Un hipster en la España vacía: La Guerra Civil no se acaba nunca (1) | Letras Libres
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Un hipster en la España vacía: La Guerra Civil no se acaba nunca (1)

La memoria histórica está cargada de futuro.

1.LA VISITA DEL TONTOLABA

-¿Quién?

-¡El tontolaba ese!

Qué emocionante es ser alcalde de un pueblo pequeño. En unas pocas casas, unas pocas familias, se reproducen los grandes problemas de nuestro tiempo. Un pueblo es un microcosmos. En él encuentras todo lo general: solo hay que prestar atención. Y además encuentras problemas particulares.

Cuando eres alcalde de un pueblo de 200 habitantes no tienes los recursos que están al alcance de los países, las comunidades autónomas o las grandes ciudades para distraer la atención: una candidatura olímpica, un barco de refugiados, Gibraltar, un referéndum ilegal. En esos casos, frente a esos problemas que realmente dependen de ti, tienes que afrontar las circunstancias. Mancharte las manos, como decía Sartre, afrontar la política de verdad, con toda esa gama de grises que nunca encontrarás en una declaración por plasma ni en el editorial de un periódico.

Lo que decides afecta a la vida de la gente, a veces de una manera que está fuera del alcance de los líderes que creemos poderosos. Compara el efecto de una guerra comercial con China con cambiar el sentido de la calle mayor. Es verdad que hay excepciones, como Stalin, por poner un ejemplo al azar, pero a la hora de la verdad hay muchas limitaciones en la ejecutoria del poder. Encuentras muchas restricciones estructurales. Que se lo pregunten a Obama. Seguro que ahora se cambiaría por el que está ahora en Alcañiz o, mejor todavía, Valdealgorfa del Ventorrillo.

Es lógico que los problemas particulares sean los más complicados de resolver: son los que te toca solucionar a ti. Nosotros hemos tenido algunos bastante graves. Cuando se escapó el Legionario, el toro de la Peña Desastre, en las fiestas patronales. El día en que el hijo de Puri se subió al tejado del colegio y decía que se tiraba si el cura no admitía que Jesucristo era un extraterrestre y él un maricón. O el día del embotellamiento, cuando José el Conejo y Antonio el Requeté se picaron con las mulas mecánicas y empezaron a circular en paralelo y provocaron el único atasco registrado en la zona desde que pasó Aníbal con los elefantes en la Segunda Guerra Púnica. Pero uno de los momentos más difíciles en mi experiencia como alcalde ocurrió a finales de verano, cuando mi tía Pilar me dijo que quería hablar conmigo Mauricio.

-¿Quién?

-¡El tontolaba ese! -contestó.

En ese momento yo estaba en la buhardilla (la falsa, la llaman aquí), leyendo a Virginie Despentes, y no sabía a quién se refería exactamente, porque “tontolaba”, en el léxico de mi tía Pilar, es una palabra que abarca bastante.

Me asomé por la ventana, me pareció que lo reconocía pero no estaba seguro. Cuando lo vi de cerca no tuve la menor duda. Ahí estaba, algo más canoso y cansado por el tiempo y el éxito, con el aspecto tembloroso de un flan miope de 90 kilos de peso. Mauricio Garcés, compañero de mi tío Rafael en la mili (Marina, Madrid), que me había dado clase en la universidad y que en los últimos años había pasado del anonimato a la glorificada irrelevancia que supone convertirse en uno de los intelectuales sistémicos del país.

-Tengo que hablar contigo.

Habría propuesto que fuéramos al ayuntamiento, pero era martes y los martes después de comer Joaquina, la alguacila, va a ver a su hermana a La Mata, aprovechando que va Francisco el de Pura y le viene de paso, y le deja las llaves del ayuntamiento a Paca, y a esa hora el marido de Paca, Julián, está durmiendo la siesta, y tiene mal despertar porque padece apnea del sueño y duerme fatal por la noche. Así que le dije a Mauricio que fuéramos al bar de Lourdes, que además así la veía.

 

2.DESORDEN EN CAMPAÑA

-Como todo éxito, es un malentendido -dijo Mauricio. El tercer pacharán debía de haberle sentado mal, porque lo veía nervioso, a punto de llorar-. ¡Que yo soy un posmoderno, coño!

En la tele del bar se veía un documental de animales. Los cazadores del pueblo miraban con interés.

Unos meses antes del verano, Mauricio había entregado a su editor una novela sobre la Guerra Civil. Se llamaba Desorden en campaña. Y ahí hablaba de Lupercio Larrosa. Era un chico de la zona, aficionado a la escritura, que venía de una familia republicana. Aunque él no había tenido que ver con los desmanes republicanos del verano del 36, cuando los franquistas tomaron la zona lo apresaron y lo fusilaron. Había publicado algunos cuentos y poemas en revistas. En el libro Mauricio había incluido menciones y alusiones fácilmente descifrables de autores de la época que mostraban su interés por la capacidad del joven turolense. Sobrevivía (se decía) una novela inacabada. Y estaba enterrado en un barranco de un pueblo perdido, una garganta en el límite entre dos pueblos, en una zona ahora de difícil acceso, donde a Francisco Gascón le picó un alacrán el día de San Isidro de 1948.

-El Barranco Pistolo.

-Es que es un buen nombre.

-Sí, eso está claro.

-Y como me llevó tu tío la primera vez que vine al pueblo, nada más acabar, encajaba perfecto. Pusimos una foto… Me pareció que así le daba un toque Sebald. Mira -sacó una carpeta y me enseñó una edición del libro para la prensa y librerías-. Ha quedado bonito, ¿no?

El caso es que cuando Garcés entregó el libro a la editorial pensaba que tendría que esperar un tiempo, como de costumbre, pero su editor lo llamó a la vuelta del fin de semana, emocionado. El libro le había gustado tanto a su mujer que, contra su costumbre, se había visto obligado a leerlo. Era lo mejor que había escrito nunca, estaban los dos encantados. Había decidido acelerar la publicación para que saliera nada más terminado el verano.

Lourdes nos puso otros dos pacharanes.

Qué hallazgo, decía el editor. Es histórico. A Cercas le va a dar algo, eso está claro, decía. Pero poco a poco Garcés se dio cuenta de un problema: el editor creía que lo que contaba en el libro era real.

-¿Y tú qué le dijiste? -pregunté a Garcés en el bar de Lourdes.

-Lo de siempre. Que la realidad es fluida, que la novela es un género híbrido, un género caníbal, un género donde cabe todo. ¿Qué te voy a contar? Tú fuiste alumno mío.

-Sí. La posmodernidad y el fin de los grandes relatos. Saqué matrícula.

-Claro.

-Y ahora que estamos, me quedé un poco loco. ¿Si todo era relativo, cómo es que yo tenía matrícula? ¿Había influido que hubieras hecho la mili con mi tío? ¿Y qué más daba, si todo era relativo?

-¿Ves como merecías la máxima nota? -dijo Garcés.

-Pero, entonces, ¿no le dijiste que te habías inventado la historia? -preguntó Lourdes.

-No.

-Que el tal Larrosa no existe.

-Vamos a ver -dijo Garcés-, ¿quién soy yo para decir que no existió? Que yo lo haya inventado no quiere decir que que no existiera.

-Una cosa es ser posmoderno y otra ser más gallego que tirarte a tu prima debajo del hórreo después de la feria -dijo Lourdes.

-Lo vi tan entusiasmado que me dio mucha pena sacarlo de su error.

-Es verdad. Habría sido de mala educación -concedí.

¡Y ese final!, le había dicho el editor. Donde decía que sabía dónde estaba enterrado Larrosa, y prometía desenterrarlo, reparar la injusticia. ¡Se le había puesto la piel de gallina! Pensar que estaba ahí, en ese barranco… Y esa promesa que haces, Mauricio, de sacarlo.

-En el final me vine un poco arriba, las cosas como son -admitió Garcés.

El editor no tenía dudas: debía ser uno de los lanzamientos fuertes del año. Y ahora venía la parte donde, según él, la Cañada se veía afectada. Para promocionar el libro, la editorial había organizado una visita al pueblo. Periodistas de toda España viajarían hasta un rincón perdido de la España vacía para presenciar la exhumación del Lorca del Maestrazgo.

Habían confirmado ya su asistencia Daniel Arjona, Xavi Ayén, Paula Corroto, Antonio Lucas, Juan Cruz, Peio Riaño, Lorena Maldonado, los de Página 2. También irían corresponsales del Economist, Le Monde y el Wall Street Journal. Raphael Minder había dicho que tenía pensado un ángulo que podía interesar al New York Times.

-¿Cuál es? -pregunté.

-No sé, pero me ha dicho que la palabra “Franco” sale en el titular.

Así que lo que Garcés me pedía como alcalde era que despejásemos un poco la pista hasta el Barranco Pistolo, anunciásemos en la fonda la visita y pusiéramos un muerto en un hoyo, para desenterrarlo delante de todos los periodistas. Lo que teníamos que hacer, me dijo, era encontrar un cuerpo adecuado, y no había mucho tiempo. La presentación era en un par de días.

-¿Pero te has vuelto loco?

-El acto central es la exhumación. Es una especie de epílogo, cumple la promesa que hago al final del libro… Piénsalo bien. Si se abre la fosa y no hay nada dentro será muy decepcionante. Quiero decir, será malo para el pueblo.

-¿Será malo para el pueblo o será malo para ti? Que a veces se confunden las cosas.

-¿Quién te ha visto y quién te ve? Has cambiado, Jorge. No te lo tomes a mal, pero ese es el típico argumento de la derecha.

-¿Por qué está enfadada contigo mi tía?

-Sale en la página 77 del libro y digo que ha engordado.

-Lo del posmodernismo no ha colado ahí, ¿eh? -dijo Lourdes.

 

3. MEDITACIÓN EN LAS ERAS

“Sin duda, esos cuentos y esos versos incipientes son todavía la obra de un escritor inexperto, levemente deslumbrado por una destreza que todavía no controla, como uno de esos extremos habilidosos que se aturullan en la banda. Pero también es cierto que muchas veces el embrión de toda la obra de un autor está en su primera película o su primera novela. Después uno puede hacer piezas más redondas, aprende el oficio y la artesanía, y quizá pueda incluso escribir sobre temas que no le importan demasiado, con el conocimiento técnico y también la necesidad de escapar a los propios demonios que furiosamente persiguen tu subconsciente creador, pero, si es un autor de genio, y yo creo que Lupercio Larrosa lo era, ese primer esfuerzo es el centro del abanico, el lugar desde donde parte todo. Ahora solo podemos imaginar hacia dónde habría evolucionado. Y, sin embargo, es fácil percibir esa preocupación moral, esa combinación de decencia común de quien es capaz de mantener la ingenuidad en medio de la barbarie, ese sentido del equilibrio ético que no supieron conservar escritores e intelectuales más destacados”, escribía Garcés.

Como en otros momentos de duda, salí a pasear por las eras, escuchando mi lista de Spotify de “ruidos blancos”, que siempre me viene bien para meditar, y cuando leía las palabras de mi viejo profesor me daban ganas de que fueran verdad, un poco como cuando de niño mi padre me contaba la historia del rey Arturo y sus nobles caballeros, aunque ya sé que no dejaba de ser un conjunto de relatos xenófobos plagados de estereotipos heteropatriarcales.

Garcés incluía algunos fragmentos de prosa, un par de poemas “claramente influidos por el surrealismo”. (Por ejemplo, el profético: “¿Has mirado alguna vez a la muerte a los ojos y no has parpadeado? Yo sí, y por eso no me morí”.)

A la luz de la luna y de la farola de las escuelas leía la edición anticipada y pensaba en las contradicciones del ejercicio del poder. También pensaba, sin solución de continuidad, dónde podíamos conseguir un esqueleto.

En esos momentos de tribulación, pensaba en el maestro budista de Leonard Cohen, cuando se marchó al monasterio y aprendió espiritualidad mientras su representante lo desvalijaba. Ojalá, pensé, yo tuviera un guía, alguien de ese tipo. Así que pensé que mi tío Rafa, Garcés y Lourdes me habían leído el pensamiento cuando aparecieron en mitad de la explanada en el Land Rover y dijeron:

-Sube. Vamos al santuario.

En el camino hacia el Santuario de la Virgen de las Aceroyas, Lourdes me puso en antecedentes: yo había pasado muchas veces por debajo, y como a todo el mundo, me impresionaba la imagen de esa construcción colgada entre las rocas, unos metros por encima de la carretera comarcal, a doscientos o trescientos metros por encima del río. Aunque se decía que había habido una iglesia templaria y había referencias al santuario y su gruta en el siglo XIV, el edificio era de los siglos XV y XVI. Había sido después un lugar de peregrinación de endemoniados y sobre todo endemoniadas, que acudían a hacerse exorcismos. Ahora ya no funcionaba de ese modo y estaba habitada por unos pocos monjes que se dedicaban a hacer licor de serbal y a cuidar el museo de las atrocidades, que se podía visitar. Lourdes lo dijo con mucha más precisión. Pero no recuerdo con exactitud, así que hago un resumen copiado de internet.

Pero no íbamos allí a buscar una guía espiritual. La idea era entrar en el museo de las atrocidades y robar uno de los esqueletos. Uno empieza profanando tumbas y termina plagiando la Wikipedia, pienso ahora, y siento un escalofrío al pensar en las paredes de piedra del Santuario de la Virgen de las Aceroyas.

CONTINUARÁ
 


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