Ágnes Heller, nadadora contra corriente | Letras Libres
artículo no publicado

Ágnes Heller, nadadora contra corriente

Superviviente del Holocausto, discípula de Georg Lukács, la filósofa húngara fue muy influyente en la Nueva Izquierda con su "sociología de la vida cotidiana" y su inconformismo.

Ágnes Heller nació el 12 de mayo de 1929 en el gueto de Budapest, Hungría, en una familia judía diezmada por el Holocausto. Su padre murió en Auschwitz y ella y su madre a duras penas pudieron escapar de perecer del mismo modo. En 1947 quedó deslumbrada por una conferencia del filósofo marxista Georg Lukács y abandonó sus estudios de ciencias para convertirse en su alumna. Con otros discípulos de Lukács formaron la Escuela de Budapest, cuyo propósito teórico, bajo la dirección del maestro, era dar nueva vida al marxismo, rescatando a un joven Marx, filósofo y humanista, y que contraponían a la reseca escolástica del diamat (materialismo dialéctico) que se había convertido en dogma en los países del socialismo real.

Este trabajo teórico alimentaba sin embargo una ambición mayor, tenía el propósito práctico de democratizar el socialismo, es decir, de transformar las sociedades socialistas en sociedades libres. Para Lukács era un dogma que el peor socialismo estaba siempre por delante del mejor capitalismo y que abolida la propiedad privada había quedado expedito el camino de la emancipación hacia una humanidad superior. Es decir, el futuro glorioso de la humanidad empezaba necesariamente en el gris y autoritario socialismo instaurado a partir de 1917 en Rusia y tras la Segunda Guerra Mundial en los países de la Europa Central Oriental.

Dentro de la división del trabajo en de la Escuela, Heller se ocupó de profundizar en la antropología marxista y en esa línea formuló su teoría de las necesidades radicales, que la hizo famosa. Esta teoría sostenía que el cambio social emancipador encontraba su impulso en el desarrollo constante en los hombres de necesidades cualitativamente superiores que, al entrar en conflicto con la realidad social, impulsaban a estos a trascenderla en un sentido positivo. Este optimismo antropológico auguraba que la emancipación humana se vería coronada por una humanidad que atesoraría lo mejor de su genio creador y de su trabajo. Sus libros sobre el hombre del Renacimiento o sobre Aristóteles son buena prueba de esta idea de que los hombres se crean a sí mismos y que esa creatividad humana es promesa de su emancipación. Heller enmarcaba esta transformación dentro de una revolución social, la revolución de la vida cotidiana que mostraba, al otro lado del Telón de Acero, una proximidad con las luchas culturales de la Nueva Izquierda y su desafiante inconformismo. Su sociología de la vida cotidiana también tuvo un eco inmenso.

Sin embargo, las autoridades de la Hungría comunista no simpatizaron con el proyecto. Lukács, un personaje idiosincrásico, aceptó siempre las reprimendas inquisitoriales de las autoridades socialistas y las tradujo en confesiones públicas de herejía, las tristemente famosas autocríticas, y en promesas de enmienda.

Pero esta aceptación del autoritarismo dogmático siempre estuvo acompañada de momentos de juvenil activismo revolucionario: en 1919 participó activamente en la revuelta bolchevique húngara como comisario político con Béla Kun, y en 1956 se sumó con entusiasmo a la revolución democratizadora impulsada valientemente por Imre Nagy del que fue Ministro de Cultura. Aplastada la revolución por los tanques soviéticos que colocaron al sanguinario János Kádár como nuevo dirigente, la represión se cebó con el maestro y con sus discípulos. Lukács ya no pudo protegerles, como había hecho hasta ese momento. Paradójicamente, la fe de Lukács en el socialismo como camino de emancipación no se debilitó y asumió sin rechistar las demandas de la ortodoxia. Pero en sus discípulos sí empezaron las dudas.

La Nueva Izquierda de Occidente, tal como aparece pintada en uno de sus documentos fundacionales, “La carta a la Nueva Izquierda” de C. Wright Mills, de 1960, buscaba una revolución de la vida cotidiana apelando a los nuevos movimientos sociales que movilizaban demandas que, a la postre, acabarían, eso creían, con el capitalismo: la libertad sexual, el pacifismo, el feminismo, la lucha de los negros por los derechos civiles, etc. Esta Nueva Izquierda, como testimoniaron el propio Wright Mills o Marcuse, era también crítica del mundo soviético y con el realismo socialista. Sin embargo, el socialismo como sinónimo de la emancipación final de la humanidad, como objetivo en el que la resolución de todos los conflictos tendría lugar y donde la humanidad viviría feliz y reconciliada, se mantenía. Sin embargo, la fe en el socialismo se fue debilitando en los discípulos de Lukács y, en particular, en Ágnes Heller.

En los años setenta la represión arreció y, tras la muerte de Lukács en 1975, los discípulos se quedaron completamente huérfanos frente al régimen. Ágnes Heller perdió su trabajo, lo que en una sociedad en la que el trabajo está monopolizado por el Estado significaba morirse de hambre; Ferenc Fehér, su segundo marido, contaba con humor que él fue castigado, como profesor que era, a dar ocho horas de clase cada día. Sin duda, esto ayudó a que fuera un narrador extraordinario de todo tipo de historias.

En 1977 se les autorizó/empujó a abandonar el país y se exiliaron en Australia, donde trabajaron en la Universidad de La Trobe, Melbourne. Como señaló Heller, las autoridades húngaras los ayudaron a librarse de su propio autoengaño, el dogma de Lukács: el socialismo no es reformable en un sentido democratizador. Esto les llevó a una autocrítica democrática en la que realizaron un imponente análisis del socialismo como sistema de dominación: lo calificaron de dictadura sobre las necesidades. Por supuesto, la noticia de que el socialismo no tenía arreglo no fue nada bien recibida por la Nueva Izquierda de Occidente, que no quería oír tal cosa y que prefería pensar que Heller se había pasado al enemigo.

Pero no era así. El experimento socialista fue conceptualizado como un callejón sin salida de la modernidad. Por ello el estudio de la modernidad se hizo perentorio. Para Heller, la modernidad como una forma de vida sin certidumbres y sujeta siempre al cambio es una condición no transcendible. Estamos en la modernidad para quedarnos y esto nos arroja a la incertidumbre, pero también a la libertad. El socialismo buscaba regresar a un tiempo estático como el de la sociedad tradicional, pero sin sus inconvenientes, y de esta manera resolver la cuestión social, pero la modernidad no tiene salida.

La crítica al socialismo real vino por tanto acompañada de una revalorización de la democracia liberal y del convencimiento de que la cuestión social no puede abordarse sino por medio de la política, esto es, mediante las instituciones de la democracia. En 1986 Heller pasó a ocupar la cátedra Hannah Arendt de la New School for Social Research y allí fue donde la ética ocupó un lugar central en su trabajo: estamos arrojados a la contingencia, pero podemos darnos un destino, este es el mensaje de su ética de la personalidad. Con el final del comunismo en Hungría, en 1989, regresó a su tierra y compaginó su docencia allí con el trabajo como profesora emérita en la New School for Social Research y con conferencias por todo el mundo. Así vivió hasta el final de sus días. El pasado viernes 19 de julio, con noventa años, en Balatonalmádi, en la orilla norte del lago Balatón, se lanzó al agua para nadar sola, una de sus grandes pasiones, y ya no regresó con vida.