Una jerarquía muy personal: literatura elevada vs literatura de entretenimiento | Letras Libres
artículo no publicado

Una jerarquía muy personal: literatura elevada vs literatura de entretenimiento

El valor de una obra literaria depende de cuestiones como la técnica, la coherencia o los recursos que utiliza, no de si puede o no compararse con Proust.

En un artículo reciente en El Cultural, Gonzalo Torné ha revivido el viejo asunto de la literatura de entretenimiento y la literatura ambiciosa (según sus términos). Se me ocurren cinco objeciones que hacen esa clasificación inválida para mí. Como él, no voy a decir nada nuevo, sino que me limitaré a exponer una vez más la otra parte del argumento.

1. Lo que debe ser la literatura. Aunque sea con comillas o con definiciones tentativas, el artículo termina por hacer dos grupos de conceptos. De una parte, el entretenimiento, la poca exigencia y densidad, lo agradable. De otra, las propuestas formales novedosas, la exploración de áreas humanas conflictivas o desatendidas, lo sustancioso, lo profundo. Torné se presenta como un lector que alterna entre lo primero y lo segundo, lo que le da perspectiva para afirmar que existe una jerarquía que debería hacer prevalecer la ambición sobre el entretenimiento.

Pero la sola exposición de estos rasgos no prueba nada más que una serie de concepciones previas y personales sobre lo que debe ser la literatura, algo que afecta poco a la realidad heterogénea del fenómeno. Esto parece confirmarlo el hecho de que su crítica a quienes piensan de otro modo se base en que tienen el juicio confundido: les arrastra el mercado, o se dejan guiar por el simple gusto.

2. La literatura ambiciosa no puede ser entretenida. Como consecuencia de esta división, el traspaso de rasgos de un lado a otro parece vedado. Así, la literatura ambiciosa estaría demasiado preocupada en “mostrar facetas desalentadoras o contradictorias del ser humano” como para permitirse “falsos consuelos”. Es otra expresión de la idea de que la excelencia literaria es patrimonio de lo difícil, y de que la buena literatura solo está detrás del esfuerzo del lector.

Me surge entonces la pregunta, por recuperar alguno de los autores que Torné cita, de qué hacer con el carácter profundamente popular de esa tradición oral de la que Homero es la quintaesencia. O llevándolo a lo personal, qué hago si El Castillo me hizo pasar un rato estupendo. Para mí la respuesta es que la lectura es personal e intransferible, y afortunadamente ningún dictado sobre lo que la literatura debe ser puede modificar lo entretenido —lo ligero, lo rítmico, lo cómico, lo excitante, lo agradable— que un libro nos parece.

3. La literatura entretenida no puede ser ambiciosa. Este es el clásico asunto que desacredita a los formatos populares, que “renuncian a la densidad” y no tienen compromiso con la “complejidad de vivir”. Torné entiende que lo entretenido deja de lado estas funciones propias de la literatura ambiciosa, y eso la relega a un segundo plano. De nuevo, es la definición de funciones colocándose por encima de la realidad de los textos. Lo cierto es que si una obra literaria no es profunda es porque, en la mayoría de los casos, no quiere serlo. Y eso no la coloca por debajo de nada, sino que la caracteriza simple y llanamente como lo que es. Pienso que el valor debería depender de cuestiones internas de técnica, coherencia o recursos, y no de si puede o no compararse a Proust.

4. La cuestión del género. Torné prefiere invertir el tiempo en literatura ambiciosa antes que en literatura de género. Es una división que plantea la tradicional pregunta de las zonas intermedias. ¿Qué hacemos con la ciencia ficción de Primo Levi? ¿Dan el callo las divagaciones de Stanislaw Lem? ¿Las de Ursula K. Le Guin? Quiero pensar que las fantasías de Borges son lo suficientemente profundas como para ser consideradas ambiciosas, pero ¿lo son las de Auster? ¿Hasta que punto la cuarta pared de Niebla no es una salida de tono? La crítica social de Joyce Carol Oates o Margaret Atwood seguramente no compensa el hecho de que trabajen literatura de género, y lo de Mariana Enríquez, por ejemplo, ni lo consideramos. ¿Qué hacemos con el realismo mágico? ¿Deberíamos consentir Pedro Páramo?

Si Poe está descartado, supongo que lo están Bécquer, Shelley, Maupassant y los fantasmas de Henry James. Lo que plantea el problema de qué hacer con tradiciones en las que la división realidad/fantasía no es tan clara como en la nuestra… Es estupendo que Torné, como todos, tenga sus síes y sus noes, pero eso tiene poco que ver con jerarquías y legitimaciones. Tan poco como este texto, vaya.

5. Adoctrinar. En una concepción esencialista de la literatura todo aquello que cae fuera del círculo de lo importante queda desacreditado, y es muy fácil que entren en ello las descalificaciones personales. Los tebeos de superhéroes pertenecen a la adolescencia de Torné, mientras que cuando se hizo “mayor” (sic) los cambió por Flaubert. Que esta sea su trayectoria no la hace extensible al resto de lectores, y sin embargo, para él es triste que haya gente que no quiera ir más allá del entretenimiento.

De su texto se deduce una responsabilidad de educar en lo propio y lo impropio de la literatura que suena a los peores momentos de una ideología estética. La elección no debería basarse en el gusto, dice, sino en diferencias cualitativas. Pero lo que entiende por diferencias cualitativas no son observaciones sobre la calidad de los textos, la evaluación de una serie de rasgos perfectamente describibles que permitirían definir por qué un texto está mejor escrito que otro, sino que identifica estas diferencias con la responsabilidad de profundidad que define a la buena literatura. Por eso Proust es mejor escritor que G. R. R. Martin (pero ¿a alguien se le había ocurrido la comparación?). Y si dudas, son las inercias del mercado llevándote a confundir la jerarquía.

No creo, en resumen, que resulte muy útil aplicar criterios externos a los libros, compararlos con aquello que deberían ser y valorarlos negativamente si no lo son. Quizá a título individual es lo que todos hacemos al decir si algo nos gusta o no, pero tratar de universalizar este criterio da por hecho que todos nos regimos por él. En su lugar, y para alcanzar alguna forma de consenso, prefiero considerar cada texto desde sus propios rasgos y contexto. J. K. Rowling no es Jane Austen ni creo que quiera serlo.