Antisemitismo: el racismo de los antirracistas | Letras Libres
artículo no publicado

Antisemitismo: el racismo de los antirracistas

Es uno de los prejuicios más antiguos del mundo occidental, y produce una mezcla de tristeza y perplejidad que todavía siga allí.

Esta semana se ha producido una manifestación en Francia para rechazar el antisemitismo. En 2018, la cifra de ataques contra los judíos subió en un 74%. Se han producido ataques, ejemplos de vandalismo en cementerios y memoriales, o casos como los insultos en la calle al filósofo Alain Finkielkraut. Los chalecos amarillos, según Le Monde, están relacionados con el aumento de agresiones a finales del año.

Francia no es el único lugar de Europa donde ha habido alarma por el asunto. El Partido Laborista británico tiene desde hace tiempo problemas con su discurso antisemita. Alemania vio un aumento de un 10% en las ofensas de contenido antisemita el año pasado. Es uno de los prejuicios más antiguos del mundo occidental, y produce una mezcla de tristeza y perplejidad que todavía siga allí.

Se pueden señalar varios aspectos del fenómeno. A veces, la magnitud del Holocausto impide ver otras características del antisemitismo y del racismo. En buena parte de Europa, antes de la Segunda Guerra Mundial, el discurso contra los judíos era relativamente aceptado: a nivel popular y en círculos cultos. Pocos escritores de la primera mitad del siglo resisten la acusación de antisemitismo. Francia tiene casos célebres y teóricos que justificaban la exclusión racial, además de actos de colaboración en el Holocausto por los que el país ha pedido perdón, como la redada del Vel d’Hiv (Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon se negaron a compartir ese reconocimiento).

En los últimos años otra forma de antisemitismo se ha hecho común en Europa: la de algunos musulmanes, a veces justificada teológicamente e intensificada por la disputa entre Israel y Palestina. Las comunidades judías son víctimas preferentes de los ataques de los musulmanes radicalizados. Entre los casos más trágicos están los atentados contra un colegio judío en Toulouse o el asalto al supermercado Hypercacher en París, así como con otros ataques y agresiones.

Pero ese nuevo antisemitismo coexiste con otro tradicional. Tanto la derecha como la izquierda participan del prejuicio, con unos ligeros toques de customización pero muchos elementos en común. Entre ellos, por ejemplo, está la idea de la doble identidad y el poder desestabilizador del comercio. Los judíos representan un componente de diferencia, de diversidad, que siempre incomoda a los activistas de la pureza. Históricamente, para la derecha encarnaban el socialismo; para la izquierda, el capitalismo.

La derecha presentaba a los judíos como promotores del internacionalismo y la revolución. Históricamente, el judaísmo obedecía a motivos religiosos y de exclusión étnica. Christopher Hitchens decía que los cristianos y los musulmanes no podían aceptar que los judíos hubieran conocido a sus profetas (Jesús, Mahoma) y hubieran visto que eran unos estafadores. En el siglo XIX, coincidiendo con los procesos de nacionalización, cobra importancia otra forma de odio a los judíos (a veces acompañada de pseudociencia que justificaba las diferencias raciales). El Estado nación empieza a configurarse, los judíos representan una doble identidad y se les considera sospechosos de tener una doble lealtad. El ejemplo paradigmático es el caso Dreyfus en Francia.

Una vieja frase de la izquierda decía que el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles. El antisemitismo, cuando dejó de ser socialmente aceptable, adoptó en la izquierda la forma del antisionismo: es el racismo de los antirracistas. A veces todas las críticas al Estado de Israel se tachan de antisemitas, lo que es una trampa. Pero también hay una parte de la izquierda que mezcla la crítica legítima con los prejuicios antisemitas. Como ha dicho el presidente Macron, se puede ser crítico con Israel, pero negar el derecho de Israel a existir es antisemita.

En Estados Unidos, el movimiento Women’s March ha tenido problemas por el antisemitismo de algunas de sus fundadoras. En el caso de los insultos a Finkielkraut, vimos la capacidad de algunos intelectuales de izquierda para negar lo obvio, entrando en unas sutilezas que obedecen a quiénes son los agresores y quiénes es el agredido, y cuyos objetivos centrales son el autoengaño y la negación de la violencia: así, los insultos al filósofo francés (eres un mierda, no hay sitio para ti en Francia) serían una muestra de antisionismo y él se los habría buscado por facha. En la incapacidad para ver determinadas formas de violencia, de la rue Montparnasse a el País Vasco en otro tiempo, hay una parte de la izquierda que es totalmente previsible.

Los movimientos antisistema de izquierda y derecha recurren con mucha frecuencia a los estereotipos antisemitas. Es casi un modo por defecto: enseguida surgen las condenas a los banqueros, las acusaciones a una élite internacional difusa y opaca. Los imaginarios conspiracionistas se activan rápidamente. En el caso de Francia, una encuesta reciente de la Fundación Jean Jaurès y Conspiracy Watch señalaba que 8 de cada 10 franceses se adhieren a al menos una teoría de la conspiración. George Orwell escribió que una de las señales del antisemitismo es la capacidad de creer cosas que no pueden ser ciertas. Nuevas formas de circulación de documentos y teorías facilitan la extensión de las teorías (por ejemplo, en lo que en Francia se denomina la fachosphère). Pero otros organismos son culpables de extenderlas. Así, recientemente BNP Paribas reproducía bulos antisemitas sobre la Banca Rothschild (que, por otra parte, muchos conspiracionistas en Francia asocian a Macron, que trabajó allí).

Estallidos nihilistas como los de los chalecos amarillos no tardan en encajar en los viejos prejuicios. La relajación de los estándares de convivencia permite agresiones e insultos que poco antes nos habrían parecido inaceptables, o imposibles en nuestra época. Ese optimismo es un fallo de la imaginación.

No creo que el antisemitismo se cure sin que se cure la enfermedad más amplia del nacionalismo, escribía Orwell. El repliegue identitario y la angustia por un Estado nación que no sirve ya para solucionar nuestros problemas pero que queremos que nos proteja y al que queremos proteger fuerzan una nueva transformación del antisemitismo. La palabra parecía proscrita del discurso público pero en la administración Trump, en discursos de políticos y organizaciones hay alusiones que siguen el método whistle-blower: se habla de globalista, de cosmopolitas, de los mercados. Pero muchas veces son solo el nuevo disfraz de las viejas mentiras y de los prejuicios más antiguos.