What’s on a woman’s mind | Letras Libres
artículo no publicado
Wenceslas Hollar

What’s on a woman’s mind

En primavera éramos samuráis, expuestos a una gran tensión. Ahora monjes zen expuestos a una gran extensión.

En los nudos de la madera, en los buzones, en las nubes, en los restos de comida sobre el plato distinguimos caras que nos saludan o que se sonríen de medio lado. Una función neurológica o el idioma de los duendes nos permite reconocerlas, y un estado de ánimo les atribuye una disposición burlona o amistosa. Podemos diagnosticarnos un enfado oculto por lo despectiva que nos parezca una fachada, con sus persianas medio bajadas como párpados desdeñosos; el nivel de paranoia si el bosque que cruzamos se nos hace como el de la Blancanieves de 1937. A veces parecen un tímido saludo del que dos pasos más allá no estaremos seguros, como es sutil el bien hecho a escondidas.

Los animales no se reconocen en esos contornos dudosos, o al menos ese fue el resultado que arrojó el experimento que hice con la gata Banwil, frente a la cual sostuve la portada de unos cuentos de Saki en la que aparecía el dibujo de un gato. ¿Reconocerá esta gata a sus iguales? Yo saludo a un hermano en una nube, pero la gata no reconoció el dibujo de un gato y me dio la espalda displicente. ¿Fue displicente la gata o aquella temperatura era la mía? En fin, aquello fue la ciencia empírica y quizá la gata no aceptaba ser un ejemplar de su especie. El libro era de Saki y quizá prefería a Soseki, el de Soy un gato. Pero es otra cosa lo que detectan los animales: el calor o el olor o la energía, o bien es que lo que proyectan y hacen suyo se restringe a un ámbito somático. Lo gestáltico es nuestro, humano. Muchos perros, sin embargo, son aficionados a ver películas de perros.

Por un mecanismo parecido se atribuye voluntad o se discierne una figura pensante también detrás de la expansión del virus, de la caída asombrosa y el cuajado asombroso de la nieve, de la dosificación de los acontecimientos recientes. El Gran Arquitecto, se decía; menudo plot twist, se dice. Un Gran Guionista, un Gran Regidor en el teatro cósmico. ¿Qué lección tenemos que aprender y qué actitud nos conviene adoptar? Preguntas como estas se van generalizando. Son memes. Un primer tanteo, en la primavera, apuntaba a que lo importante son las pequeñas cosas de la vida, y atención a lo que les pasó a los atlantes. No, no has acertado. La gata cósmica te da la grupa. La cosa va adquiriendo tintes de gimkana. Una prueba te lleva a la otra, vas acechando el sentido en círculos más cerrados cada vez. Es como enfocar con una precisión de nanosegundos. ¿Hay que quedarse en casa? ¿Para qué? Conocemos los motivos, pero por fuerza debe haber un objetivo. ¿Qué hay dentro de casa que no hayamos visto ya?

Caras veo pocas, y reconozco caras en todas las esquinas. En este estadio, hipersensibilidad pareidólica y largos paseos solitarios. Caigo en un barrio de dos calles, de edificios de doce, quince plantas. ¿Las ventanas son ojos? Están dispuestos de tal manera que las vías parecen angostos pasillos de un laberinto. Cada dos pasos cambia la relación de los volúmenes. Es como una película futurista. El cielo bajo y gris, casi nadie por la calle. Yo misma me siento como un fantasma siberiano. Caminar por aquí parece algo importantísimo, revelador a la vuelta de la esquina. La percepción se agudiza por la falta de acción, pero para percibir el qué. Como Atlas que descubre que la Tierra está colgada, que sostiene el péndulo en el polo de la percepción, de la acumulación, antes de soltarlo para que se precipite hasta el extremo del desquite orgiástico que anuncian para dentro de dos años: desparramar.

Entonces lo que hay que aprender no es un contenido sino una forma. ¿Por eso los días se parecen?: para que puedas perfeccionar la práctica. Somos todos monjes zen. En primavera éramos samuráis, expuestos a una gran tensión. Ahora monjes zen, expuestos a una gran extensión. Tiempo para investigar en cada cual. Temo olvidar por el camino una idea que a veces me acompaña, la de la contribución común a la gran obra, que todos contribuimos con un verso, qué parte de la catedral gótica invisible estamos haciendo a solas y si se verá si no tenemos a quién explicársela.

Otro día, otro paseo, y sale el sol. Desemboco en la glorieta bien proyectada, donde da la vuelta la brisa total de la ciudad, y como voy oyendo por la calle una canción esquivo los montones de nieve con garbo, y ese ritmo se contagia a los otros transeúntes, y aquí en las manos y en las piernas el secreto esquivo de la concreción del mundo que no es nuestro más que por un rato, pero qué rato, qué brillante y sonriente, no me lo imaginaba. A mi alrededor, hacia arriba, todas esas casas donde había fiestas a las que íbamos, y a mi alrededor hacia abajo los taxis que siempre estuvieron ocupados.

Di un tercer paseo en esa semana angosta. Era muy temprano y el sol estaba muy bajo, como un dedo índice resplandeciente y asqueroso, y los vi acercarse en su contorno a varios metros. Venían juntos los dos, pero fue justo al pasar por mi lado cuando uno le dijo al otro: “anoche volví a caer con la Soraya, macho”.