Un hipster en la España vacía: La Guerra Civil no se acaba nunca (y 2) | Letras Libres
artículo no publicado

Un hipster en la España vacía: La Guerra Civil no se acaba nunca (y 2)

La prueba del santuario de la Virgen de las Aceroyas, una nube de periodistas, un duelo y la verdad sobre Lupercio Larrosa.

[Capítulo anterior.]

1. EL GUARDIÁN DEL SANTUARIO

Dejamos el coche en la cuneta y subimos por el sendero hasta el santuario. Nos pareció oír unos pasos. Cuando llegamos, la puerta principal estaba entreabierta. No se veía a nadie. Pero las cosas se habían complicado. Ya no podíamos entrar y llevarnos así como así un esqueleto. Sabían que estábamos allí.

A lo lejos, ladró un perro.

Nos detuvimos un momento en la puerta. Yo tenía dudas. Pero Lourdes y Garcés pensaban que, ya que estábamos allí, era mejor seguir adelante.

Al franquear la puerta nos encontramos con una especie de patio. Mi tío había estado una vez, hacía muchos años, de niño. Había un edificio principal que parecía meterse en la montaña. Nos acercamos. La puerta estaba cerrada y parecía pesar mucho. Por el hueco entre las dos hojas se veía una figura.

Mauricio Garcés llamó con los nudillos.

-Hola, qué tal...

Se oyó un golpe sordo en el suelo.

-Perdone, no quería molestar. Sé que es pronto, pero tengo entendido que los monjes madrugan mucho -dijo Garcés.

Se oyó otro golpe.

-Seguro que no hemos despertado a nadie.

-Eso no sé -dijo la voz.

-Pensábamos que estaban ya todos despiertos, haciendo cosas de monjes.

-O no.

-Soy Mauricio Garcés, quizá haya oído hablar de mí. Soy novelista, tengo una columna… bastante leída, por cierto -Lourdes le miró, él vaciló-. Necesitamos un esqueleto. Entero. Somos gente seria. Tengo una columna… Por supuesto, compensaremos. El ayuntamiento será generoso, ¿verdad, Jorge? -dijo Garcés.

-No deseo ese don -se oyó desde el interior.

-No, está claro que no es por eso… Es solo, digamos, un detalle. Siento si he sido ofensivo. No quería ser ofensivo...

-Se es o no se es -respondió la voz.

-Lamento haberle molestado. Ahora, nosotros, lo necesitamos...

-Espera. Déjame a mí -le dije a Garcés-. Amigo, no gima. La ruta nos aportó otro paso natural -dije.

En ese momento la puerta se abrió. Vimos con más claridad la figura que casi no se distinguía desde el exterior. Llevaba un palo largo en la mano. Al acercarnos, vimos que era una guadaña.

-Lo habéis pillado rápido. La última vez que vinieron así costó horas. Soy el padre Juan, dirijo la congregación. Soy, digamos, el guardián del santuario. Pasad. No os asustéis por la guadaña. Es parte del atrezo, digamos. Nunca sabes quién va a venir.

Entramos. Era una sala grande. Había un dibujo hecho con piedras en el suelo, pero no se veía bien. Luego el padre Juan señaló a la izquierda, y nos llevó hacia otra sala, más pequeña, donde había unos bancos corridos de madera.

-Os invito a desayunar. No tengáis miedo -esperó un momento-. O sí, vamos. El miedo es libre.

El desayuno eran unos trozos de pan seco y unos vasos del licor de serbal que hacían los monjes. Mi tío dijo que no estaba seguro de que le apeteciera.

-Yo no tengo cojones a tomarme esto de buena mañana.

-Es lo que se desayuna aquí -dijo el padre Juan, y nadie se atrevió a llevarle la contraria.

Después de cuatro chupitos, Mauricio, Lourdes y mi tío se quedaron dormidos, con la cabeza apoyada en la mesa. No había forma de despertarlos.

El padre Juan me miró.

-No te preocupes por ellos. Se les pasará en un rato. ¿Te parece raro que no te haga efecto?

-No, es que a mí estas cosas… Ni siento ni padezco. Si fuera mezcal o Jägermeister... -respondí.

-Sabía que eras tú -me dijo. Cogió la guadaña y me dijo que lo acompañara. Al salir, cerró la puerta.

A partir de ahí tengo todo un poco más impreciso, nebuloso, como un artículo de Errejón. Recuerdo que el padre Juan me llevó a unas salas donde me enseñó las herramientas que se empleaban en otra época para exorcizar a las mujeres de pueblos de Teruel y Castellón que acudían al santuario. No sé si daban miedo al diablo pero desde luego a mí sí.

-Lleva aquí mucho tiempo, ¿verdad?

-La tira -respondió.

Me pareció que no quería entrar en detalles.

-Entonces, la chica y tú evitasteis que se llevaran un cuadro de la ermita -me dijo.

-Sí.

-Y eso es lo que, al final, hizo que en el pueblo te aceptaran como uno más.

-Sí.

-Pero habéis venido a llevaros un cadáver.

-Sí.

-Para conservar tu posición en la comunidad, estabas dispuesto a hacer lo contrario de lo que te dio esa posición en tu comunidad.

-Visto así…

-Negarte para afirmarte.

-Sí.

-¿No habrías estado en contra de esto antes?

-Antes no era alcalde de La Cañada.

Terminamos en otra estancia, húmeda, donde las paredes ya eran de roca viva. El padre Juan me empezó a contar acertijos. La mayoría los conocía por Entrena tu cerebro, un libro que tenía mi abuelo en casa, lo había comprado en un VIPS, y él iba perdiendo la calma porque no lograba sorprenderme. Me dijo: “Un centro que ya no es una simple equidistancia entre polos, sino el resultado de un equilibrio dentro de un sistema de ecuaciones lineales que contienen diversas incógnitas y planos que interseccionan líneas contradictorias dentro de una matriz con un único punto en común”. Le respondí: “Hace falta multiplicar los esfuerzos intelectuales para salir del desconcierto y sentar las bases de un ciclo optimista en el que la recuperación de antiguos derechos favorezca la conquista de otros nuevos, en una espiral de profundización democrática”.

Le pregunté: ¿qué tengo en la mano? Respondió: un tranvía, y yo: no vale, que lo has visto, y de ahí pasé a George Berkeley. Luego él me recitó la alineación de los Cinco Magníficos y yo le dije la de Hungría 1956. Me respondió con la de la RFA del 74 y yo le contesté con la de los Alifantes. Me dijo al que tenga se le dará y al que no se le quitará lo poco que tiene, y yo le respondí: ¿cómo se llama la película? Señaló un retablo en la pared: había diablos y monstruos y un dragón, claramente melancólico.

-La ternura del dragón.

-Alguien te observa en secreto -le dije.

-Siempre hay un perro al acecho.

-Enterrar a los muertos -respondí: y pensé: Jaque mate.

Se sentó en una silla de piedra y me dijo que se daba por vencido. Nos entregaría el esqueleto. ¿Qué necesitábamos exactamente? Le dije alguien muerto en el 37-38, joven, la causa de la muerte preferida era por bala.

-Tenemos -dijo, como si le hubiera pedido unas Vans.

Solo faltaba una última prueba. Quizá, dijo, la más difícil de todas. Descorrió una cortina.

-¿Puedes configurarme el Wifi?

La conexión en el santuario era mucho mejor que en el pueblo. En media hora tenía todo en línea, hasta el Bluetooth del campanario. Le aconsejé, en todo caso, que se comprara un extensor para que la conexión llegara bien al museo de atrocidades, y le recomendé algunos modelos. Me dio unos huesos, que trajo en una bolsa del Simply de Alcañiz de tamaño extragrande, y volvimos a la sala donde Lourdes, Mauricio y mi tío seguían durmiendo. Al volver hacia la luz me di cuenta de que el sol ya estaba bajo: habíamos pasado charlando buena parte del día.

Despertamos a mis compañeros. Los tres se quejaban del dolor de cabeza. El padre Juan insistió en que tomáramos algo de jamón y nos mandó beber a los cuatro de una copa.

-Bebed un poco de esto, ya veréis cómo os sienta bien.

-La verdad es que podríais lavarla un poco mejor -se quejó Garcés.

-Es difícil, la madera se estropea -dijo el padre Juan.

En todo caso, el jamón nos vino bien y la bebida que nos dio el padre Juan reconfortó a mis compañeros. Lourdes preguntó qué era y el monje le dijo que no tenía importancia.

-Entonces, ¿no nos podrías dar la receta? -dijo Lourdes.

-No -dijo él-. Es un secreto del santuario. Si lo necesitáis, podéis venir a tomarlo aquí. Si queréis os doy la copa, que no la podemos lavar en el lavavajillas.

-Le llevo ese cacharro a Pilar y me lo tira a la cara nada más verlo -dijo mi tío-. Pues anda que no tenemos zarrios en casa.

Le dimos las gracias al padre Juan y nos marchamos hacia el pueblo. Los periodistas llegaban al día siguiente por la mañana. No teníamos tiempo que perder.

 

2. LA HORA DE LA VERDAD

La exhumación fue todo un éxito. Los periodistas y la gente de la editorial estaban impresionados. Era un día de sol, el hispanista inglés -uno de los dos, siempre los confundo- contemplaba apoyado en un enebro, conmovido. El biógrafo del Che miraba a la pareja de los guardia civiles que holgazaneaban en el límite de la pista forestal: “strong presence of paramilitary forces”, escribiría luego en el New Yorker. Mauricio Garcés estaba junto a la jefa de prensa, cerca de la fosa, que abría mi tío Rafael. En el bar pidieron más barriles de cerveza por si iba algún redactor de Letras Libres. 

Los huesos aparecieron. Fue un momento irrepetible. En ese instante, con patrimonio robado y deseoso de creer mi propia mentira, estuve a punto de comprender lo que siente un independentista catalán.

Mauricio Garcés dio un discurso, los periodistas hicieron preguntas, el editor reiteró su alegría, yo dije unas palabras. Luego fuimos a comer a la fonda. Borrajas y chuletas de ternasco; había trucha para los vegetarianos. Algunos periodistas se emborracharon y se quedaron en el pueblo.

Por supuesto, me sorprendí como el que más cuando se publicaron los resultados del análisis. Al hacerle las pruebas del ADN en el Instituto Anatómico Forense, se descubrió que los restos pertenecían a una mujer.

Había sido un error no caer en ese detalle cuando el padre Juan me dio los huesos en el santuario. Pero, al final, el resultado era mucho mejor. La noticia era sensacional. Lupercio Larrosa, el Lorca del Maestrazgo, el Miguel Hernández de Sierra de Arcos, era una mujer que había tenido que ocultar su identidad para poder desarrollar su vocación literaria, truncada dos veces: primero por el machismo y después por el fascismo. Era la hermana de Shakespeare, de Virginia Woolf, y además la había fusilado Franco.

La historia atrajo la atención, como era comprensible. En el entierro oficial, en el cementerio del pueblo, recité una versión del poema de Auden sobre Yeats que adapté para la ocasión, acentuando las aliteraciones y las ambigüedades categoriales: “Recibe, tierra, a Larrosa”. Vinieron más periodistas; tuve que llamar a Silvina Domingo para pedirle que habilitara el Shanghái porque no quedaban plazas en la fonda y las casas rurales. Los periódicos vacilaban, no sabían si enviar a sus expertos en temas de género o a sus corresponsales en el franquismo. El hispanista inglés publicó una tribuna; la noticia salió en todos los informativos nacionales. Los críticos detectaban la ambivalencia de género, el sutil entramado de claves y alusiones, en los pocos textos que se conocían de Larrosa. El libro se tradujo al inglés, Judith Butler aceptó darle una frase para la faja. Cercas pasó nervios; dicen que Carrère también. El pueblo nunca había salido tantas veces en los titulares.

Pero en unas semanas las cosas volvieron a ser como siempre: esa vida del campo, rigurosa y apacible al mismo tiempo. Yo ya no le daba mucha importancia al asunto cuando Mauricio Garcés llamó a casa de mis tíos un domingo por la mañana.

-Es el tontolaba -dijo mi tía.

Ya le había dicho que en el siguiente libro tenía que explicar lo del sexo de Larrosa y decir que mi tía había adelgazado.

-Me ha pasado una cosa alucinante -me dijo Garcés-. Estaba en el Rastro y he encontrado un libro de Luisa.

-¿Luisa?

-Sí, Luisa. Lupercio Larrosa.

-Anda ya.

-Lo tengo aquí delante. ¡Tiene un prólogo de Jarnés! ¿No te parece increíble?

-La verdad es que no -le dije. Colgué y me fui a dar un paseo por el monte con Yanis. Cuando terminara iría al bar de Lourdes, sería la hora del vermú.


Tags: