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Unas notas sobre Jesús Moncada

El escritor aragonés, de cuya muerte hace 15 años, es autor de una importante obra en catalán: novelas y cuentos donde se combina el sentido del humor y la descripción de un mundo desaparecido.

[Hace unos días se cumplieron 15 años de la muerte del escritor Jesús Moncada. Hace unos años hablé de su obra en Pina de Ebro. Esto es lo que dije.]

 

Me hace ilusión hablar de Jesús Moncada, y me hace más ilusión todavía hablar de Jesús Moncada en un pueblo junto al Ebro (a pesar de los destrozos que han causado las últimas crecidas): en primer lugar, porque Moncada nació en Mequinenza, y el río aparece en todas sus obras, y poca gente ha dedicado tantas páginas o páginas tan potentes a la vida fluvial en España.

Y en segundo lugar porque Jesús Moncada fue un gran escritor, que tiene libros muy divertidos y muy tristes y que inventaba personajes inolvidables. Es un autor de prestigio. Camino de sirga, que quizá sea su obra más emblemática, es una novela traducida a más de una docena de idiomas, desde el castellano y el aragonés al chino o al vietnamita: es una de las obras en catalán de más éxito internacional. Pero además, en 1993 fue elegida la mejor novela en catalán de los últimos diez años, y en el año 2005 una encuesta del suplemento cultural de Heraldo de Aragón Artes & Letras la situaba como la mejor obra de la ficción aragonesa de las últimas tres décadas. Moncada también recibió, por ejemplo, la Medalla de Oro de Isabel de Portugal de la Diputación de Zaragoza, y el Premio de las Letras Aragonesas. Pero al mismo tiempo, fue un hombre raro, que prefirió escribir sus libros a su ritmo y vivir de otra cosa, cuando tenía la oportunidad de vivir de sus creaciones. Pero también sabía que esa integridad era una opción moral y no literaria, que una novela que lleva veinte de años de trabajo no es mejor que una que te cuesta un mes.

Jesús Moncada fue un gran escritor aragonés, que nació en la provincia de Zaragoza y que escribió en catalán toda su obra. Sus libros pueden leerse en catalán y en castellano (también, como he dicho, pueden leerse en chino o en vietnamita o en francés: Les bateliers de l’Ebre). En catalán la casa La Magrana editó todas sus obras, excepto la colección de artículos Cabories estivals (2003). Anagrama publicó la traducción al castellano de sus tres novelas, Camino de sirga (1988), La galería de las estatuas (1991) y Estremecida memoria (1996); y Xordica ha traducido sus tres libros de cuentos, Historias de la mano izquierda (1981), El café de la rana (1985) y Calaveras atónitas (1999). Son las ediciones que yo he manejado. Los que no hayáis leído a Moncada, descubriréis a un escritor verdaderamente sorprendente: casi todos sus textos suceden en la vieja Mequinenza, entre barcos y pescadores, y mezclan, por un lado, la tradición oral, las leyendas cotidianas de los pueblos (que son un tiempo casi continuo, un presente perpetuo), con una visión histórica; el gusto por hablar de la gente que va a los cafés, de las putas y las beatas y los guardias civiles con una gran ambición literaria: Jesús Moncada quería coger esos trozos de vida exuberante y disparatada y edificar con ellos un mundo literario.

 

La vida de Moncada

Nunca lo conocí, y me da mucha rabia. Mi padre tiene en casa sus libros dedicados: en la edición de Anagrama de Camino de Sirga, su novela más emblemática, se ve un dibujo del “Cocodrilo titular del Ebro”.

Moncada nació en Mequinenza, el 1 de diciembre de 1941 y murió de cáncer en Barcelona, el 13 de junio de 2005. La Mequinenza de Moncada es la vieja, el pueblo que existía antes de ser inundado por el embalse de Ribarroja que se construyó entre 1957 y 1964. Ese pueblo es importante porque se convertiría en el espacio principal de sus ficciones, y es un lugar verdaderamente singular.

En primer lugar, está el río. Moncada hablaba del río en las entrevistas: “El Ebro formaba parte de mi vida. Mequinenza era una población que vivía con el Ebro. Pasaba el río por la población y se usaba el agua para todo: para regar, para navegar, para lavar. La vida entera estaba ligada al río, que crecía, bramaba, y al hacerlo impresionaba. Estaba como encajonado en el valle. Mequinenza era un pueblo largo que se extendía por la vega abajo. Casi podía decirse que el pueblo vivía en el Ebro”. El río, que puede ser terrible, también era una vía de comunicación y una forma de vida.

Por si eso fuera poco, Mequinenza estaba en la unión del Segre y el Ebro, y tenía un puerto. Desde allí partían laúdes que llevaban lignito desde las minas; volvían cargados con productos del Delta: naranjas, arroz, cerámica, jabón, sal... Camino de sirga hace referencia precisamente a eso: a los caminos que hay en la ribera para ayudar a que avancen las embarcaciones. Mequinenza era pues una pequeña ciudad portuaria: el mundo que recrea (con la memoria y con la literatura) Moncada no es el mundo rural, bucólico, sino una pequeña ciudad de tránsito, industrial y comercial. Moncada es un pintor de frescos y multitudes pero no un paisajista: le interesa ver a los hombres en el paisaje, lo que hacen con las manos, las estatuas romanas que aparecen en el Ebro: uno de sus temas es la transformación de la naturaleza por el hombre, no el mundo salvaje. Pero lo que nos interesa hoy no es la historia, la ecología o la antropología, sino la mirada de Moncada, que sabía que en los laúdes que subían río arriba había, además de jabón o sal, vedettes francesas con cuerpos que provocaban taquicardias, fugitivos enamorados y eruditos despistados.

Mequinenza tuvo sus épocas de esplendor, por ejemplo, con la escasez de lignito que había durante la Primera Guerra Mundial. Y también tuvo momentos terribles, como la guerra civil o la inundación: el paso a un pueblo totalmente distinto. Moncada habla de un mundo perdido, un mundo que tenía algo trágico, porque sabía que había una fecha de caducidad. Pero la construcción del pantano y el desalojo del pueblo se prolongaron mucho en el tiempo. Y ya sabéis que si una tragedia se prolonga se puede convertir en una comedia.

Y eso también lo sabía Moncada perfectamente. En Historias de la mano izquierda está el relato “Noche de amor del Cojo Silveri”. Silveri, el padre de familia, se entera de que por cada miembro de la familia desalojado va a cobrar cincuenta mil pesetas. Entonces, era un dinerillo. Lo que más le sorprende es que vaya a cobrar por su suegro, al que siempre ha detestado. Mientras vuelve a casa, empieza a preocuparse: ¿y si se muere? Pero al llegar tiene una idea genial: tienen dos años para irse. En dos años tiene tiempo de sobras para tener un hijo, un hijo que vendría, por supuesto, con un pan debajo del brazo. Y esa noche, mientras la pobre afronta las embestidas del marido con más resignación que alegría, Silveri le susurra a su mujer: “Serán cincuenta mil pesetas... Cincuenta mil pesetas”.

Moncada cursó sus primeros estudios en su pueblo natal: se examinó por libre en Lérida, y cuando el profesor pensó que ya no podían enseñarle mucho más se marchó a Zaragoza. Estudió en el colegio Santo Tomás de Aquino: “allí”, declaró Moncada en una entrevista con Antón Castro, “conocí a todos los Labordetas. Era un colegio muy abierto y he de decir que me siento muy contento de haber ido allí, porque, pese a que tenía algunos de los defectos de la época, era un colegio seglar y laico donde no había ni capilla. Existía una leve coeducación y sobre todo se experimentaba una gran fascinación por la literatura”, contaba Moncada, que fue alumno del poeta Rosendo Tello y que recordaba que Miguel Labordeta, el hermano de José Antonio, le regaló Memorias de infancia y juventud de Ramón y Cajal.

La Zaragoza que conoció Moncada en los años cincuenta debía de ser un tanto desoladora. Una ciudad provinciana y deprimida, muy distinta a la actual. En La galería de las estatuas, Moncada inventa Torrelloba, una ciudad que tiene algo que ver con Zaragoza: aunque hay algunas escapatorias y uno puede tener novias y hasta algún amigo, es la muerte. Moncada siempre negaba que Torrelloba –con su basílica, su río Ebro, sus barrios reconocibles– fuera una Zaragoza disfrazada. Aun así Moncada estudió Magisterio en la capital de Aragón, donde también realizó parte de su servicio militar, donde tuvo su primer grupo literario vinculado a Manuel Berdún Torres y a la editorial Coso Aragonés del Ingenio y donde publicó su primera colección de poemas. Moncada después se fue a dar clase a su pueblo.

En 1964, siguiendo los consejos del historiador y novelista mequinenzano Edmón Vallès, se marchó a Barcelona, donde viviría hasta su muerte. Fue entonces cuando escogió el catalán, su lengua materna, como lengua literaria.

Moncada entró a trabajar en la editorial Montaner & Simón, y se quedó trece años. Allí coincidió con el extraordinario cuentista Pere Calders, a quien Moncada considera “uno de los grandes cuentistas de la literatura del siglo XX”: sería una figura esencial. Cuando se enteró de que Moncada escribía, Calders le pidió que le enseñase algo. Moncada le dijo que no tenía nada pero que podía escribir algo para que le echase un vistazo. Calders acabaría escribiendo el prólogo de Histories de la má esquerra, que se publicó primero en 1973 y luego en una versión ampliada en 1981. En su prólogo, Calders realiza un hermoso retrato de Moncada:

“Conocí a Jesús Moncada cuando, recién llegado de su Mequinenza natal, empezó a trabajar en la misma empresa que yo. Moncada todavía acusaba el cambio geográfico y se presentaba a sí mismo como un joven bárbaro, un punto feroz, como si pretendiera reforzar con palabras la pilosidad de su rostro: una frondosa barba negra y un bigote a juego. En el trato, Moncada parecía querer remachar la primera impresión que producía, con una forma directa de abordar los temas y una aparente brusquedad que huía de los circunloquios. Sin embargo, no tardé en descubrir que aquel joven de la franja de habla catalana de Aragón nunca conseguiría dar una imagen de barbarie, sino todo lo contrario. En su vida cotidiana, más bien recuerda al tópico ciudadano inglés. Fuma en pipa a un horario rigurosamente establecido (¡nunca antes de su hora!), y escoge las mezclas de tabaco con sumo cuidado; no fuma la primera que encuentra. Es un fanático del té, pero no de cualquiera, sino de unas marcas y unas procedencias determinadas, que a veces va a comprar muy lejos de donde vive. Y planifica su tiempo sin dejar ni una hora al azar; es un hombre que acepta compromisos y los cumple puntualmente, al estilo de lo que en otros tiempos se llamaba ‘un señor’ y que ahora está en vías de desaparición. Pero, si creyéramos que con estos detalles hemos completado el retrato, iríamos errados, porque Jesús Moncada es una persona de grandes entusiasmos, un apasionado. No pasa de nada y se interesa vivamente por todo. Pinta, dibuja y escribe, sin tomarse ninguna de las tres cosas a la ligera, en todo ello pone los cinco sentidos.”

Moncada se dio cuenta de que no podría vivir, como había soñado, de sus textos y sus cuadros. Durante el resto de su vida se dedicó a labores editoriales. Tradujo del inglés, del francés y del castellano al catalán; reescribió obras de Jules Verne, Guillaume Apollinaire o Boris Vian, y en sus últimos años dedicó mucho esfuerzo a una traducción de El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, que consideraba “el mejor folletín de la historia”. Pero también tradujo muchas novelas eróticas y pornográficas, que firmaba a menudo con seudónimos como Cornelius Pi, Maximus Mínimo. Para Moncada la traducción era un trabajo secundario, que le permitía ganarse la vida: a partir de Camino de sirga, Moncada podría haber vivido de premios hechos a medida, pero prefirió continuar traduciendo, una labor que le daba la libertad de trabajar en sus novelas a su aire y que le hacía mejorar como escritor. Moncada declaró: “la traducción es muy útil para mi literatura. Yo soy un investigador constante del lenguaje, y así adquiero vocabulario, matices, hago una sigilosa creación de lenguaje”.

En otro lugar, Moncada decía que cocinaba sus libros a fuego lento. Y este me parece un lugar tan bueno como cualquier otro para cambiar de tema, y empezar a hablar de los libros que escribió.

 

Los libros de Moncada

Moncada empezó publicando cuentos. Son novelas son pausadas, irónicas, ambiciosas. Los cuentos son más sencillos, y espontáneos y tienen un humor salvaje, que se ríe de las historias cotidianas. Muchos cuentos de Moncada son monólogos: a menudo un personaje de Mequinenza cuenta una historia, y mientras la cuenta, nos damos cuenta de que su mujer le engaña y él no lo sabe, de que es un héroe o un loco de atar.

El primer libro de Moncada es la colección de cuentos Historias de la má esquerra, que apareció en el 73 y luego en una versión ampliada en 1981. La editorial Xordica publicó en 1996 una traducción al castellano. Es un libro de narraciones breves, y tiene una particularidad respecto a la obra de Moncada: hay dos escenarios: Mequinenza y Barcelona. (Moncada vivió cuarenta años en Barcelona pero escribió poco sobre esta ciudad; cuando murió, preparaba una novela sobre la editorial Montaner & Simón). En algunos de estos cuentos aparecen estrategias que luego serán muy características de Moncada.

Uno de mis relatos preferidos de este libro es “La estremecedora confesión de Joe Galaxia (Historia de un folletín)”. Un artista de circo está a punto de morir y le escribe una carta a una viuda que recibía dinero durante años de manos de un abogado que no tiene desperdicio: “El señor Celdoni Mansanet es la quintaesencia de la gente del oficio; tiene una fisonomía y un aspecto tan peculiares, un equilibrio tan sutil entre inquisidor apolillado, sádico meticuloso, canónigo lúbrico y rana beatífica, que aunque saliese de casa disfrazado de policía, la gente lo pararía por la calle para pedirle escrituras, contrato, auditorías y testamentos”. Ahora nuestro artista, Joe Galaxia, le cuenta la verdad: él y su pareja hacía el número de la mujer bala. Cuando se enteró de que su esposa, la Mujer Obús, lo engañaba (y para colmo con dos enanos del circo), tomó una determinación: puso más pólvora en el cañón. Pero Marieta, la Mujer Obús, cayó sobre un vendedor de hilos, el marido de la señora a la que va dirigida la carta.

El siguiente libro de Moncada, El café de la rana, marca un verdadero salto cualitativo. Es un volumen mucho más unitario, un libro que se inventa un mundo. Los catorce cuentos son relatos vinculados a un café de Mequinenza, y a los rituales clásicos de la vida en la villa: los entierros, los partidos de fútbol. Salen personajes que aparecerán en otras obras de Moncada, como el boticario Honorat del Rom. Un personaje secundario de un libro o un cuento puede ser el protagonista de otra historia, y eso da una sensación de continuación, de que el libro hace referencia a un mundo que existe.

El café de la rana se lee con mucha facilidad: eso solo se puede hacer cuando leemos a un autor muy hábil, que conoce muy bien su oficio. Moncada se inventa voces, formas de narrar adecuadas al personaje que cuenta la historia. Sus cuentos me recuerdan al primer Antón Chéjov, el de los relatos humorísticos; a Pere Calders; pero también, por su vitalismo, a Bohumil Hrabal, y por esa capacidad de meterse en la piel de narradores muy distintos, a los cuentos de Faulkner o de Ring Lardner, un escritor estadounidense que también hablaba de ciudades pequeñas y profesionales estrafalarios.

En El café de la rana hay monólogos y cartas de personajes que piden algo o hacen una confesión, y por otro hay anécdotas más o menos míticas y disparatadas, que recoge el cronista de la villa de Mequinenza: muchas de las historias son cuentos que la memoria de la villa ha reinventado y recreado muchas veces. El café de la rana es un libro lleno de vida y fuerza. Y de un humor que actúa sobre cosas que generalmente se toman en serio, como el sexo y la muere. Es una risa liberadora que lo impregna todo: yo tengo un amigo que dice que los aragoneses son surrealistas sin saberlo, y ese surrealismo inconsciente y de la vida diaria está presente en El café de la rana.

Hay un cuento en el que un vecino le escribe al director de la prisión de Lérida: un chico del pueblo vive en su casa, es delincuente vocacional, pero tiene muy mala suerte y el vecino le pide al alcaide que lo “tenga a pensión en la prisión –donde comen cuatro comen cinco– el tiempo que sea necesario para que aprenda la especialidad de la delincuencia que más le guste”. Pero además, nos enteramos de cosas de la vida conyugal del vecino. Uno de mis cuentos favoritos es “Fútbol de ribera”, que habla del campo de fútbol de la vieja Mequinenza.

Moncada contaba: “El campo de fútbol estaba en un ángulo de la población. La portería estaba a tres o cuatro metros del río Segre y una de las bandas a seis o siete del Ebro, por eso había un encargado de recoger los balones que llevaba una especie de red de cazar mariposas, con el palo más largo, para coger los balones. Si se iban por el río y no se podían atrapar, había que subir a la barca. Por eso, en Mequinenza había siempre muchos balones. El día de la inundación, estaba yo en el campo. El Segre, que ahora es un río dormido, tenía unas crecidas súbitas. Empezó a crecer y crecer, y hacía de barrera al agua del Ebro, y este al final, al encontrarse con esa suerte de barrera, empezó a subir y subir, e inundó el campo, pero el partido no se detuvo. Se jugó aquella tarde con medio palmo de agua”.

Hay mucho humor negro, que afronta la muerte como un hecho natural. En otro de los relatos una mujer odia un árbol que su marido había plantado en el jardín. Cuando su marido se muere, lo corta inmediatamente. Y luego, claro, tiene mucho miedo de morirse: seguro que en el otro mundo su marido se lo echa en cara. En “La carrera de Elies” la gente recuerda una carrera legendaria: un hombre corre como loco por todo el pueblo, antes de que salga el autocar hacia Lérida. El médico ha estado en su casa, le ha dicho que su mujer va a morirse y por tanto no hace falta que le traiga las medicinas que le había encargado. “En medio de la pena que ya te puedes imaginar, me he acordado de las medicinas”.

Uno de los temas de Moncada es el trabajo: toda su obra está llena de gente que disfruta haciendo bien su trabajo. Los arquetípicos son los barqueros del Ebro, que llevan sus laúdes. Un puente impidió la navegación y cambió la vida de muchas personas: este es un tema que está en Camino de sirga, pero uno de los relatos de El café de la rana, “Señora Muerte, Carta de Miquel Garrigues”, aborda este asunto de una manera distinta: aquí, Miquel Garrigues, de los Garrigues de la calle nueva, escribe una carta a la Muerte. Hace años que Garrigues dejó de ejercer la profesión de navegante que lo hacía feliz. Pero ha visto un cuadro en el que se ve a Caronte llevando a los muertos por el río del Hades. Miquel Garrigues dice, antes de dejar la carta en un sobre para cuando se muera: “No es que yo quiera quitarle la plaza al señor Caronte, pero lo vi tan achacoso y viejo en el cuadro del boticario, que me parece que no le vendría mal que alguien lo relevase del servicio de vez en cuando, aunque solo fuese los días festivos. De ese modo, él descansaría y yo podría recuperar en el otro mundo el oficio que perdí en este. Solo le pido, señora, que me ponga a prueba; no quedará decepcionada”.

Novelas de un mundo desaparecido

A continuación Jesús Moncada publicó tres novelas. La primera de ellas, Camino de sirga, fue un éxito brutal e inesperado (fue traducida a muchos idiomas, recibió el Premio Nacional), que pilló por sorpresa a la editorial y a Moncada y al establishment de la literatura catalana.

Pero Moncada preparó el libro durante mucho tiempo: “Cuando empecé a redactar Camino de sirga hacía mucho tiempo que recogía material. Antes de llegar a Barcelona ya trabajaba en ello y, más tarde, una vez aquí, cada vez que iba a Mequinenza, iba a buscar cosas, entrevistaba a familiares que habían navegado por el río, a los patrones, a todo el mundo... Y así recogí lo que fue la base de la novela. Es preciso distinguir, porque a algunos mequinenzanos nos cuesta separar la novela de la historia, aunque en ocasiones más de uno se sorprendería si supiese la verdad histórica, que supera la ficción”.

En cierto modo, esta novela extraña y admirable pertenece al género de las grandes novelas o las novelas totales, como Cien años de soledad, Conversación en la catedral o El reino de este mundo. Tiene que ver con las novelas del XIX, parte de un impulso balzaciano: cuenta un mundo y un lugar: es la novela sobre Mequinenza y sobre la destrucción de Mequinenza, sobre los laúdes y los navegantes, sobre los burgueses y los pescadores, el río y los pantanos, sobre las minas y los burdeles. Los personajes se enfrentan a las ruinas del pueblo, y en una serie de flash backs recuerdan los últimos ciento cincuenta años, desde la guerra del francés hasta el desalojo y la construcción del pueblo nuevo. En este fresco se habla de cómo la gran historia afecta a Mequinenza: la bonanza económica de la primera guerra mundial, los puentes y las guerras. Pero también presenta muchas historias pequeñas, novelas breves, de amor y sexo, con un tono algo irónico y distante. Camino de sirga habla de muchos personajes maravillosos (Arquímedes Quintana, el viejo demonio del río, Aleix de Sagarra, Carlota de Torres).

Es un libro sobre el mito y la memoria, y sobre la gente a la que la vida ha condenado a tener solo el mito y la memoria. Es una novela lenta y bien escrita. Una de las cosas hermosas es que la narración, que circula sobre el río, tiene una estructura de meandros, de retomar escenas y personajes después de veinte años, e incluso la sintaxis tiene algo de río, de frases sinuosas llenas de información y gracia. Es una novela divertida pero tristísima: “No sospechaban que la mayoría envejecerían, que muchos iban a morir con aquella angustia metida en el alma: no sospechaban que tenían ante sí trece años de lucha incierta, atrapados en aquella ratonera”.

La siguiente novela de Jesús Moncada es La galería de las estatuas. Tiene dos escenarios principales: por un lado, la imaginaria ciudad de Torrelloba, y por otro Mequinenza. La novela empieza el 27 noviembre de 1957, con estas palabras: “en la ínclita, católica y casi inmortal ciudad de Torrelloba, el sol salía por el este”. Pero cuando el gobernador civil inauguró un busto del general Franco, evocó la imagen de un sol naciente y extendió su brazo hacia el Oeste. Los torrellobinos se preguntaron, con toda la razón del mundo: “¿Tanto habrán cambiado las cosas con el nuevo régimen como para que se hayan alterado las leyes astronómicas?”.

La guerra de Ifni es el telón de fondo de un relato irónico y policíaco. Uno de los protagonistas es Dalmau de Vallmajor, que estudia Magisterio en Torrelloba, que tiene como amigo a Sémola, hijo de los Ribermortes una familia que se ha enriquecido fabricando pasta (todos se llaman así: macarrones Venceslao, canelones Margarita, crema de arroz Hermenegildo, etc). El padre de Dalmau desapareció en la guerra: la parte ambientada en Mequinenza (en general, toda la novela) habla mucho de la guerra civil y sus consecuencias, de la politización y las represalias. Habla del sufrimiento de los perdedores y del azar que a veces te situaba en uno u otro bando, a veces contra tus convicciones, y también retrata la mala conciencia de algunos de los que habían vencido la guerra.

Frente a ese plano, lleno de secretos familiares y de personas desaparecidas en la vorágine, está una crónica un tanto negra y costumbrista de Torrelloba, que muestra a policías y combates de lucha libre, a prelados y profesores de universidad, ejercicios espirituales y alumnos que espían a otros compañeros. La ciudad parece regida por la iglesia (el obispo convoca una rogativa para que el equipo local venza al Barça) y los militares. Sin embargo, también por ejemplo una prostituta llamada La Bastilla: le puso ese nombre un cliente, cuando se enteró de que la chica había perdido la virginidad el 14 de julio. Hay otra historia lateral: una comitiva de ciegos que Franco lleva para que pidan un milagro a Lourdes. Esto muestra de nuevo, la irracionalidad del régimen (más o menos como las bombas de la Basílica de Torrelloba, que nunca estallaron), pero es también una metáfora de la ceguera que atenaza el país y los protagonistas de la novela, que lo ignoran todo sobre sí mismos.

Moncada consigue intercalar muy bien las dos tramas y la novela está bien construida. A lo largo de todo el libro se repite con frecuencia la estrategia de empezar las cosas a medias, volver un momento hacia atrás y seguir adelante. El autor maneja bien ese mecanismo, que sirve para incrementar el suspense.

La galería de las estatuas tiene momentos muy buenos. Incluye algunas historias emocionantes, y personajes que no se olvidan, como Cebriá o Agnès, la madre de Dalmau, y Bernat, el tío y teniente de los nacionales que defiende los derechos de los derrotados en el pueblo después de la guerra. Pero quizá la historia de Dalmau, con la vida estudiantil en Torrelloba, con una ciudad un tanto fantasmal y los amores, no está todo lo aprovechada que debiera. La galería de las estatuas está muy bien, pero no es el libro tan bueno que Moncada habría podido escribir.

La última novela que Jesús Moncada pudo terminar es Memoria estremecida. En este libro, Moncada vuelve al mundo de Mequinenza y recrea un hecho real de bandolerismo. En 1877, en el camino de Mequinenza a Caspe, fueron asaltados el recaudador de impuestos y unos guardia civiles y un arriero. Detuvieron a cuatro hombres. Uno de ellos intentó huir, o dijeron que intentó huir; lo mataron en el camino. Se les aplicó un juicio militar que no fue muy justo: uno de los asaltantes, por ejemplo, había participado en el crimen amenazado de muerte, no había matado a nadie y había intentado salvar a algunas de las víctimas. Pero el castigo fue para todos el mismo: el fusilamiento. La ejecución se celebró en Mequinenza, para que sirviera como escarmiento. Un escribano del juzgado de Caspe, Agustí Montolí, viajó a Mequinenza poco antes de la ejecución, para intentar evitarla. El episodio fue falseado en las crónicas oficiales y distorsionado por el tiempo y los relatos, pero Moncada tuvo acceso a los documentos de Montolí, que le sirvieron para escribir Memoria estremecida.

Memoria estremecida, como todas las novelas de Moncada, es una obra coral. Está hecha con capítulos muy breves; cada uno muestra a un personaje. Empieza con un viaje en la noche: el escribano, enfermo, va hacia Mequinenza. Y después vemos los efectos de los acontecimientos en otras personas: las hermanas, las mujeres de los muertos y de los criminales.

Hay una multiplicidad de puntos de vista, pero también un esfuerzo de claridad: cada seis o siete capítulos hay una carta de un impresor y amigo de Moncada, Arnau, que le corrige al autor y que pone la trama en orden. Es un juego literario que funciona con eficacia. También es la única novela de Moncada que tiene un glosario de los personajes, con unas pequeñas biografías a menudo hilarantes.

Memoria estremecida es una novela apasionante estructurada en cuatro partes y un epílogo: enseguida les coges cariño a los personajes porque Moncada consigue entenderlos a todos, que todos tengan un punto de humanidad. Por ejemplo, hay una hermosa historia de amor entre Amalia y un tipo de Lérida.

En Memoria estremecida está el mundo de las tertulias, y las intrigas políticas: hacía poco que había terminado la tercera guerra carlista, y el siglo XIX fue una época muy convulsa en España. Por supuesto, también están los navegantes: Amalia escucha, mientras un laúd la lleva Ebro abajo, los disparos del pelotón de fusilamiento que matan a sus familiares. También es una novela sobre la justicia y el compromiso. Hace poco el escritor inglés Julian Barnes ha publicado una novela sobre Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, que defendió a un inocente acusado injustamente. Es un caso Dreyfus. Y este libro tiene algo de eso, de persona que quiere defender la legalidad, que pelea por proteger los derechos de otros. Memoria estremecida tiene algo de western y de romance de ciego, de película o de retablo que muestra con nitidez a muchos personajes, pero también tiene una emoción especial: es un libro que defiende la bondad, la ley y la inteligencia.

Calaveras atónitas

El último libro de ficción que publicó Jesús Moncada fue Calaveras atónitas. El propio autor decía que no había que confundirlo con Calaveras atómicas. Es uno de los mejores libros de Moncada. En teoría es un libro de relatos, pero tiene una unidad muy clara. Se sitúa en el centro del mundo y en los años cincuenta: “Si aceptaba a ojos cerrados que la antigua Mequinenza era por lo menos el centro de la galaxia, el forastero inteligente se encontraba enseguida como en casa”, empieza el libro, que arranca con la llegada de un nuevo secretario del juzgado desde Barcelona al pueblo. Así, vemos Mequinenza con los ojos de fuera: acompañamos al joven en el viaje en autobús (donde casi lo aplastan los pechos de una viajera), en su primer juicio (donde se solicita la comparecencia del Sagrado Corazón de Jesús). Mallol Fontcalda aprende mucho del juez Crònides, que le aconseja nada más llegar: “No trabaje tanto, señor secretario, deje el papeleo y venga a echar un vistazo. Mire, fíjese en aquella chica tan guapa que atraviesa la plaza. No se distraiga, créame, esto dura poco. En menos que canta un gallo, pasamos de embriones inciertos a calaveras atónitas”.

Los relatos de Calaveras atónitas son los casos que debe afrontar el juez Crònides. Por ejemplo, está la rivalidad de dos moribundos que quieren estrenar el cementerio. O el de Leucofrina, que es tan cristiana que practica la unión mística con el cura. Luego, se entera de que Ambròs se lía con una francesa: “Hablemos claro. Una cosa es el coitus, el cunnilingus o la fellatio, en latín, como parte de acto sublime de unión de Cristo con la iglesia, y otra practicarlos traducidos al catalán o, en el caso de la guarra de Chantal, al francés. Parece mentira, pero el cambio de idioma los reduce a sexo inmundo, sin paliativos”. La despechada Leucofrina organiza una estafa y un movimiento, CAV, Caseras al Vaticano. Otra de las historias que cuenta Calaveras atónitas es la de un padre que sufre un ataque cuando se entera de que la vedette francesa y despampanante que tiene sentada en el regazo es el hijo al que creía desaparecido. Y otra explica que los mequinenzanos evolucionados tardan unas horas en morir: en concreto, hasta llegar al término municipal de Mequinenza, de manera que qué casualidad, los trámites son mucho más sencillos. Un personaje del libro, que tiene una habilidad extraordinaria con los números, contabiliza los coitos con su mujer con granos de arroz.

“Sea como quiera, aquí, señor secretario, la única eternidad creíble y al alcance de la mano es la vida cotidiana”, dice el juez. Y Calaveras atónitas retrata maravillosamente una vida cotidiana muy rica e imaginativa: está lleno de observaciones impagables, como la de Aníbal en Mequinenza, sobre los eufemismos que se utilizan para comprar preservativos o sobre los gritos que profieren los mequinenzanos en sus mejores momentos.

Calaveras atónitas es un libro de cuentos y una novela al mismo tiempo: aparecen los mismos personajes todo el tiempo (a veces hay algunos que han salido en otros libros de Moncada) y los relatos van entrelazados. En Calaveras atónitas el humor está en todas partes: hay un humor de escritura, refinado y lleno de matices, y un humor salvaje, grotesco, que a mí me hace pensar en la estética del carnaval de la que hablaba Bajtin, me recuerda al mundo de Rabelais y de la novela picaresca. Calaveras atónitas habla de la fuerza de la vida, que se impone a las ideologías y a las prohibiciones, y también construye un mundo abigarrado y excéntrico y muy entrañable.

Da mucha pena que Moncada muriera tan joven, porque estoy seguro de que habría escrito libros maravillosos. También, porque Moncada era un escritor cómico, y nunca hay bastantes escritores cómicos. Tanto sus cuentos como sus novelas son ejemplos de maestría literaria, de manejo del lenguaje y de los tiempos de la narración. Moncada fue capaz de crear un mundo y un puñado de personajes inolvidables. He sido feliz leyendo sus libros, sobre todo sus relatos y Memoria estremecida. Aunque Moncada escribiera de un lugar muy reducido y que ya no existe, aunque hablase de ríos y navegantes y de formas de vida que ya no conocemos, sus historias hablan de pasiones y valores universales, del amor y el sexo y nuestras contradicciones más brutales, de la libertad y la belleza, de la muerte y de la risa: de alguna manera, también hablan de nosotros mismos.