hacemos desde un modelo bimodal, anclado en dos categorías estrictamente opuestas (masculinidad versus feminidad). Quizá, considerando las limitaciones del modelo bimodal, es más útil pensar en las diferencias de sexo como una serie de dimensiones interconectadas, que permitan también establecer similitudes y combinaciones dependiendo de la genética, los niveles hormonales, los efectos hormonales organizacionales en la etapa prenatal, los efectos de activación hormonal en la pubertad y otro tipo de factores psicosociales (por ejemplo, los estilos de crianza).

¿Y qué tiene que ver todo esto con la transexualidad?

Empezaremos definiendo qué es la identidad sexual, que no es más que la identificación con un sexo (mujer, hombre). La identidad sexual se manifiesta durante la infancia, tanto en personas cis (no trans) como trans. Consiste en el reconocimiento y aceptación del propio sexo biológico y, por tanto, responde a la pregunta de quién soy y quién siento que soy.

Entre los tres y los cinco años algunos menores ya lo tienen muy claro. Sin embargo, no es hasta alrededor de los seis o siete años cuando esta se hace estable y el menor entiende que va a perdurar en el tiempo (López, 1984; López, 2001). Curiosamente, es en esta etapa cuando el niño empieza a comprender también la conservación y comparación de las cantidades. Ahora bien, en el proceso de adquisición de la identidad sexual el individuo no se encuentra aislado y cabe considerar la influencia de factores socioculturales (familia, escuela, cultura, roles y estereotipos de género) (Freixas, 2012; Meganto, Peris y Garaigordobil, 2018).

En el caso de las personas trans, estas tienen una identidad sexual que no se corresponde con el sexo asignado al nacer según la apariencia genital. Así, la asignación identitaria realizada por terceros en el momento de su nacimiento no es congruente con aquella identidad autopercibida que evidencian y expresan durante su crecimiento y desarrollo. Igual que una persona cisexual (no trans) no elige su identidad sexual, tampoco lo hace una persona trans. La transexualidad, por tanto, no es un fenómeno que pueda explicarse como un capricho, una fase o una preferencia. Por tanto, la identidad sexual en las personas trans sería igual de innata que la de una persona cisexual (en adelante, cis) y constituiría un elemento esencial para su personalidad, autodeterminación, libertad y dignidad.

Según la Asociación de Psicología Americana (APA) las personas trans han existido desde la antigüedad hasta nuestros días en diversas culturas y sociedades. La transexualidad es, por tanto, un fenómeno que se mantiene constante a lo largo del tiempo (Landén, Wälinder y Lundström, 1996; Van Kesteren, Gooren y Megens, 1996; Olyslager y Conway, 2007; Coleman et al., 2012; Arcelus et al., 2015). Sin embargo, los estudios sobre la prevalencia de la población trans presentan algunas incongruencias. En ese sentido, han recibido críticas tanto por sus limitaciones metodológicas (Zucker y Lawrence, 2009) como por su enfoque, dado que las diferencias culturales sobre el género pueden variar de un país a otro o entre culturas (Coleman, Colgan y Gooren, 1992; Costa y Matzner, 2007).

Si bien hay estudios que hablan de que la mayoría de niños y niñas prepuberales que afirman ser trans no seguirá manteniendo lo mismo en la adolescencia (Becerra-Fernández, et al, 2010), también existen otros que contradicen esos resultados y aseguran que la gran mayoría de niños y adolescentes persistían en mantener esa condición (Asejo-Aranque, et al, 2015). Lo que ponen de manifiesto estos resultados es que es muy posible que los tradicionales diagnósticos médicos estuvieran confundiendo transexualidad con el comportamiento de género cruzado (o rol de género).

Por comportamiento de género cruzado entendemos aquellas conductas que desarrolla un niño o una niña y que son típicas del género contrario. Pueden ser aisladas y/o temporales, pero no son un factor determinante para establecer si estamos ante un menor trans. Según el Grupo de Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, la mayoría de menores con comportamientos de género cruzado no se identificarán como trans. Esto quiere decir que solo una pequeña parte de los menores que muestran conductas típicas del género contrario pueden ser personas trans.

Así, el hecho de que haya niños a los que les gusta disfrazarse de princesas o niñas que les gusta jugar al fútbol no es indicativo per se de que estamos ante menores trans. Censurar estas conductas porque no son “típicas del rol de género” solo hará que los menores se sientan cohibidos, poco comprendidos y juzgados. Dicho de otra forma, a menudo somos los adultos los que añadimos connotaciones estúpidas a actividades y juegos inofensivos.

Independientemente de que sea un menor tras o un menor con un comportamiento sexual cruzado, los adultos deberíamos centrarnos en las emociones positivas que sienten cuando se divierten con determinados juguetes, no en las etiquetas que la sociedad, mediante prejuicios, puede imponerles. Nuestro papel como adultos no consiste en censurar el uso de unos juguetes u otros sino en asegurar su bienestar y seguridad. Una forma de hacerlo es, por supuesto, ayudarles a explorar sus sentimientos y acompañarles en el descubrimiento de su propia identidad sexual.

Actualmente, el fenómeno de la transexualidad es abordado en el ámbito clínico como “disforia de género”. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), la disforia de género se manifiesta en una incongruencia de género intensa y persistente. Esta denominación sustituye el calificativo de “trastorno de identidad de género” (Grau, 2017).

No obstante, si bien la terminología cambia en el DSM-5, se mantienen las connotaciones mórbidas de la categoría diagnóstica y, por tanto, el tratamiento de la transexualidad como un trastorno. Aunque los criterios sobre la “disforia de género” sean polémicos y muchos activistas trans y profesionales sanitarios defiendan que el diagnóstico debería ser eliminado, llama la atención que hasta el propio DSM-5 insiste en que esa “incongruencia de género” es estable.

El hecho de que la transexualidad se mantenga constante en el tiempo apoya la hipótesis de que se trata de una condición determinada biológicamente. Aunque los estudios son preliminares, son varias las investigaciones que llevan años apuntando que esta condición humana tiene una base biológica (Butty y Bianchi-Demicheli, 2016). Conforme a ello, muchos científicos están centrando sus energías en determinar la representación neuronal de la identidad sexual.

A continuación es cuando viene la parte delicada. Volvamos otra vez al contexto de la vida intrauterina.

Siguiendo la hipótesis organizativa de la diferenciación sexual, una causa clave de las diferencias entre los sexos es, como venimos explicando, la influencia hormonal durante el desarrollo cerebral en la etapa prenatal. Durante el segundo trimestre del embarazo, hay un periodo crítico en el que se cree que la ausencia o presencia de testosterona define nuestros cerebros como hombres o como mujeres (Swaab y García-Falgueras, 2009; Bao y Swaab, 2011; Hines, 2010; Schmitt, 2014).

Pese a que las influencias genéticas directas pueden asimismo actuar en la diferenciación sexual del cerebro sin la participación de las hormonas sexuales, (Carrer y Cambiasso, 2002) se defiende que la organización del cerebro relacionada con la identidad sexual de un individuo depende de las influencias hormonales durante el desarrollo fetal y postnatal tardío (Lanzenberger, et al., 2014; Kreukels et al. (2016); Leinung y Wu, 2017; Roselli, 2018).

Con respecto a lo anterior, hay que recordar que la diferenciación sexual del cerebro se desmarca temporalmente de la diferencia sexual de los genitales. Es decir, ambos procesos pueden verse influenciados de forma independiente, resultando en el fenómeno de la transexualidad. Así, la identidad sexual de las personas trans sería consecuencia de un desajuste entre el desarrollo cerebral relacionado con la identidad sexual y el desarrollo del cuerpo y los genitales. Dicho de otra forma, el grado de masculinización de los genitales puede no reflejar el grado de masculinización del cerebro (Bao y Swaab, 2011; Safer, Weinand y Saraswat, 2015). La identidad sexual, al igual que la orientación sexual, estaría programada en nuestras estructuras cerebrales cuando todavía estamos en la etapa fetal.

Esto también significaría que, después del nacimiento, el entorno social no sería un factor determinante en el desarrollo de la identidad sexual y orientación sexual (Diamond, 2006; Savic, García-Felgueras y Swaab, 2010).

La percepción consciente sobre la identidad sexual y la orientación sexual se desarrollaría, respectivamente, durante la infancia y la adolescencia. No obstante, otros estudios apuntan que los factores biológicos y psicosociales influyen en la formación de la identidad sexual, aunque todavía se desconoce cómo se desarrolla esa compleja interacción (Steensma et al., 2013; Safer, Weinand y Saraswat, 2015; Hines et al., 2016).

Aunque la evidencia sobre la base biológica de la transexualidad es cada vez más creciente, hay que ser cautelosos con estos estudios dadas sus limitaciones (por ejemplo, el tamaño reducido de las muestras) y la cantidad de preguntas que permanecen todavía abiertas.

No obstante, estos trabajos contribuyen de manera importante a conocer las diferencias entre los sexos, la variabilidad de los cerebros humanos y, asimismo, cuestionan el paradigma tradicional sobre el sexo biológico y puede que también incluso las definiciones sociales sobre la categoría de género, que viene siendo empleada con frecuencia en las ciencias sociales y en los estudios de género.

Por supuesto, todo esto tiene implicaciones también para las personas cisexuales.

Conviene subrayar que sería posible que, como resultado de la exposición diferencial a la testosterona, podamos también entender por qué en la mayoría de culturas, mujeres (cis) y hombres (cis) se diferencian, en promedio, en muchos aspectos. Sin embargo, esos aspectos pudieran no funcionar como categorías rotundas y exclusivas de un solo sexo sino como dimensiones relacionadas y presentes en ambos en diferentes grados (Ellis, 2011).

De modo que no sería extraño que un amplio número de personas, independientemente de que fueran personas cis o trans, no pueda definirse como “completamente masculina” o “completamente femenina” en todos los aspectos típicos que asociamos a la masculinidad y a la feminidad (Eibl-Ebesfeldt, 1988; Del Giudice et al., 2016).

Igualmente, es importante precisar que incluso si un hombre cis tiene más características físicas (por ejemplo, estatura baja) y psicológicas (por ejemplo, interés por las actividades estéticas) que asociáramos con “la feminidad” esto no lo convierte en una mujer trans ni en un hombre cis homosexual. Es posible que este hombre cis no sea aceptado por miembros de su comunidad e incluso que se enfrente no solo a prejuicios sino a situaciones de discriminación, pero lo que necesitamos no es que él cambie y “se reconozca” como “mujer” sino que la sociedad sea más tolerante con la diversidad sexual (Schmitt, 2016).

En relación a esto, cabe explorar la idea de que nuestras diferencias biológicas, psicológicas y comportamentales serían de grado, no de naturaleza. Luego no sería descabellado aceptar la tesis de Daphna Joel, que afirma que la mayoría de cerebros son un mosaico de estructuras masculinas y femeninas y que, por tanto, no solo hay un tipo de cerebro masculino o femenino.

En resumen, aunque existe suficiente evidencia sobre una base biológica sobre las diferencias entre los sexos y el origen cerebral de la identidad sexual, el comportamiento humano es sumamente complejo y no exhibe esas diferencias de una forma tan categórica como sí ocurre en otras especies.

Algunas conclusiones finales sobre ciencia y derechos trans

La ciencia sexual no sugiere que las personas trans tengan que renunciar a lo que son. Si actualmente se pueden realizar estudios para investigar la etiología de la transexualidad y sus implicaciones en la identidad sexual sin que sea un escándalo o suponga una fuerte reacción conservadora es porque se ha ido imponiendo el conocimiento y la evidencia científica a la pseudociencia.

Obviamente, la literatura científica es amplia y no siempre ha mantenido (y mantiene) una actitud ética con respecto a las personas trans (como, en su día, tampoco la tuvo con las personas homosexuales). Queda, por tanto, mucho por hacer también en el ámbito clínico y científico para que las mujeres trans, que son mujeres, y los hombres trans, que son hombres, no se vean obligados a aceptar su identidad bajo la etiqueta de “trastorno” y/o “disforia de género”.

Otra cuestión es que bajo el manto de la respetabilidad científica se pueda justificar casi cualquier cosa (¡Ahí están Jordan Peterson y sus langostas!). Es por ello que hay que permanecer atentos al esencialismo biológico, al cual se adhieren desde las feministas TERF a los grupos ultraconservadores. El esencialismo biológico es una trampa filosófica. Defender que hombres y mujeres son dos naturalezas distintas, inalterables e innatas tiene serias consecuencias sociales. Las afirmaciones esencialistas se utilizan a menudo para justificar el estatus quo porque “las cosas son así”, “el hombre es esto”, “la mujer es lo otro”, etc. En definitiva, atrapan al individuo en una serie de roles de género rígidos según sus genitales. Sin embargo, esto es equiparable a decir que hombres y mujeres sean una “construcción social”. No es necesario tergiversar la evidencia científica para entender que el sexo biológico no se reduce a una casilla de rosa o azul.

Ahora bien, en el ámbito de la investigación, anclarse en ese esencialismo biológico dificulta la exploración de hipótesis y diseños experimentales alternativos. La pregunta aquí es evidente, ¿para qué investigamos y reflexionamos? ¿Para aproximarnos a la verdad o para confirmar nuestras propias creencias? Deberíamos ser leales al método hipotético deductivo, pues el sesgo de confirmación siempre nos convierte en el tonto útil de cualquier ideología.

Hay suficientes razones éticas y científicas para defender la despatologización de la transexualidad sin la necesidad de negar la existencia del sexo biológico. No se trata de decir que el sexo no existe sino de entender que: (1) el sexo es un concepto más amplio que una combinación inequívoca de cromosomas y (2) la identidad sexual tiene una base biológica independientemente de si tus genitales, cromosomas y comportamiento encajan con las tradicionales expectativas o roles de género.

Dicho lo cual, hay que preservar el estudio de las diferencias de sexo, especialmente teniendo en cuenta las diferentes afecciones que hombres y mujeres presentan ante determinadas enfermedades y trastornos. En ese sentido, es preciso oponerse con valentía ante aquellos posicionamientos extremistas que, ahondando en el sentimiento de ofensa, expresan que hablar de “sexo biológico” es despectivo hacia las personas trans. Se pueden defender los derechos humanos de las personas trans sin eliminar las categorías de “hombre” y “mujer”.

Asimismo, las personas que no encajan en las categorías tradicionales de “hombre” y “mujer” deben ser respetadas y tratadas con dignidad. Reconocer la diversidad sexual no le quita derechos a nadie, pero patologizar la vida de una parte de la población sí constituye una forma de socavar su dignidad como seres humanos. Las personas trans tienen derecho a decidir sobre sus cuerpos, a recibir información y atención sanitaria basada en el conocimiento científico para tomar decisiones autónomas sobre su salud y a denunciar las situaciones de discriminación y violencia que pueden sufrir. Quienes equiparan “derechos trans” con “teoría queer” no solo recurren a la mentira sino que alimentan el estigma y discriminación hacia las personas trans.

Por último, quiero insistir en que se puede debatir sobre el origen de la identidad sexual sin cuestionar la vida de las personas trans y sin recurrir a comentarios denigrantes. Espero que esta reflexión haya contribuido a ello y anime a muchas personas a discutir premisas, lograr consensos y formular nuevas preguntas.

En un momento donde la polarización gana al argumento razonado, no podemos dejar que el miedo a ofender nos impida conocer el valor de los hechos, de la investigación y de la ciencia sexual. El determinismo sexual que se puede observar en la ultraderecha y en el feminismo TERF se basa en un cientificismo desfasado. Ambas posturas ignoran la gran cantidad de evidencia científica que existe sobre la identidad sexual como algo que no se elige, pese a que pueda estar influenciada por la cultura (estereotipos, educación, crianza, etc).

En un plano similar, la exhibición identitaria e ideológica de los defensores de la teoría queer puede llevar a callejones sin salida: seguir defendiendo que el sexo es una construcción social supondría aceptar también que el deseo, la conducta y la identidad sexual no son más que una performance. Siendo consciente de estas guerras culturales y sin intención de caer en el determinismo biológico, creo que la defensa de los derechos de las personas trans pasa por conocer y hacer mejor ciencia sexual. Pero aun en ese caso, nunca los derechos humanos de nadie deberían depender de los hallazgos científicos sobre la diversidad sexual de nuestra especie.